Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 10

Elías permaneció inmóvil durante varios segundos, de pie en medio del pasillo; sus ojos seguían clavados en el lugar exacto donde, apenas unos instantes antes, había visto aquella extraña sombra. Su respiración seguía acelerada, entrecortada, y podía sentir cada latido golpeando con fuerza dentro de su pecho, como si quisiera escapársele, pero ahora ya no había nada.

La figura había desaparecido por completo, la voz también se había esfumado y el pasillo volvía a estar completamente vacío, sumido en esa quietud pesada que solo tienen las casas viejas. El silencio reinaba una vez más en toda la casa, un silencio tan denso que resultaba ensordecedor.

Elías tragó saliva con dificultad mientras observaba el extremo del corredor; la tenue luz grisácea que entraba por las ventanas apenas lograba disipar la oscuridad acumulada en los rincones, creando sombras alargadas que parecían moverse. Por un momento, tuvo la absurda y aterradora sensación de que algo seguía observándolo desde algún lugar invisible, escondido entre la penumbra.

¿Había sido real? ¿O simplemente su imaginación le estaba jugando una mala pasada?

Intentó convencerse de que era lo segundo, aferrándose a la lógica como a un salvavidas; después de todo, los últimos días habían sido una auténtica montaña rusa emocional que habría agotado a cualquiera: la mudanza repentina a Valduerne, el descubrimiento del bosque prohibido, la fiesta de Halloween, la misteriosa muerte en el cementerio que nadie quería explicar y... Alexander, especialmente Alexander.

Había tantas cosas ocurriendo al mismo tiempo que tal vez su mente simplemente estaba agotada; quizá el estrés, el cansancio acumulado y todas aquellas emociones nuevas y confusas que no sabía nombrar habían terminado provocándole una ilusión, una alucinación por el agotamiento, pero por más que intentó aferrarse a aquella explicación racional, no consiguió olvidar las palabras, aquella frase corta y helada que se le había clavado como una espina.

"Aléjate de Alexander."

La advertencia seguía resonando dentro de su cabeza, una y otra vez, con una voz que no era la suya y lo más extraño, lo más ilógico y contradictorio, era que, por alguna razón que ni siquiera él mismo comprendía, aquello era precisamente lo que menos ganas tenía de hacer. Lejos de querer alejarse, cada día sentía más curiosidad por Alexander, más ganas de conocerlo, de entender qué se escondía detrás de esa sonrisa segura, más ganas de pasar tiempo con él, aunque fuera en silencio, y aquella realidad lo confundía tanto como lo inquietaba, porque su parte introvertida y reservada le decía que debía tener cuidado, pero su parte más dulce y curiosa solo quería acercarse más.

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Mientras tanto, en el refugio vampírico oculto entre los bosques de Valduerne, Alexander tampoco lograba dormir. Se encontraba sentado junto a la ventana de su habitación, con las piernas recogidas y la espalda apoyada contra la pared fría, observando el cielo nocturno mientras la luz plateada de la luna iluminaba parcialmente su rostro perfecto y lo hacía ver aún más pálido. La mayoría de los vampiros disfrutaban de la tranquilidad de la noche, del silencio eterno.

Alexander siempre había sido uno de ellos; amaba la noche porque en ella no tenía que fingir, pero aquella noche era diferente, insoportablemente diferente. Su mente no dejaba de dar vueltas en un torbellino caótico; pensaba, recordaba cada detalle, cada gesto, sentía, y eso era precisamente lo que lo estaba aterrando hasta lo más profundo de su ser no muerto, porque jamás en todos sus años había experimentado algo semejante, ni siquiera cuando estuvo con Arthur había sentido algo así. Aquello era distinto, mucho más intenso, mucho más profundo, mucho más peligroso y a la vez más vivo que cualquier otra cosa.

Alegría, miedo, esperanza, tristeza, ansiedad, felicidad, todo al mismo tiempo, todo mezclado en un caos que le oprimía el pecho, todo relacionado con una sola persona y esa persona era Elías.

Alexander cerró lentamente los ojos, como si al hacerlo pudiera apagar el ruido de su propia mente. Durante días había intentado ignorarlo, había buscado explicaciones lógicas, excusas baratas, cualquier cosa que le permitiera negar la verdad evidente que crecía dentro de él, pero finalmente comprendió que ya no podía seguir engañándose a sí mismo.

Alexander: —No... —Su voz apenas fue un susurro roto, cargado de incredulidad y temor; abrió los ojos y bajó la mirada hacia el suelo de madera, como si le avergonzara lo que sentía. —No puede ser... —Pero sí podía y, en el fondo de su corazón, que ahora latía con una fuerza que creía olvidada, lo sabía perfectamente.

Estaba ocurriendo lo inevitable, el despertar carmesí, aquello que el Consejo prohibía con leyes de sangre, aquello por lo que innumerables vampiros habían sido castigados, exiliados y ejecutados, aquello que jamás, bajo ninguna circunstancia, debía sucederle a un vampiro de su linaje.

Alexander apoyó una mano temblorosa sobre su pecho, justo donde un humano tendría el corazón; podía sentirlo, un calor extraño, un pulso acelerado y ansioso que no era solo sed, era real, estaba despertando y eso lo aterraba más que cualquier enemigo.

Conocía las historias que las niñeras vampiras cuentan para asustar, había escuchado los relatos desde que era niño; los vampiros afectados por el Despertar Carmesí podían perder el control de sus emociones, podían volverse erráticos y vulnerables, podían actuar impulsivamente, ignorando siglos de razón y autocontrol, podían cometer errores irreparables por amor y él jamás, jamás permitiría que Elías resultara herido por su culpa, por su egoísmo. La sola idea de que su condición pudiera lastimar a ese chico dulce y reservado le provocaba un dolor físico insoportable.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 15.09.2026

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