
La mañana llegó a Valduerne acompañada por una extraña emoción que parecía extenderse por cada rincón del pueblo; era Halloween, y Valduerne entero parecía haberse despertado con una energía distinta, casi eléctrica. Las calles, normalmente tranquilas, comenzaban a llenarse de adornos; algunas tiendas exhibían orgullosas calabazas talladas con sonrisas torcidas en sus vitrinas y figuras fantasmales hechas de gasa colgaban de los techos, balanceándose con el viento.
En los jardines de las casas aparecían esqueletos de plástico a medio enterrar, telarañas artificiales estiradas entre los arbustos y pequeñas luces anaranjadas que parpadeaban anticipando la celebración de aquella noche; incluso el aire parecía distinto, más frío, pero cargado de expectación y entusiasmo. En la escuela, los estudiantes no hablaban de otra cosa que no fuera la fiesta que tendría lugar esa misma noche en el antiguo cementerio del pueblo.
Dentro de la casa de los Montero, sin embargo, Elías enfrentaba un desafío mucho más complicado que elegir decoración. Sentado frente a la mesa del desayuno, terminaba de comer lentamente mientras removía su cereal sin mucho apetito, intentando reunir el valor suficiente para iniciar una conversación que llevaba ensayando mentalmente desde que despertó.
Tenía las manos un poco frías, la mirada baja y ese gesto dulce y nervioso que se le ponía cuando quería pedir algo importante pero no sabía cómo; sabía perfectamente cuál sería la reacción de sus padres y, aun así, estaba decidido a intentarlo.
Fue Luk quien observó a su hijo durante unos segundos antes de romper el silencio, con esa intuición de padre que no falla.
Luk: —Tienes cara de querer pedir algo. —Nathalie levantó la vista de su taza de café de inmediato y lo miró con evidente sospecha, arqueando una ceja.
Nathalie: —Eso nunca es buena señal. —Elías dejó escapar una pequeña risa nerviosa, breve y contenida, y jugueteó con la cuchara entre sus dedos.
Elías: —Bueno. —Desvió la mirada por un instante hacia la ventana, como buscando valor en el exterior, antes de continuar con voz suave y un poco vacilante. —Quizás sí quería pedir algo.
Máxime, sentado a unos asientos de distancia, sonrió inmediatamente, como si ya supiera exactamente hacia dónde iba aquella conversación; se cruzó de brazos con diversión.
Máxime: —Aquí vamos. —Elías tomó aire profundamente, inflando un poco las mejillas antes de soltarlo; su curiosidad le ganaba al miedo.
Elías: —Esta noche harán una fiesta de Halloween. —La respuesta de Nathalie fue instantánea y seca.
Nathalie: —No. —Elías parpadeó varias veces, sorprendido por la velocidad de la negativa.
Elías: —Pero todavía no terminé.
Nathalie: —Mi respuesta sigue siendo no. —Máxime soltó una carcajada incapaz de contenerse, mientras Luk intentaba ocultar la sonrisa que amenazaba con aparecer en sus labios, aunque su postura seguía siendo firme.
Elías suspiró, bajando un poco los hombros, pero sin rendirse con esa terquedad dulce que lo caracterizaba, insistió en voz baja.
Elías: —Será una fiesta con estudiantes de la escuela. —Luk apoyó los codos sobre la mesa y lo miró más serio, entrando en modo protector.
Luk: —¿Dónde? —Elías dudó durante unos segundos, mordiéndose el labio inferior. Sabía que ese detalle lo complicaba todo.
Elías: —En el cementerio.
El silencio que siguió fue inmediato y pesado; Nathalie cerró lentamente los ojos, como si intentara reunir paciencia. Luk se masajeó el puente de la nariz, Máxime volvió a reír, esta vez más bajo, y entonces una voz rompió la tensión desde la cabecera de la mesa.
Fred: —Suena divertido. —Todos giraron la cabeza hacia él al unísono. —¿Qué?
Nathalie: —Papá...
Fred: —Yo habría ido.
Luk: —Ese es exactamente el problema. —Percibiendo aquella mínima oportunidad, aquella pequeña grieta en la negativa de sus padres, Elías se apresuró a intervenir con su voz más dulce y sincera, juntando un poco las manos sobre la mesa.
Elías: —Por favor.
Nathalie: —Elías...
Elías: —Solo unas horas.
Luk: —No. —Pero Elías no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente; lo intentó otra vez y otra y una vez más.
Explicó que sería una fiesta organizada entre estudiantes, insistió en que sería responsable y prometió regresar temprano con esa honestidad tan suya que hacía difícil no creerle; incluso llegó a utilizar esa expresión sincera y un poco lastimera que sabía que a veces debilitaba la firmeza de sus padres, con los ojos muy abiertos y brillantes.
Finalmente, Máxime levantó una mano como pidiendo la palabra.
Máxime: —Tengo una idea. —Todas las miradas se dirigieron hacia él. —Puedo acompañarlo. —Elías giró la cabeza sorprendido, con los ojos muy abiertos. —Así puedo asegurarme de que no haga ninguna tontería.
Elías: —Oye. —Máxime sonrió y continuó, ahora con un tono más protector y sincero.
Máxime: —Y asegurarme de que nadie le haga nada. —Aquellas palabras hicieron reflexionar a Luk y Nathalie.
Ambos intercambiaron una larga mirada silenciosa, una conversación muda llena de preocupaciones, dudas y resignación. Después de unos segundos que parecieron eternos, Nathalie dejó escapar un suspiro largo.
Nathalie: —De acuerdo. —Los ojos de Elías se abrieron de inmediato, iluminándose por completo.
Luk: —Pero Máxime irá contigo.
Máxime: —Perfecto.
Nathalie: —Y regresarán juntos. —La sonrisa que apareció en el rostro de Elías fue imposible de ocultar, una sonrisa dulce, tímida y enormemente agradecida que le iluminó toda la cara.
Elías: —Gracias. —El abuelo sonrió satisfecho, recostándose en su silla.