
El resto de la mañana transcurrió mucho mejor de lo que Elías había imaginado; los nervios que habían acompañado su primer día en Valduerne, esa opresión ansiosa en el pecho que lo hacía sentirse como un intruso, comenzaron a disiparse poco a poco, como niebla al sol. La tensión inicial, aquella sensación incómoda y persistente de estar fuera de lugar en un entorno completamente desconocido, fue desapareciendo con cada conversación y cada pequeña risa compartida.
Gran parte de ese alivio tenía nombre y apellido: Valerie y Lukas resultaron ser exactamente el tipo de personas capaces de hacer sentir cómodo a cualquiera, incluso al alma más reservada. Eran amables, espontáneos y poseían una facilidad sorprendente para entablar conversación, una calidez que no se podía fingir. Nunca dejaban que el silencio se volviera incómodo, llenándolo con comentarios absurdos, anécdotas exageradas o bromas tan tontas que terminaban siendo divertidas precisamente por eso.
La última clase de la mañana acababa de terminar, el sonido de las sillas arrastrándose aún resonaba en el aula, cuando Valerie se levantó de su asiento con una expresión decidida, como si acabara de recordar algo crucial.
Valerie: —Bueno, ahora viene la parte importante. —Elías, que guardaba sus cuadernos con movimientos suaves y ordenados, levantó una ceja, confundido.
Su curiosidad dulce e introvertida se asomó de inmediato, con esa mezcla de timidez y ganas de entenderlo todo.
Elías: —¿Qué parte? —Antes de que Valerie pudiera responder, Lukas apareció junto a ellos con una sonrisa despreocupada, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.
Lukas: —Evitar que te pierdas. —Elías soltó una pequeña risa, breve y suave, casi escondida. Lukas señaló entonces el enorme edificio que conformaba la escuela, con sus pasillos que parecían no tener fin. —Créeme, este lugar es un laberinto con pretensiones de colegio.
Valerie: —Todos nos perdimos alguna vez aquí, es como un ritual de iniciación.
Lukas: —Yo me perdí durante una semana. —Valerie lo miró con incredulidad, cruzándose de brazos.
Valerie: —Eso es mentira.
Lukas: —Cuatro días.
Valerie: —Tampoco.
Lucas: —Dos.
Valerie: —Una tarde. —Lukas suspiró dramáticamente, llevándose una mano al pecho como si hubiera sido herido.
Lukas: —Los detalles no importan, el trauma sí. —Elías terminó riéndose de verdad, una risa clara que le iluminó el rostro.
Por primera vez desde que había llegado a Valduerne, se sentía relajado, realmente relajado. Aquella sensación de estar siendo observado o juzgado, esa incomodidad de ser el chico nuevo, parecía haberse desvanecido por completo.
Por unas horas, dejó de ser el chico nuevo que intentaba adaptarse y simplemente se convirtió en un adolescente compartiendo el día con sus nuevos compañeros.
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Los tres comenzaron a recorrer la escuela; le mostraron los interminables pasillos adornados con tablones de anuncios llenos de papeles de colores y fotografías antiguas que narraban décadas de historia; la silenciosa biblioteca impregnada del aroma a papel envejecido y a madera pulida, donde incluso respirar parecía tener que hacerse en voz baja; los laboratorios perfectamente ordenados con sus frascos brillantes; el gimnasio, donde el eco de antiguos partidos parecía permanecer suspendido entre las paredes, atrapado en el aire; los patios donde grupos de estudiantes conversaban animadamente bajo la luz pálida; y los talleres donde se desarrollaban actividades extracurriculares.
El edificio era muchísimo más grande de lo que aparentaba desde el exterior, casi engañoso. Después de casi una hora caminando de un lado a otro, subiendo escaleras y girando en pasillos idénticos, Elías comenzaba a comprender por qué Lukas insistía tanto en que perderse allí era una posibilidad bastante real.
Lukas: —Y aquí termina el recorrido oficial. Felicidades, Elías, oficialmente no morirás de hambre por no encontrar la cafetería.
Valerie: —Aunque todavía falta algo. —Lukas intercambió una mirada con ella, una mirada breve, pero cargada de significado, cómplice y nerviosa a la vez.
Elías, con esa sensibilidad curiosa y observadora propia de su personalidad reservada, la notó inmediatamente.
Elías: —¿Qué pasa? ¿Hice algo mal? —Valerie dudó durante unos segundos, mordiéndose el labio. Lukas también parecía debatirse entre hablar o guardar silencio, jugando con el cierre de su mochila.
Finalmente, Valerie tomó aire.
Valerie: —Hay algo que queremos contarte, algo importante. —Elías parpadeó, su lado introvertido poniéndose a la defensiva por un segundo.
Elías: —¿Algo malo?
Lukas: —No exactamente malo, solo... complicado.
Valerie: —Pero no queremos hablar de eso aquí, hay demasiados oídos. —La curiosidad de Elías, esa chispa dulce que siempre lo empujaba a querer saber más, aunque le diera vergüenza preguntar, despertó de inmediato.