
La noche había caído por completo sobre la comunidad vampírica; las antiguas lámparas de hierro forjado que bordeaban las calles empedradas iluminaban con una luz tenue y dorada que apenas lograba abrirse paso entre la espesa oscuridad, creando un juego de luces y sombras que hacía que todo pareciera más antiguo, más solemne.
Un silencio denso y respetuoso envolvía la enorme mansión donde se reunía el consejo, una construcción tan antigua que parecía haber sido arrancada directamente de otra época y colocada en medio del presente. Sus altos muros de piedra, cubiertos por enredaderas oscuras y húmedas que se aferraban como dedos, habían sido testigos de incontables decisiones, juicios y pactos que habían marcado el destino de los vampiros durante generaciones.
Alexander caminaba junto a su padre por uno de los interminables y largos corredores del edificio; sus pasos resonaban suavemente, con un eco elegante sobre el suelo de mármol pulido, mientras los retratos de los antiguos miembros del consejo, con sus miradas severas y eternas, parecían observarlos desde las paredes, juzgando cada uno de sus movimientos.
No era la primera vez que asistía a una reunión, pero eso no significaba, ni por asomo, que le gustaran; todo lo contrario, le parecían eternas, agotadoramente eternas, llenas de discursos repetitivos, de palabras rimbombantes y de personas que hablaban como si todavía vivieran siglos atrás, aferradas a una etiqueta que a él le resultaba asfixiante. Cada reunión parecía una copia exacta de la anterior, cargada de formalidades y tradiciones que Alexander consideraba no solo excesivas, sino completamente innecesarias.
Su padre se detuvo frente a una enorme puerta de madera maciza tallada con símbolos antiguos que brillaban levemente bajo la luz; antes de abrirla, lo miró con una severidad que no dejaba lugar a discusiones.
Marc: —Compórtate. —Una pequeña y encantadora sonrisa, cargada de ese sarcasmo tan característico de él, apareció en los labios de Alexander con esa seguridad extrovertida que siempre lo hacía ver como si tuviera el control de todo; respondió sin perder la compostura.
Alexander: —Siempre me comporto. —Su padre le dirigió una mirada larga, profunda, que claramente expresaba que no le creía ni una sola palabra de lo que acababa de decir; conocía perfectamente a su hijo.
Alexander elevó ligeramente los hombros con un gesto despreocupado, casi teatral, sin borrar esa sonrisa traviesa de su rostro.
Alexander: —Bueno... casi siempre. —Aquello, evidentemente, tampoco ayudó a mejorar la situación.
Sin añadir nada más, porque sabía que discutir con él era perder el tiempo, su padre abrió la pesada puerta y ambos entraron en la sala del consejo.
El lugar era impresionante; una enorme mesa circular de roble oscuro ocupaba el centro del recinto. Sobre ella descansaban documentos antiguos, pergaminos amarillentos y candelabros de plata cuya luz oscilante y temblorosa proyectaba sombras danzantes sobre los rostros presentes.
Varios vampiros importantes y de alto rango ya habían tomado asiento; algunos conversaban en voz baja, en susurros casi inaudibles, otros permanecían completamente inmóviles, como estatuas, observando cada detalle a su alrededor con ojos atentos, fríos y expresiones imposibles de descifrar; escuchaban, analizaban, esperaban.
Alexander tomó asiento junto a su padre, acomodándose con una elegancia natural; entonces sus ojos, aburridos, recorrieron el lugar distraídamente y fue imposible no pensar en él, en Arthur. Incluso después de todo aquel tiempo, incluso después de todo lo ocurrido, de todo el daño, todavía existían recuerdos que se negaban a desaparecer, que volvían sin permiso.
Recordó las largas conversaciones compartidas hasta el amanecer, las promesas que en su momento parecían inquebrantables y las ilusiones que habían ido construyendo poco a poco, con tanto cuidado, hasta convertirse en algo que él creyó importante, real. Había confiado, había bajado la guardia, esa muralla que siempre mantenía tan alta, había entregado una parte de sí mismo, una parte vulnerable y sincera que jamás acostumbraba mostrar a nadie y, al final, todo había terminado mal, de la peor manera posible.
Lo que más permanecía vivo en su memoria no eran los momentos felices, que también los hubo; eran las heridas abiertas, la decepción punzante, el dolor silencioso y frío que quedó después de comprender que algunas personas podían destruir con total frialdad aquello que decían apreciar. Desde entonces había aprendido una lección a fuego: no volvería a permitir que nadie tuviera tanto poder sobre su corazón, nunca más.
Una voz grave y autoritaria interrumpió sus pensamientos de golpe.
Consejero: —Comencemos.
Las conversaciones cesaron inmediatamente, como si alguien hubiera cortado el aire; la sala quedó envuelta en un silencio respetuoso y absoluto. Alexander observó a los presentes, intentando volver a la realidad; entre ellos distinguió a un vampiro de cabello oscuro perfectamente acomodado y una expresión elegante e imperturbable que imponía sin esfuerzo y, claro, como no, porque se trata del líder de todo el consejo.
Viktor Voss.