
La habitación permanecía sumida en un profundo silencio; la noche había avanzado sin que ninguno de sus ocupantes pareciera notarlo. Afuera, Valduerne dormía bajo un manto oscuro, y la tenue luz de la luna se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, proyectando sombras suaves y temblorosas sobre las paredes y los muebles. Todo parecía tranquilo, sereno e inofensivo, demasiado inofensivo para lo que realmente estaba ocurriendo dentro.
Elías dormía profundamente, acurrucado entre las sábanas; su respiración era lenta, tranquila y acompasada, completamente ajeno al peligro que se encontraba a apenas unos centímetros de distancia. Su rostro, relajado por el sueño, reflejaba esa misma calma que solía mostrar durante el día, aquella dulzura discreta y reservada que parecía formar parte de su naturaleza introvertida. No sospechaba nada, no imaginaba que, mientras descansaba, alguien luchaba desesperadamente por no convertirse en aquello que más temía.
Alexander intentaba resistir, sentado al borde de la cama, con la espalda tensa y las manos aferradas al colchón para no moverse; sentía cómo cada segundo que pasaba se volvía más difícil, más insoportable. El Despertar Carmesí rugía dentro de su cuerpo con una intensidad que jamás había experimentado antes; era como si una fuerza salvaje, primitiva y hambrienta hubiera despertado en su interior y estuviera intentando apoderarse de cada uno de sus pensamientos racionales. Sus colmillos habían aparecido sin que pudiera evitarlo, afilados y dolorosos, y la sed aumentaba de una manera brutal, nublándole la vista.
Y sin quererlo, su mirada terminó fijándose en el cuello de Elías, pálido, expuesto, vulnerable. Latiendo suavemente con cada respiración, lentamente comenzó a acercarse, cada vez más, hasta que prácticamente podía sentir el calor que irradiaba la piel de Elías, hasta que el aroma dulce y embriagador de la sangre humana inundó por completo sus sentidos y, por un instante, todo lo demás desapareció: no existían los muebles, ni la habitación, ni el mundo exterior, solo existía la sed.
Alexander cerró los ojos con fuerza, con los dientes apretados, intentando recuperar el control, intentando recordar quién era detrás de aquella bestia, pero la necesidad seguía creciendo, arañándole la garganta. Entonces ocurrió algo inesperado: en medio de aquel caos interno, un recuerdo logró colarse, después, otro y otro más, como pequeñas luces encendiéndose en la oscuridad.
La fiesta de Halloween apareció primero en su mente, aquel choque accidental en el pasillo, torpe y casi insignificante en ese momento, que había sido el inicio de todo; luego recordó la sonrisa tímida de Elías, esa sonrisa que siempre parecía aparecer unos segundos después de que algo lograra avergonzarlo, dulce y un poco escondida, como si no quisiera que nadie la viera demasiado.
Recordó la tarde en el prado, la hierba alta moviéndose con el viento, las conversaciones interminables donde él hablaba y hablaba y Elías lo escuchaba con esa curiosidad sincera, reservada e introvertida, con la cabeza ligeramente inclinada, absorbiendo cada palabra como si realmente importara.
Recordó las risas compartidas, bajas para no molestar a nadie, recordó la forma en que Elías pronunciaba su nombre, con una suavidad que nadie más usaba y entonces comprendió algo que hasta ese momento había evitado admitir por puro miedo.
No quería perderlo, no quería convertirse en el monstruo que destruyera todo aquello que estaban construyendo con tanta paciencia, no quería ser la razón detrás de las lágrimas de Elías, no quería ver miedo en aquellos ojos que siempre lo observaban con una confianza que nadie le había dado antes. Aquellos pensamientos fueron suficientes; por un instante, un segundo frágil pero vital, la cordura regresó.
Alexander abrió los ojos de golpe y se apartó bruscamente de la cama como si acabara de despertar de una pesadilla; sabía que no tenía tiempo, sabía que la sed podía volver a dominarlo en cualquier momento y que esta vez no podría detenerla. Sin dudarlo, en un acto desesperado, hundió sus propios colmillos en su brazo; el dolor fue inmediato, intenso, brutal.
Una descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo, haciéndolo contener un gemido, pero funcionó; la punzada aguda logró devolverlo a la realidad; el sabor metálico y desagradable de su propia sangre fue suficiente para romper el impulso depredador que lo había llevado al borde del desastre. Respiró con dificultad mientras intentaba controlar los temblores violentos de sus manos y, antes de que el Despertar Carmesí pudiera reclamar nuevamente el control de su mente, se impulsó y desapareció por la ventana, fundiéndose con la noche.
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El ruido seco del movimiento al cerrar la ventana fue suficiente para despertar a Elías; abrió lentamente los ojos, todavía adormecido y confundido, con esa expresión dulce y desorientada que ponía al despertar. Durante unos segundos permaneció inmóvil observando el techo, intentando entender qué había interrumpido su sueño; después, con su habitual cautela reservada, giró la cabeza y recorrió la habitación con la mirada. Todo parecía normal; Maxime seguía dormido en la otra cama, respirando tranquilo; la oscuridad seguía siendo la misma.
Sin embargo, algo llamó su atención: la ventana estaba ligeramente abierta, dejando entrar una corriente de aire frío que movía apenas las cortinas. Elías frunció el ceño; aquello era extraño, él recordaba haberla cerrado. Se incorporó despacio, con movimientos lentos y silenciosos para no despertar a nadie, y caminó hasta ella.