
El camino de regreso a casa fue mucho más silencioso de lo habitual; la noche parecía haberse vuelto más fría desde lo ocurrido en el cementerio; el viento se colaba entre los árboles del bosque, haciendo crujir las ramas y agitando las hojas secas que cubrían el sendero.
En otras circunstancias, Elías habría encontrado aquel sonido relajante, porque siempre le había gustado escuchar la naturaleza durante sus caminatas nocturnas, detenerse a observar, a escuchar con esa curiosidad dulce y reservada que lo caracterizaba; sin embargo, esa noche era diferente.
Cada vez que cerraba los ojos, veía nuevamente el caos, los gritos, la confusión, el miedo reflejado en los rostros de las personas y, sobre todo, la imagen de aquel hombre desplomándose en el suelo. Un escalofrío le recorrió la espalda; caminaba con la mirada fija en el sendero, abrazándose ligeramente a sí mismo, con esa timidez introvertida que lo hacía encogerse un poco cuando no sabía cómo ordenar sus pensamientos, intentando ponerle nombre a todo lo que sentía sin lograrlo.
A su lado, Máxime avanzaba en silencio, demasiado silencio. Elías conocía a su hermano mejor que nadie, sabía reconocer cuándo estaba preocupado y cuándo estaba molesto, y en aquel momento parecía estar ambas cosas al mismo tiempo. Máxime mantenía los brazos tensos a los costados y la mandíbula ligeramente apretada; no había pronunciado más de tres palabras desde que abandonaron el cementerio y Elías sabía perfectamente por qué, no solo por lo ocurrido aquella noche, también por Alexander, o más específicamente, por la forma en que Alexander había aparecido y desaparecido como si fuera un fantasma.
Elías bajó la mirada, mordiéndose un poco el labio como hacía siempre que se sentía abrumado; ni siquiera él entendía lo que había sucedido; solo sabía que, por alguna razón, no podía dejar de pensar en aquel extraño muchacho.
Cuando finalmente llegaron a casa, apenas tuvieron tiempo de acercarse a la puerta; esta se abrió de golpe. Nathalie apareció primero, Luk detrás de ella y Fred unos pasos más atrás. Los tres tenían exactamente la misma expresión: preocupación, una preocupación tan evidente que Elías sintió un nudo en el pecho.
Antes de que pudiera decir una sola palabra, Nathalie se acercó rápidamente y lo envolvió en un fuerte abrazo.
Nathalie: —Gracias al cielo. —Elías parpadeó sorprendido, sin saber muy bien dónde poner las manos al principio, tan reservado incluso para recibir cariño.
Podía sentir el alivio en la voz de su madre, un alivio sincero, como si hubiera estado conteniendo el aire durante horas.
Elías: —Estoy bien, mamá —murmuró suavemente, con esa voz dulce y bajita que usaba cuando no quería preocupar a nadie.
Nathalie se apartó solo para sujetarle el rostro entre las manos y comprobar por sí misma que no tenía heridas; Luk soltó un largo suspiro.
Luk: —Nos enteramos de lo ocurrido.
Máxime: —Estamos bien —asintió, con tono firme.
El abuelo observó a ambos durante unos segundos antes de relajarse visiblemente.
Fred: —Eso es lo importante.
Durante los siguientes minutos, las preguntas no se hicieron esperar.
¿Qué había ocurrido exactamente? ¿Habían visto algo? ¿La policía había dicho algo? ¿Estaban seguros de no haber resultado heridos?
Elías respondió con paciencia; aunque algunas preguntas le resultaban difíciles de contestar, no porque quisiera ocultar información, sino porque ni siquiera él entendía del todo lo sucedido, y su naturaleza introvertida le hacía darle muchas vueltas a cada palabra antes de decirla, temiendo decir algo incorrecto.
Máxime ayudó explicando lo poco que sabían y entre ambos consiguieron tranquilizar a la familia; poco a poco la tensión disminuyó y la casa volvió a recuperar parte de su habitual calma; sin embargo, aquella sensación extraña seguía flotando en el ambiente, como una tormenta que todavía no terminaba de alejarse.
________________________________________
Más tarde, cuando la noche avanzó y todos comenzaron a retirarse a sus habitaciones, los dos hermanos finalmente se refugiaron en el dormitorio que compartían. La puerta se cerró detrás de ellos y, apenas ocurrió eso, Máxime cruzó los brazos.
Elías reconoció inmediatamente aquella postura; era una señal inequívoca de que se avecinaba un interrogatorio, y suspiró, encogiendo ligeramente los hombros.
Máxime: —Ahora sí.
Elías: —Sabía que venía esto.
Máxime: —¿Quién es Alexander? —La pregunta llegó tan directa que Elías tardó unos segundos en responder.
Miró el suelo, luego la ventana y después volvió a mirar a su hermano, con esa curiosidad contenida que siempre luchaba contra su timidez. Sabía que no tenía sentido intentar esquivar el tema, así que comenzó a contarle todo.
Le habló del primer encuentro, de la conversación que habían compartido, de lo extraño que le había parecido desde el principio y también de lo amable que había sido con él. Mientras hablaba, Elías notó que algunos recuerdos le arrancaban pequeñas sonrisas involuntarias, sonrisas dulces y sinceras que no podía controlar; no se dio cuenta, pero Máxime sí.