
Los tres chicos no dejaron de correr hasta que los árboles quedaron muy atrás. Las ramas que habían arañado sus ropas y el sonido de sus propias pisadas desesperadas parecían perseguirlos incluso después de haber abandonado la espesura del bosque. Las piernas les dolían por el esfuerzo, sus pulmones ardían y cada bocanada de aire resultaba insuficiente para calmar el pánico que aún les recorría el cuerpo por completo; aun así, ninguno de ellos se atrevió a detenerse, impulsados por un terror primitivo que no podían explicar.
Solo cuando alcanzaron uno de los senderos principales del pueblo, donde la tierra apisonada reemplazaba a las hojas húmedas y se empezaban a ver las primeras luces de Valduerne a lo lejos, redujeron finalmente la velocidad.
Valerie apoyó las manos sobre las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento, con el cabello desordenado y el pecho subiendo y bajando con rapidez.
Lukas estaba completamente pálido; sus ojos seguían abiertos de par en par, incapaces de olvidar lo que acababan de presenciar, fijos en el vacío como si las sombras aún estuvieran frente a él.
Elías, por su parte, sentía el corazón golpeando con fuerza contra sus costillas, como si todavía intentara huir de su propio cuerpo; él, que siempre era tan callado y contenido, no podía ocultar el temblor de sus manos.
Durante varios segundos ninguno dijo una sola palabra; era como si cada uno estuviera tratando de comprender lo que acababan de vivir, intentando encajar aquella visión imposible en su lógica. El silencio terminó cuando Lukas levantó la vista hacia sus amigos, con la voz entrecortada.
Lukas: —Díganme que también lo vieron. —Valerie alzó la cabeza y lo miró con incredulidad, aun jadeando.
Valerie: —Claro que lo vimos. —Lukas se pasó una mano por el cabello, nervioso, al borde del colapso.
Lukas: —Porque si estoy imaginando cosas, necesito saberlo ahora mismo. —Elías tragó saliva antes de responder; su voz, habitualmente suave y reservada, salió en un susurro bajo, pero firme.
No quería llamar la atención, no quería sonar dramático, pero necesitaba que supieran que no estaban solos en eso.
Elías: —No estabas imaginando nada.
Aquellas sombras habían sido reales, demasiado reales. Elías recordaba perfectamente la sensación que lo había invadido al verlas: el frío repentino que no venía del viento, la impresión visceral de que algo inteligente los observaba desde la oscuridad, no solo mirándolos, sino estudiándolos, y la certeza irracional y helada de que, si permanecían allí un segundo más, algo terrible e irreversible ocurriría.
Valerie volvió la vista hacia el bosque; incluso desde aquella distancia parecía diferente, más oscuro, silencioso, inquietante, como si ocultara secretos antiguos entre sus árboles, como si el bosque mismo contuviera la respiración.
Valerie: —No deberíamos contarle esto a nadie. —Lukas giró hacia ella, sorprendido, como si no hubiera escuchado bien.
Lukas: —¿Qué? —Valerie frunció ligeramente el ceño, adoptando una expresión práctica y seria.
Valerie: —Piénsalo. —Lukas aguardó una explicación, confundido. —¿Qué vamos a decir exactamente? ¿Que seguimos a un alce dentro del bosque y encontramos unas sombras extrañas que casi nos matan del susto? —Lukas abrió la boca para responder, para argumentar que tenían que advertir a alguien, pero no encontró ninguna respuesta, porque, al escucharlo en voz alta, sonaba absurdo, como una excusa infantil.
Valerie bajó un poco la voz, casi en un susurro conspiratorio.
Valerie: —Además... si realmente hay algo ahí dentro... quizás sea mejor no llamar la atención, no sabemos qué es.
Elías permaneció pensativo, con la mirada baja; en el fondo, no le gustaba guardar secretos, siempre había preferido la sinceridad, especialmente con su familia; era parte de su naturaleza dulce e introvertida, esa honestidad que lo hacía tan transparente.
Sin embargo, algo en su interior, una curiosidad inquieta que empezaba a mezclarse con el miedo, le decía que Valerie tenía razón; no sabía qué eran aquellas sombras ni qué escondía el bosque de Valduerne, pero intuía que divulgarlo solo provocaría problemas, burlas o, peor aún, que alguien más entrara allí.
Elías: —Creo que es lo mejor... por ahora. —Lukas dejó escapar un largo suspiro, rindiéndose.
Lukas: —De acuerdo. —Valerie intentó sonreír para aligerar el ambiente, aunque su sonrisa temblaba un poco.
Valerie: —Entonces queda entre nosotros, nadie más tiene que saberlo. —Los tres asintieron, un pequeño pacto silencioso, uno que ninguno imaginaba cuánto tiempo lograría mantener ni las consecuencias que traería.
Elías levantó la mirada hacia el cielo; el sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo el horizonte con tonos anaranjados y rosados que contrastaban con la oscuridad que habían dejado atrás y entonces recordó algo que lo hizo volver a la realidad de golpe.
Elías: —Tengo que irme.
Lukas: —¿Tan rápido? Pensé que nos quedaríamos un rato más.