La mañana llegó como un intruso: la luz se colaba por las persianas mal cerradas y caía en rayas afiladas sobre la sábana revuelta. Rowan despertó primero, con el cuerpo pesado y la mente extrañamente clara. El brazo de Mirah seguía rodeándole la cintura, posesivo incluso en el sueño. No se movió para quitárselo.
En cambio, observó el perfil de Mirah: las pestañas largas, la curva suave de la nariz, la boca entreabierta que anoche había murmurado su nombre como si fuera una oración y una maldición al mismo tiempo. Era hermoso. Siempre lo había sido. Y eso era parte del problema.
Rowan deslizó con cuidado los dedos por el cabello oscuro de Mirah, un gesto casi tierno que contrastaba con el pensamiento que le cruzaba la cabeza: Podría hacerte pagar por lo de anoche. Podría hacerte pagar por todo lo que has hecho antes. Y lo peor es que sé que te gustaría.
Se levantó sin despertarlo. Fue al baño, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo. Tenía marcas en el cuello, en los hombros. Huellas de dientes, de uñas. Sonrió de lado. Al menos esta vez las dejé yo también.
Cuando volvió a la habitación, Mirah ya estaba despierto. Se había sentado en la cama, la sábana cayéndole hasta la cintura, el cabello revuelto y los ojos todavía somnolientos pero alerta. Lo miró como si hubiera estado esperando ese momento exacto.
—Buenos días —dijo Mirah, voz ronca por el sueño y por todo lo demás.
Rowan se apoyó en el marco de la puerta, cruzado de brazos.
—Buenos días —respondió, tranquilo—. ¿Dormiste bien?
Mirah inclinó la cabeza, estudiándolo.
—Mejor que en semanas. Gracias a ti.
Silencio. El tipo de silencio que ya conocían: cargado, expectante.
Rowan caminó hasta la cama y se sentó en el borde, lo bastante cerca para que sus muslos se rozaran.
—¿Recuerdas algo más de anoche? —preguntó Mirah, intentando sonar casual. Falló.
Rowan lo miró fijamente.
—Recuerdo que me besaste como si el mundo se acabara. Recuerdo que gemiste mi nombre cuando te toqué aquí… —Rozó con dos dedos el punto exacto debajo de la oreja de Mirah, haciéndolo estremecer—. Y recuerdo que dijiste “no pares” unas… ¿cuántas veces? Perdí la cuenta.
Mirah tragó saliva, las mejillas tiñéndose de un rojo leve.
—¿Y antes de eso? —insistió, bajando la voz—. ¿Recuerdas… cómo empezó?
Rowan se inclinó hacia él, hasta que sus narices casi se tocaron.
—¿Te refieres a cuando entraste a mi habitación como un ladrón? ¿O a cuando me besaste primero, sin preguntar? —Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran—. O quizás te refieres a la otra noche. La del vino.
Mirah se tensó visiblemente. Sus ojos se oscurecieron.
—Rowan…
—No —lo cortó Rowan, suave pero firme—. No lo niegues. No hace falta. Ya lo sé.
Puso una mano en el pecho de Mirah, justo sobre el corazón que latía demasiado rápido.
—Y no estoy enfadado —continuó—. De hecho… me intriga. Me intriga cuánto estás dispuesto a hacer para tenerme. Me intriga cuánto estás dispuesto a perder si yo decido jugar de verdad.
Mirah lo miró, atrapado entre el miedo y algo mucho más oscuro, mucho más hambriento.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó, casi en un susurro.
Rowan sonrió. Era una sonrisa lenta, peligrosa, la misma que usaba cuando estaba a punto de ganar.
—Nada… por ahora. —Se levantó, fue hasta el armario y sacó una camisa limpia—. Voy a ducharme. Tú quédate aquí. Piensa en lo que quieres de verdad, Mirah. Porque la próxima vez que intentes atarme con trucos… voy a ser yo quien te ate a ti.
Se giró una última vez antes de entrar al baño.
—Y te prometo —añadió, con voz baja y cargada de promesas— que vas a disfrutar cada segundo.
Cerró la puerta. El sonido del agua empezó a correr.
Mirah se quedó solo en la cama, con la sábana arrugada y el pecho subiendo y bajando con fuerza. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso.
No sabía si estaba aterrado… o excitado.
Quizá las dos cosas.
Y eso, precisamente, era lo que más lo asustaba.
La luz seguía entrando por la rendija, iluminando las marcas en su piel. Marcas que, esta vez, no había puesto él solo.
Y la mañana, como siempre, no perdonaba nada.