
Quiero empezar primero dedicándole este primer capítulo a mi amigo Alex y a todo su equipo, que nos trajeron fanfics maravillosos de Young Hearts. Me divertí y la pasé genial leyendo cada uno de ellos y siempre los llevaré en mi memoria. Fue una lástima que no hayamos podido sacar un fanfic juntos, pero al final me animé a sacar mi idea adelante yo mismo en honor a todo lo que ustedes nos trajeron. Si en algún momento leen este mensaje, les doy las gracias una vez más por hacerme amar la película Young Hearts aún más. Eso es todo, ahora sí los dejo con el capítulo.
ACTO I: LA LLEGADA (Capítulos 1-10)
El cielo estaba cubierto por densas nubes grises cuando el automóvil avanzó por la carretera que conducía a Valduerne. A ambos lados del camino se extendían amplias praderas verdes que parecían no tener fin, campos cubiertos de flores silvestres que se mecían suavemente con el viento y pequeños bosques cuyas sombras se perdían en la distancia. Más allá podían verse antiguas casas de piedra con tejados oscuros, construcciones que parecían pertenecer a otra época, como si el paso del tiempo hubiera decidido ignorarlas.
Dentro del vehículo reinaba un silencio tranquilo; no era incómodo ni pesado, era ese tipo de silencio que aparece cuando una familia intenta adaptarse a la idea de que está comenzando una nueva vida.
Elías observaba el paisaje a través de la ventana con esa curiosidad silenciosa que siempre lo caracterizaba; tenía la cabeza apoyada contra el cristal, los ojos atentos siguiendo el desfile lento de árboles y colinas, guardando cada detalle en su mente como si quisiera entender el lugar antes de poner un pie en él. No era la primera vez que se mudaba; a lo largo de su vida había tenido que despedirse de lugares, amigos y rutinas más veces de las que le habría gustado, y por eso había aprendido a ser reservado, a no hacer mucho ruido, a sonreír bajito. Sin embargo, esta vez era diferente, no sabía exactamente por qué, simplemente lo sentía; había una extraña sensación en su interior, una inquietud difícil de explicar que aparecía cada vez que pensaba en el pueblo al que se dirigían, una especie de cosquilleo dulce y nervioso en el pecho.
Su madre, sentada en el asiento delantero, giró ligeramente la cabeza para observarlo; lo conocía lo suficiente para notar cuando estaba más callado de lo normal.
Nathalie: —¿Nervioso? —Elías apartó la mirada de la ventana y se encogió ligeramente de hombros, con ese gesto pequeño y tímido que hacía cuando no quería preocupar a nadie.
Elías: —Un poco. —Su madre le dedicó una sonrisa cálida, de esas que intentan decir 'todo va a estar bien' sin necesidad de palabras.
Nathalie: —Es normal. —Su padre, que conducía con tranquilidad, intervino sin apartar los ojos de la carretera, con voz firme pero amable.
Luk: —Además, no estaremos solos. —Luego señaló hacia el asiento trasero con un movimiento de cabeza. —Tu hermano estará contigo. —El hermano mayor de Elías soltó una pequeña carcajada, divertido como siempre a costa de la situación.
Maxime: —No sé si eso debería tranquilizarlo. —Elías no pudo evitar sonreír; fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero completamente sincera y dulce, de esas que solo se le escapaban cuando se sentía realmente seguro.
Entonces una nueva voz se hizo escuchar, grave y pausada.
Fred: —Yo creo que sí. —Todos giraron la cabeza hacia el abuelo; estaba sentado cómodamente observando el paisaje por otra de las ventanas, como si llevara horas disfrutando del viaje sin preocuparse por nada, con esa paz que solo tienen los que ya han visto demasiado. —Aunque también creo que debería preocuparse. —Elías arqueó una ceja, con una mezcla de sorpresa y timidez divertida.
Elías: —Gracias por el apoyo.
Fred: —De nada. —Las risas no tardaron en llenar el interior del automóvil. Por primera vez en varios días, la tensión acumulada por la mudanza comenzó a disiparse y el ambiente se volvió mucho más ligero, más cálido.
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La carretera dio una última curva; entonces apareció Valduerne.
El pueblo era hermoso; sus calles empedradas atravesaban filas de casas antiguas perfectamente conservadas, pequeños comercios decoraban las esquinas, mientras viejos faroles de hierro adornaban las avenidas. Los jardines rebosaban de flores de todos los colores y, elevándose por encima de los tejados, una enorme iglesia dominaba gran parte del paisaje con su imponente torre de piedra. Parecía un lugar sacado de un cuento, un lugar detenido en el tiempo, demasiado perfecto para ser real.
Sin embargo, había algo extraño, algo difícil de explicar. Más allá del pueblo, más allá de las casas y los campos, existía una inmensa extensión de bosque oscuro, silencioso, extrañamente inmóvil, como si perteneciera a otro mundo completamente distinto, como si observara al pueblo desde lejos y el pueblo hiciera lo mismo.
Los ojos de Elías quedaron fijos en aquella masa de árboles durante varios segundos. No sabía por qué. Pero no podía apartar la vista. Su parte introvertida quería alejarse, pero su curiosidad, esa chispa innata que siempre lo metía en pensamientos profundos, lo mantenía atrapado. Era como si algo lo estuviera llamando desde allí, una voz sin sonido.