You need a man. (#nanowrimo).

Epílogo.

Diez años después. 

 

—Debes sostenerla así Anne. Pon tus pies firmes.

—¿Así? 

—Exacto. Sujétala con fuerza. 

—Sí. 

—Bien. Adelanta la mira. Solo un poco. Yo te sostendré. 

—Puedo sola — afirmó la chiquilla de ojos verdes y cabellos color miel que ondeaban con el viento. 

—Esta bien. Tira del gatillo cuando estés lista. 

 

 

Daniel retrocedió solo un par de pasos pues sabía que era probable que perdiera el equilibrio con el impacto. 

 

La chiquilla movió su cabeza apartando el mechón que le estorbaba en la mejía y entornó los ojos. Respiró profundamente y disparó. 

 

La bala rompió el viento y rozó el árbol que era su objetivo. Al instante, un agujero apareció sobre el centro de la lona que haría de Tiro al blanco. 

 

 

—Deberás seguir precticando si quieres disparar como tú madre — señaló cargando a Annie quien no dejaba de sonreír. 

—¡¿Me viste mamá?! ¡¿Me viste?! — decía entusiasmada. 

—Sí cariño. Te he visto. Tienes que practicar más o no cenaremos mañana — respondió Charlize desde la puerta con el rifle Harris de su padre en las manos. 

—Un día voy a disparar igual que mamá. O mejor que tú, papá — afirmó la niña —. Seré la mejor pistolera de todo Wickenburg. No. De todo el Oeste. 

 

Daniel sonrió al escucharla y negó con la cabeza. 

 

—Esta niña es idéntica a su madre — dijo poniéndola en el suelo al llegar a la puerta. 

—¿Me has visto mamá? Seré la mejor mujer pistolera de la historia — repitió simulando que sus dedos índices eran dos revólveres en las manos. 

—No mientras tu padre sea el comisario — sentenció su madre dejando el rifle a un lado.

—Pero yo iré con papá a atrapar a los bandidos. ¿Verdad papá? Como cuando atraparon a ese cuatrero... — parloteaba sin escuchar.  

—Anne Oakley Cassidy Holliday. Ve a lavarte. No quiero que tu tía Ellen te vea así. 

—Obedece a tu madre — habló Daniel con rostro serio. 

 

Anne hizo un puchero y se fue pisando fuerte. 

 

—Así que, ¿Te recuerda a alguien? — preguntó con una sonrisa maliciosa. 

 

Daniel disimuló una sonrisa y acomodó su sombrero para luego tomar el rifle que seguía apoyado contra el marco de la puerta. La tomó de la cintura para guiarla al interior de la casa. 

 

—Sí. A una niña que siempre traía los vestidos rotos y sucios. Que odiaba bañarse y sabía montar en lugar de bailar y cocinar. 

 

Dejó el rifle en el lugar de siempre donde el padre de Charlize solía tenerlo, sobre la chimenea. 

 

—Era más terca que una mula, caprichosa como un potro salvaje y temeraria a más no poder — decía dándole la espalda. 

—¿Y qué ocurrió con ella? — escuchó decir detrás de él. 

 

El calor de sus manos en su espalda lo hizo suspirar. 

 

—Se casó con un buen hombre que logró domarla — respondió intentando no sonreír. 

 

 

Un manotazo sobre su hombro lo hizo reír. 

 

Al buscarla, ella ya caminaba molesta hacia la cocina. Al alcanzarla, le tomó por la cintura y le giró para mirarla. 

 

 

—No. Déjame. No sé para qué accedí a que le enseñaras a disparar. Ahora querrá salir y dispararle a todo lo que vea. Y tú. Tú tienes la culpa Daniel. Es terca. Como tú. 

No. No sonrías así. Sabes que es cierto. Te dije que no quería que volvieras a llevar un arma y esa estrella en pecho. Pero no. Sigues siendo el Sheriff de la ciudad. 

Y ahora nuestra hija querra ser una cuatrera. No lo voy a permitir. Desde hoy no volverás a practicar con ella. Y no importa si ella llora o te suplica.... 

 

 

Pero los labios de Daniel le callaron de inmediato al tiempo que sus manos la sujetaban del rostro. 

 

Luchaba por separarse de él pero el calor de sus brazos y el sabor de sus besos la hicieron ceder. Correspondió a su beso y le rodeó el cuello con sus brazos mientras sentía como le torneaba la cintura. 

 

 

—Como tú digas Charli — susurró cuando el beso de difumó hasta hacerse una caricia. 

 

 

Pero Charlize ya había olvidado sobre qué discutían. 

 

 

—¿Sí? 

—¿Qué? 

 

Daniel sonrió y le entregó un beso corto en los labios. 

 

—¡Annie! ¡Date prisa! El tren llegará a las doce y debo pasar antes a la comisaría — decía mirando el reloj de bolsillo. 

—Sí. Sí. Ya voy — respondió Annie bajando de dos en dos las escaleras. 

 

 

Salió corriendo hacia afuera donde estaba la carreta lista. 

 

 

—Bueno. Vamos. Ya sabes cómo se pone tu hermana si la hacemos esperar y Owen...

—¿Daniel? 

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? — inquirió viendola aún plantada donde se habían besado con el rostro pálido.

—Estoy embarazada. 

 

 

Daniel se quitó el sombrero y pasó una mano por sus cabellos. Se acercó a ella sin dejar de mirarla a los ojos y le sujetó la barbilla. Estaba por decir algo pero ella habló: 

 

 

—Lo siento. Es solo que no quiero que nada te ocurra. No sé qué haría sin ti Daniel — dijo entre sollozos. 

—Cuidarías bien de nuestros hijos. Estoy seguro — afirmó acunando su rostro. 

 

 

Ella asintió y se refugió en su pecho un momento antes de alcanzar su labios de nuevo. 

 

 

—¿No te arrepientes de haberte casado conmigo Daniel? 




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