
Alexander había llegado a la escuela aquella mañana con una única decisión grabada a fuego en la mente, debía terminar con aquello. Durante toda la noche había permanecido despierto, sentado en el frío alféizar de la ventana de su habitación en el refugio vampírico, contemplando el cielo oscuro y sin estrellas de Valduerne mientras repetía una y otra vez las mismas palabras en su cabeza, como si al pronunciarlas suficientes veces terminaran por convertirse en una verdad que pudiera aceptar y soportar.
Debía alejarse de Elías, debía hacerlo antes de que fuera demasiado tarde, por su seguridad, pero su propia cordura, que se desmoronaba con cada gesto inocente de él, pero algo estaba claro, el peligro inminente que suponía el Despertar Carmesí, por el Consejo, que no perdonaría una debilidad así, por todos los secretos que jamás podría revelarle sin condenarlo.
Cada argumento era lógico, cada razón era irrefutable, perfecta en su frialdad. Y, sin embargo, toda aquella determinación meticulosamente construida durante horas de insomnio comenzó a resquebrajarse en el mismo instante en que cruzó la puerta del salón y sus ojos encontraron a Elías.
Allí estaba, como siempre, esperándolo y entonces una vez más sus ojos se encontraron, sus ojos azules se iluminaron apenas reconocieron a Alexander, y una pequeña sonrisa apareció en su rostro con esa timidez tan propia de él, una sonrisa sincera, tranquila y cálida que nunca buscaba llamar la atención, pero que lo iluminaba todo.
Alexander sintió que el pecho le dolía de una forma casi humana. ¿Cómo podía alguien sonreír de una forma tan inocente y pura después de todo lo que él mismo ocultaba? ¿Cómo podía Elías, con solo existir, conseguir que todo el valor que había reunido durante horas desapareciera en apenas un segundo? Se obligó a caminar hasta donde él se encontraba fingiendo absoluta normalidad, con esa máscara de indiferencia encantadora que tan bien dominaba. No debía mirarlo demasiado, no debía hablar más de la cuenta, solo tenía que mantener cierta distancia, era lo correcto, lo necesario.
Pero Elías era incapaz de ignorar que algo no estaba bien, con esa sensibilidad dulce y observadora que lo caracterizaba, había notado de manera inmediata que Alexander no estaba bien, su expresión cansada, no tan alegre como siempre, con ese humor que lo caracteriza, Elías estaba seguro que algo malo estaba pasando y hasta miedo le daba preguntar.
Elías reunió el valor suficiente para acercarse, lo hizo con esa cautela que siempre lo caracterizaba, con pasos cortos y medidos, como si temiera estar molestándolo, como si su sola presencia fuera una intrusión. Se detuvo frente a él y levantó ligeramente la mirada, jugueteando con sus dedos.
Elías: —¿Seguro que estás bien? —Alexander guardó silencio durante varios segundos que a Elías le parecieron eternos.
Aquellas palabras eran sencillas, cuatro palabras que cualquiera podría decir, pero pronunciadas por Elías, con esa voz bajita y reservada, tenían un peso enorme, no había curiosidad indiscreta en su voz, no había morbo, solo preocupación, una preocupación completamente genuina, desinteresada y dulce que Alexander no merecía.
Alexander desvió la mirada por un instante hacia los árboles, podía hacerlo, podía decirle que era mejor mantener distancia, podía inventar cualquier excusa fría y sarcástica, como solía hacer con todos, podía acabar con aquello antes de que fuera demasiado tarde, sin embargo, volvió a mirarlo. Elías seguía esperándolo pacientemente, sin presionarlo, sin insistir, simplemente aguardando una respuesta con esos ojos miel llenos de una paciencia infinita.
Alexander sintió cómo toda la muralla que había intentado construir durante la noche terminaba por derrumbarse al pensar en Elías, no, simplemente no podía hacerlo, no cuando Elías lo observaba de esa manera, con esa confianza introvertida que le regalaba sin pedir nada a cambio.
Una sonrisa auténtica apareció lentamente en sus labios, muy distinta de aquellas sonrisas perfectas y afiladas que utilizaba para ocultar sus pensamientos, era la sonrisa que solo surgía cuando estaba junto a él, vulnerable y real.
Alexander: —Estoy bien, de verdad, solo necesitaba verte para terminar de creérmelo. —Elías pareció relajarse de inmediato.
Sus hombros, que había mantenido tensos sin darse cuenta, perdieron parte de la tensión y dejó escapar un suspiro casi imperceptible que se le escapó entre los labios.
Elías: —Me alegra escucharlo, porque ya me estaba preocupado de verdad. —Alexander sintió una pequeña punzada de culpa que le atravesó el pecho, su instinto protector se activó al ver que lo había preocupado.
Alexander: —Solo estaba un poco cansado, ya sabes, asuntos de insomnio de chico misterioso de Bruselas, no fue nada importante, Elías. —Elías lo observó durante unos segundos más, con esa curiosidad silenciosa suya, como si quisiera asegurarse de que decía la verdad, escaneando su rostro en busca de mentiras.
Después sonrió con timidez, bajando la mirada hacia sus zapatos.
Elías: —Está bien... te creo. —Aquellas tres palabras hicieron que el corazón de Alexander, un corazón que llevaba siglos latiendo por inercia, latiera con fuerza, desbocado.
Elías confiaba en él con una facilidad que no merecía, con una entrega dulce que lo desarmaba y precisamente por eso le resultaba todavía más difícil alejarse, definitivamente, todavía no podía renunciar a él.
Los dos comenzaron por el sendero, Elías le hablaba de sus amigos y de cómo se lograba adaptar a este nueva escuela, eran temas cotidianos, simples, pero ninguno de los dos parecía incómodo con el silencio que aparecía entre una frase y otra. Con Elías nunca era necesario llenar cada instante con palabras, y Alexander, que siempre sabía qué decir, descubría que con él también podía permitirse el lujo de no decir nada.