
ACTO II: BAJO LA MISMA LUNA (Capítulos 11-20)
La tarde comenzaba a caer lentamente sobre Valduerne; los últimos rayos del sol teñían el cielo de tonos anaranjados y dorados mientras el lugar secreto de la escuela iba quedando vacío poco a poco. Las conversaciones que hacía apenas unos minutos llenaban el ambiente comenzaron a apagarse gradualmente. Los grupos de adolescentes emprendían el camino de regreso a sus hogares, despidiéndose entre risas y promesas de volver a verse el lunes; era ese momento suspendido del día en que todo parece más suave y nostálgico.
Fue entonces cuando Lukas fue el primero en ponerse de pie, estirándose con pereza.
Lukas: —Nos vemos el lunes. —Valerie sonrió mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja, con ese gesto dulce que siempre tenía.
Valerie: —Y cuiden de no meterse en problemas. —Alexander, que hasta ese momento había estado recostado sobre el pasto, levantó ambas manos con una expresión de inocencia tan exagerada que resultaba imposible creerle.
Alexander: —Yo jamás me meto en problemas. —Lukas y Valerie soltaron una carcajada inmediata e inevitable.
Al escucharlos, Elías también terminó riéndose, aunque de forma más contenida, con esa risita tímida y bajita que se le escapaba sin querer.
Lukas: —Claro, y yo soy el alcalde del pueblo. —Alexander llevó una mano al pecho como si acabaran de herirlo profundamente, con su característico dramatismo.
Alexander: —Me duele que dudes de mí, deberías tener más fe en tu amigo. —Valerie negó con la cabeza, divertida, cruzándose de brazos.
Valerie: —Porque ya te conocemos lo suficiente para decirlo, Alexander. —Entre bromas y risas, Lukas y Valerie finalmente se alejaron por el sendero que conducía de vuelta al pueblo, sus voces perdiéndose entre los árboles.
Y por primera vez en toda la tarde, Elías y Alexander quedaron completamente solos. El silencio que se instaló entre ellos no resultó incómodo; no había tensión ni necesidad de llenar cada segundo con palabras, era un silencio tranquilo, natural, íntimo, como si llevaran mucho más tiempo conociéndose del que realmente llevaban. Caminar uno al lado del otro comenzaba a sentirse extrañamente fácil, como si fuera lo más normal del mundo.
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Alexander observó a Elías durante unos segundos, deteniéndose en la forma en que la luz del atardecer le iluminaba el perfil; sonrió con esa seguridad coqueta y protectora que lo caracterizaba.
Alexander: —¿Tienes prisa por volver a casa? —Elías parpadeó, sorprendido por la pregunta, y encogió ligeramente los hombros con su habitual reserva. Su voz salió bajita y curiosa.
Elías: —No realmente. —La sonrisa de Alexander se amplió al instante, como si esa fuera la única respuesta que quería escuchar.
Alexander: —Perfecto, justo lo que quería oír. —Elías levantó una ceja con curiosidad, intrigado, sin atreverse a preguntar del todo. —Porque pensaba que podríamos pasar el resto del día juntos, solo tú y yo. —La propuesta tomó a Elías por sorpresa, no porque no quisiera; todo lo contrario, le gustó demasiado rápido, de una forma que le aceleró el corazón y le hizo sentir un cosquilleo extraño en el estómago, y eso comenzaba a preocuparlo.
Normalmente necesitaba tiempo, mucho tiempo, para sentirse cómodo con las personas; siempre había sido reservado y algo tímido, introvertido, de los que observan más de lo que hablan. Sin embargo, con Alexander todo parecía ocurrir de manera distinta, como si las barreras que normalmente levantaba tan alto desaparecieran sin que se diera cuenta, sin que pudiera evitarlo. Aun así, terminó sonriendo, con una dulzura que no pudo ocultar.
Elías: —Está bien. —La felicidad que sintió Alexander fue tan intensa y genuina que por un instante tuvo que contenerse para no demostrarlo demasiado, para no asustarlo con su entusiasmo.
Alexander: —Genial, sabía que dirías que sí. —Entonces extendió una mano hacia él, abierta, esperando, sin presionarlo. —Ven conmigo. —Elías observó la mano durante unos segundos, dudando, con esa curiosidad silenciosa que lo definía, antes de finalmente aceptarla. Su mano era cálida y pequeña comparada con la de Alexander, que estaba helada, y juntos comenzaron a caminar.
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Durante varios minutos avanzaron por senderos poco transitados, cada vez más alejados del camino principal, hasta que Elías notó algo que hizo que redujera el paso de golpe; su instinto le gritó. Se dirigían hacia el bosque, el mismo bosque del que todos hablaban en la escuela, el bosque donde había encontrado al alce muerto, el bosque donde nacían prácticamente todas las historias aterradoras de Valduerne. Elías se detuvo por completo, tenso.
Alexander hizo lo mismo al notar su reacción.
Alexander: —¿Qué ocurre? —Elías señaló los árboles que se alzaban frente a ellos, altos y oscuros, con voz baja.
Elías: —Vamos hacia ahí.