Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 9

Elías y Alexander estaban de pie, uno frente al otro, sosteniéndose la mirada en un silencio que no era incómodo, sino todo lo contrario; durante varios segundos permanecieron así, sonriendo sin decir una palabra, como si ninguno de los dos quisiera ser el primero en romper la burbuja que los envolvía.

Apenas unos días atrás se habían separado sin tener la certeza de cuándo volverían a verse, y ahora el destino los había vuelto a colocar en el mismo lugar, observándose con esa incredulidad dulce de quien no termina de creer que el reencuentro sea real. El viento de la tarde movía suavemente las hojas de los árboles cercanos y las hacía parecer aún más inmóviles, como dos figuras detenidas en el tiempo.

Elías intentaba con todas sus fuerzas mantener una expresión tranquila y compuesta, fiel a su naturaleza reservada, pero la alegría que sentía se le escapaba por los ojos y por esa sonrisa tímida que no podía ocultar. Alexander, por su parte, no hacía ningún esfuerzo por disimular; sonreía abiertamente, con esa seguridad extrovertida que lo caracterizaba, porque había imaginado aquel momento muchas más veces de las que jamás admitiría en voz alta.

Finalmente, fue Elías quien reaccionó, con ese gesto tan suyo, entre curioso y nervioso; se cruzó de brazos e intentó adoptar una expresión seria, casi regañona, aunque su dulzura natural le hacía imposible parecer realmente molesto.

Alexander levantó una ceja de inmediato, divertido y con un toque de sarcasmo protector.

Alexander: —Esa mirada no me gusta, me estás juzgando y ni siquiera he hecho nada, todavía. —Elías intentó sostener la seriedad; se mordió un poco el labio para no reírse, pero con Alexander aquello resultaba especialmente difícil, porque él siempre sabía exactamente cómo desarmarlo.

Elías: —Tengo una pregunta.

Alexander: —Dispara, estoy a tu merced.

Elías: —¿Por qué desapareciste? —Alexander parpadeó; su sonrisa extrovertida se congeló por una fracción de segundo.

Durante un instante pareció no entender a qué se refería, como si su mente hubiera ido a otro lugar mucho más oscuro.

Elías: —La otra noche, simplemente... desapareciste. —Alexander soltó una pequeña risa nerviosa, una risa que no le pertenecía, que sonaba forzada incluso para él mismo.

Alexander: —Ah, eso.

Elías: —Sí, eso. —Alexander se rascó la nuca, ese gesto tan humano que usaba cuando buscaba una respuesta convincente.

La verdad no podía decirla, no podía contarle que había huido porque Maxime, Lukas y Valerie habían llegado, y seguro tendría que dar muchas explicaciones en ese momento, despertando muchas sospechas.

No podía contarle quién era realmente, lo que era y, como ocurría casi siempre cuando se encontraba acorralado en una situación complicada, terminó improvisando con ese encanto sarcástico y romántico que siempre lo salvaba.

Alexander: —Me asusté. —Elías lo observó confundido, con sus grandes ojos llenos de una curiosidad inocente e introvertida que lo hacía aún más dulce.

Elías: —¿Te asustaste?

Alexander: —Claro. ¿No me viste la cara? Estaba aterrado.

Elías: —¿De qué? —Alexander señaló con un gesto dramático en dirección al lugar exacto donde habían aparecido Maxime, Lucas y Valerie aquella noche, improvisando una historia que sonara lo suficientemente absurda para ser creíble.

Alexander: —Pensé que creerían que te había secuestrado, ya sabes, chico misterioso te lleva durante la noche a un lugar apartado del pueblo, aparecen tres personas más... suena a inicio de documental de crímenes, no quería que llamaras a la policía. —Elías tardó varios segundos en procesar aquella respuesta tan ridícula y tan... tan Alexander.

Luego terminó soltando una risa sincera, suave y cristalina, que hizo que todo el aire a su alrededor pareciera más ligero. Alexander sonrió satisfecho, aliviado de haber logrado hacerlo reír, de haberlo protegido, aunque fuera con una mentira.

Alexander: —Lo digo en serio, tengo una reputación que cuidar.

Elías: —Eres extraño.

Alexander: —Eso me han dicho constantemente, pero admítelo, te encanta mi rareza, te hace la vida menos aburrida. —Elías negó con la cabeza, divertido, con las mejillas ligeramente sonrojadas.

Había algo en Alexander que lo desconcertaba constantemente; era diferente a cualquier persona que hubiera conocido en su vida, siempre tenía una respuesta inesperada, una broma preparada o una forma tan natural de hacer que las situaciones incómodas y tensas parecieran simples y manejables y, por extraño que fuera admitirlo incluso para sí mismo, le gustaba eso, le gustaba mucho.

Alexander bajó un poco la mirada y su sonrisa cambió, se volvió más suave, más sincera, perdiendo todo rastro de sarcasmo para dejar ver al romántico que vivía debajo.

Alexander: —Perdón por irme así. —Elías levantó la vista hacia él, atento. —No quería causarte problemas, de verdad, pero me alegró muchísimo saber que llegaste bien a casa; me quedé preocupado. —Aquellas palabras no sonaron como una excusa, sonaron reales, cargadas de una preocupación genuina que hizo que una sensación cálida, dulce y desconocida se extendiera por el pecho de Elías.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 15.09.2026

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