Hay despedidas que suceden mucho antes del último adiós. La nuestra empezó el día que dejaste de verme.
No puedo dejar de pensar en esa vez que estuviste viendo tu celular y no notaste que yo estaba justo detrás de ti, como siempre solía ser. En mis recuerdos está el cómo viste su foto y en un susurro dijiste: "Espero ella sea mía". Mi corazón cayó en picada, pero no podía dejar de pensar en que solo era algo fugaz.
Ya no siento más que melancolía y tristeza por esa chica que solía esperar en el sillón a altas horas de la noche que su amor llegara. Rogando que no apareciera con algún olor extraño. Con moretones en los brazos y piernas, solo deseando un abrazo de buenas noches.
Ya no lo veo de esa manera, pero en su momento deseé estar muerta cuando una noche me confesaste haber pasado la noche con ella. Yo te perdoné y prometí cambiar aquello de mí que no te gustaba. Hoy, gracias a todo el camino recorrido, me doy cuenta de lo mal que tu amor me hacía sentir.
Cuando te veía llegar, yo solo pensaba: Tus ojos son como dos gotas de lluvia, hermosos, pero a la vez tristes. Ahora me doy cuenta de que la única tristeza presente era el dolor de la ausencia.
Estoy bien sin ti a mi lado; recuerdo cómo me dejabas sola, como siempre solías hacer. Te quedabas al acecho del más mínimo error para criticar cada una de mis caídas, pero gracias al cielo nunca estuviste allí para celebrar las veces que logré ponerme de pie nuevamente.
Y quizá esa fue siempre la diferencia entre tú y yo: mientras tú buscabas mis caídas, yo aprendía a levantarme.
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Editado: 04.09.2026