
La mañana llegó tranquila sobre Valduerne. Los primeros rayos del sol comenzaban a filtrarse entre los tejados del pequeño pueblo, tiñendo las calles de un cálido color dorado mientras los habitantes iniciaban una nueva jornada, algunas panaderías ya abrían sus puertas y el aroma del pan recién horneado se mezclaba con el aire fresco y limpio de la mañana, poco a poco, el pueblo iba despertando con ese ritmo lento y acogedor que lo caracterizaba.
Como ya se había vuelto costumbre desde que la familia Montero se había instalado allí, Elías salió de casa acompañado por su hermano mayor, ambos avanzaban por las tranquilas calles montados en sus bicicletas. Máxime pedaleaba unos metros delante de él, con esa energía despreocupada de siempre, disfrutando del aire fresco, mientras Elías lo seguía un poco más atrás, observando distraídamente el paisaje con esa curiosidad silenciosa y dulce que lo definía.
Hacía apenas unas semanas, aquel recorrido le parecía completamente ajeno y hostil; ahora comenzaba a reconocer cada rincón, cada panadería, cada árbol de Valduerne, como si poco a poco y sin darse cuenta, el lugar estuviera convirtiéndose en su hogar. Máxime giró ligeramente la cabeza hacia él y sonrió de lado, con cariño.
Máxime: —Parece que ya te acostumbraste a este lugar. —Elías levantó la vista, sorprendido de que le hubieran leído el pensamiento, y respondió con una pequeña sonrisa, de esas que apenas curvaban sus labios, tan reservada y tímida.
Elías: —Creo que sí. —Máxime soltó una leve risa, divertido por lo poco expresivo que podía ser su hermano menor a veces.
Máxime: —Hace unas semanas no querías ni salir de casa. —Aquellas palabras hicieron que Elías desviara la mirada hacia el camino, recordaba perfectamente aquellos primeros días.
La timidez que le cerraba la garganta, el miedo constante a empezar de nuevo, la sensación profunda de no encajar en ninguna parte... Todo parecía tan lejano y, al mismo tiempo, tan reciente que le daba un vuelco el estómago, pero ahora era diferente. Después de unos segundos de silencio introspectivo, respondió con una sinceridad suave y bajita.
Elías: —Supongo que conocer gente ayuda. —Máxime lo observó de reojo durante unos instantes.
Sabía perfectamente a quién se refería, no hacía falta preguntar, cada vez que Elías hablaba de "conocer gente", con esa vocecita más dulce de lo normal y mirando a otro lado, había un nombre que inevitablemente aparecía en sus pensamientos y ese nombre era Alexander, sin embargo, decidió no molestarlo.
Conocía a su hermano, sabía que era demasiado reservado e introvertido para admitir ciertas cosas en voz alta y que, si lo presionaba, solo conseguiría avergonzarlo y que se encerrara en sí mismo. En lugar de eso, cuando llegaron frente al edificio de la escuela, simplemente le revolvió el cabello con cariño, en ese gesto protector de hermano mayor.
Máxime: —Vamos, si seguimos conversando, llegaremos tarde. —Elías hizo una pequeña mueca mientras intentaba acomodarse el pelo con sus manos, un poco avergonzado, pero sin poder evitar sonreír.
Elías: —Siempre haces eso...
Máxime: —Y siempre funciona. —Ambos rieron con suavidad antes de entrar al edificio.
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Apenas Elías cruzó la puerta del salón, una voz conocida rompió el murmullo de la clase.
Lukas: ¡Aquí está! —Elías levantó la mirada y encontró a Lukas haciéndole señas exageradas desde el fondo del aula, mientras Valerie sonreía divertida desde el pupitre de al lado.
Todavía no había llegado el profesor, así que varios alumnos conversaban libremente con una mezcla de curiosidad y resignación, porque ya intuía lo que venía, Elías caminó hasta ellos, antes de que pudiera siquiera decir buenos días, Valerie apoyó un codo sobre la mesa y lo miró con una sonrisa traviesa y cómplice.
Valerie: —Necesitamos respuestas. —Elías soltó una pequeña risa nerviosa, encogiéndose un poquito sobre sí mismo, ya sabía perfectamente hacia dónde iba aquella conversación.
Elías: —Buenos días para ustedes también. —Lukas cruzó los brazos exageradamente, poniéndose en modo detective.
Lukas: —Eso puede esperar, lo importante es otra cosa. —Se inclinó un poco hacia delante, fingiendo la seriedad de un investigador muy profesional. —Cuéntanos... ¿Cómo sobrevivió Alexander a conocer a toda tu familia? —Elías sintió un leve calor subir por sus mejillas, ese rubor instantáneo que no podía controlar.
Elías: —Sobrevivió perfectamente. —Valerie sonrió aún más, disfrutando de verlo así.
Valerie: —¿Y las famosas clases de francés? —Lukas abrió los ojos con dramatismo, como si acabara de recordar el crimen del siglo.
Lukas: —¡Es verdad! Casi lo olvido. —Valerie acercó un poco más su rostro al de Elías, bajando la voz.
Valerie: —Sobre todo queremos saber una cosa... ¿Las clases de francés terminaron siendo realmente clases de francés? —Hizo una pequeña pausa solamente para aumentar el suspenso.
Las orejas de Elías comenzaron a enrojecer inmediatamente hasta ponerse casi transparentes, movió las manos con evidente nerviosismo, jugando con la correa de su mochila.
Elías: —¡C-claro que sí! —Lukas entrecerró los ojos con una expresión sospechosa, llevándose una mano al mentón como si estuviera analizando una escena del crimen.
Lukas: —No sé... Eso sonó bastante sospechoso.
Valerie: —Muchísimo. —Elías suspiró con resignación.
¿Por qué siempre terminaban haciéndolo sonrojar? Era injusto lo fácil que era ponerlo nervioso. Intentó defenderse, con esa vocecita dulce pero un poco atropellada.