Young Hearts: Sangre de Medianoche

Capítulo 14

Después de casi una hora de conversaciones, anécdotas y risas compartidas en la sala de estar, donde la familia de Elías había aprovechado cada segundo para contar historias y hacer preguntas, Nathalie terminó por recordar el verdadero motivo de la visita.

Nathalie: —Bueno, según lo que nos dijo Elías, le vienes a enseñar francés, ¿es eso cierto?

Alexander: —En teoría. —Sonrió con una expresión completamente inocente, de esas que solo él sabía fingir tan bien.

Maxime: —Con razón aún siguen abajo. —Soltó una carcajada sin poder contenerse.

El abuelo, que observaba todo con esa sonrisa sabia y divertida de quien ya ha visto demasiado en la vida, hizo un gesto despreocupado con la mano.

Fred: —Vayan, vayan, ya tendremos tiempo para seguir interrogando al muchacho más tarde. —Elías se levantó casi de inmediato.

No porque quisiera terminar la conversación, sino porque su instinto introvertido le gritaba que, si permanecían cinco minutos más en aquella sala, su familia encontraría una nueva historia vergonzosa sobre su infancia para contarle a Alexander; ya lo imaginaba, con las mejillas ardiendo.

Elías: —Será mejor que subamos. —Alexander, con esa facilidad extrovertida que tenía para leer a la gente y sobre todo para leer a Elías, percibió perfectamente el alivio en su voz y decidió ayudarlo, poniéndose de pie con elegancia.

Alexander: —Sí, tenemos un idioma entero que conquistar. —El comentario arrancó una última sonrisa cómplice en todos antes de que ambos comenzaran a subir las escaleras.

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Mientras ascendían, Elías permaneció en silencio, un poco cohibido, jugando nerviosamente con el borde de su manga; era su forma dulce y reservada de procesar la vergüenza. Alexander caminaba unos pasos detrás de él, no por caballerosidad, sino para poder observar sin disimulo los cuadros familiares colgados en las paredes del pasillo.

Había fotografías de vacaciones, cumpleaños, reuniones navideñas y muchísimas, muchísimas imágenes donde Elías aparecía sonriendo con una felicidad tranquila y genuina. En varias de ellas sostenía animales rescatados con una ternura infinita; en otras aparecía con libros enormes entre las manos o cuadernos de dibujo manchados de grafito.

Alexander sonrió para sí mismo, enternecido; aquellas fotografías confirmaban lo que ya sospechaba. Elías siempre había sido exactamente igual: curioso, bueno, de corazón blando.

Al llegar al segundo piso, el muchacho se detuvo frente a una puerta de madera, respiró hondo antes de abrirla, como si le diera un poco de pudor mostrar algo tan íntimo.

Elías: —Bueno... Esta es mi habitación. —Alexander entró despacio, casi con respeto, como si estuviera entrando a un templo, y es que no era simplemente un dormitorio. Era el pequeño universo de Elías.

La habitación era acogedora y estaba impecablemente ordenada; una amplia estantería ocupaba considerable parte de una pared, repleta de novelas, libros de historia, atlas, enciclopedias y varios diccionarios de distintos idiomas, algunos con las esquinas gastadas de tanto uso. Sobre el escritorio descansaban cuadernos perfectamente acomodados, lápices organizados por colores en un arcoíris perfecto y varias hojas llenas de dibujos realizados a mano con un talento delicado.

Había paisajes del bosque de Valduerne dibujados con un detalle obsesivo, aves con cada pluma marcada, flores, edificios antiguos de Valduerne y algunos retratos inacabados. Junto a la ventana, varias macetas diminutas recibían la luz dorada de la tarde, cuidadas con evidente cariño; en una esquina descansaba una guitarra que, por el ligero desgaste de las cuerdas y el brillo de la madera, claramente era utilizada con frecuencia.

Alexander caminó lentamente por la habitación, observando cada detalle sin tocar nada, con las manos en los bolsillos; no necesitaba preguntar, todo hablaba de Elías, de su tranquilidad, su curiosidad insaciable, la forma en que encontraba belleza en las cosas más sencillas y silenciosas del mundo.

Finalmente, se detuvo frente a la estantería.

Alexander: —Ahora entiendo muchas cosas. —Elías levantó la vista, confundido, desde el escritorio.

Elías: —¿Cómo cuáles? —Alexander volvió a mirarlo; una sonrisa cálida y terriblemente romántica apareció en su rostro, de esas que parecían guardar un secreto.

Alexander: —Ahora entiendo mejor por qué eres como eres. —Elías frunció ligeramente el ceño, curioso.

Elías: —¿Y cómo soy? —Alexander fingió pensarlo unos segundos, llevándose una mano al mentón con teatralidad.

Alexander: —Lindo. —El silencio fue inmediato.

El aire se volvió denso y dulce; Elías sintió cómo el calor subía como un incendio hasta sus mejillas, hasta las orejas.

Elías: —¿Q-qué...? —Alexander no pudo contener la risa, esa risa baja y protectora que tanto le gustaba.

Alexander: —Era una trampa demasiado fácil, caíste redondito. —Elías, todavía completamente sonrojado y sin saber dónde meterse, tomó una almohada de la cama y, con toda la valentía que su timidez le permitía, se la lanzó.

Elías: —¡No hagas eso! —Alexander la atrapó con sorprendente facilidad y reflejos felinos. La sostuvo unos segundos entre sus manos antes de devolverla a la cama con cuidado.

Alexander: —Perdón, no pude resistirme, te sonrojas demasiado fácil y es mi vista favorita del día.

Elías: —Eso es culpa tuya. —Alexander inclinó ligeramente la cabeza, con ese sarcasmo cariñoso que lo caracterizaba.

Alexander: —Lo tomaré como un cumplido, el mejor que me han dado. —Elías negó con la cabeza mientras una pequeña sonrisa inevitable escapaba de sus labios.



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En el texto hay: alexander, elías, younghearts

Editado: 15.09.2026

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