Ángeles.
Seres de luz y espíritu creados por Dios para proteger a los humanos. Qué mierda.
Ha de ser un martirio que tu eterna existencia esté destinada a preservar el bienestar de criaturas como los humanos: tontos, egoístas y maliciosos. No es de extrañar que ocurran tantas tragedias; han de estar hartos de esforzarse en su labor cuando nosotros siempre buscamos la forma de caminar hacia el precipicio.
Aunque, en nuestra defensa, a veces todos los caminos llevan a la orilla. Ni Dios ni los ángeles pueden culparnos por eso.
¿No hay algún ángel por ahí que quiera darme una mano? Estaba —posiblemente— enfrentando mi tercer juicio final en lo que va del año. Tal vez si recitaba el Padrenuestro sin parar no pasara nada grave.
Suspiré, apartando los pensamientos inútiles de mi cabeza.
Debería dejar de preocuparme por los problemas cósmicos de fuerzas superiores y concentrarme en cómo carajos me voy a zafar del que tengo enfrente.
Mis ojos se centraron en la calva reluciente a un par de metros. El olor a aromatizante barato impregnaba el aire casi tanto como mi creciente ansiedad al ver ese ceño fruncido. Estaba molesto. Igual que todas las veces anteriores. El problema era que dicha molestia siempre iba dirigida únicamente a mí.
—Ustedes dos. Otra vez.
Su voz —aguda pero retumbante— salió en ese tono harto con el que uno explica, por quinta vez, por qué ‘hay’, ‘ahí’ y ‘ay’ no son lo mismo. Puede que si le mencionaba que la taza sobre su escritorio con la dedicatoria “For our favorit diretur" tenía un error ortográfico brutal… me dejara ir.
Miré de reojo al chico junto a mí. Se había acomodado de la peor forma posible. Sus pies sobre la mesa de vidrio perfectamente limpia (antes de que él llegara) y la postura de completo desinterés me ponían los nervios de punta. ¿Cómo es posible que el director no le diga nada? Sin poder evitarlo, una mueca de desdén surcó mi rostro.
—Vamos a dejar las excusas a un lado. ¿Qué sucedió? —inquirió el mayor con los ojos clavados sobre mí.
Apreté los labios en una fina línea, esperando a que mi acompañante dijese algo. Después de todo, la culpa era suya. Pasó un segundo, luego otro y otro, y cuando ya habían pasado más de dos minutos de silencio me dejó en claro que no estaba dispuesto a hablar primero.
Tomé una profunda respiración repitiendo mentalmente lo que iba a decir.
—Lo que pasa, señor director, es que en esta escuela hay ciertos estudiantes con serios problemas de violencia —hablé con tono tranquilo, recalcando el “serios”.
—Serios, sí. Míreme la cara. Dígame si esto lo hace alguien normal —atacó él de vuelta.
—Yo solamente me estaba defendiendo, señor —repuse— ¿Ve la sangre en mi nariz? Este salvaje-
—Señorita Mogüel —interrumpió el mayor a modo de advertencia.
—Mi compañero aquí presente —corregí, apretando los dientes— no controló su fuerza y me golpeó con toda la intención de lastimarme.
—Fue un accidente —dijo el pelinegro con fastidio— No es mi culpa que tú no sepas esquivar.
Me giré hacia él, encarándolo. Su distintiva y muy molesta actitud de príncipe prepotente solo me hizo enojar más. Él ni siquiera se molestaba en mirarnos la cara. Tenía la cabeza recostada al espaldar de la silla acolchada, observando la lámpara del techo como si fuese lo más interesante en la habitación.
—¿Accidente? ¡Sonreías cuando lo hiciste, pedazo de—!
—¡Señorita Mogüel!
Guardé silencio, apretando los reposabrazos como si ellos tuvieran la culpa de mi desgracia.
—¿Lo ve? Está claro que yo no soy el que tiene un problema aquí —acotó el pelinegro desinteresado; parecía a punto de quedarse dormido.
—¿Disculpa? ¡Tú fuiste el que—!
—Señorita Mogüel, si vuelve a alzar la voz tendré que suspenderla por irrespeto.
¿Suspensión?
—¿A mí? —jadeé, incrédula— Él me golpeó. En el rostro —remarqué lo obvio. No puede ser posible que tenga que explicarle los motivos por los que esto amerita expulsión. ¡Para él!
—Veo que usted tampoco se quedó atrás —señaló el anciano, lanzando una mirada de preocupación al chico cuya ceja partida, sangre en el labio y creciente moretón en la mejilla lo hacían lucir como la víctima.
—Oiga, yo soy la afectada aquí. Tal vez él haya resultado levemente más herido que yo, físicamente hablando. Pero ¿qué hay del daño psicológico que sufrí?
No podré acercarme a una cancha en un buen tiempo por culpa de este infeliz.
Además, ¿alguna vez te has golpeado la nariz con la puerta o alguien accidentalmente te ha chocado con la frente? Es doloroso a niveles extremos. Ahora imagínate un balón de goma gruesa impactando a una velocidad sobrehumana justo en tu tabique.
—Dios. Yo debería demandarlo —articulé, considerando seriamente la idea. El pelinegro soltó un resoplido.
—Tú deberías estar en una clínica psiquiátrica. Loca —dijo él, al fin, girando la cabeza para mirarme.
—¿Perdón? —grité, levantándome de mi asiento con brusquedad. Él sonrió por un instante; el gesto fue tan efímero que cualquier otro lo habría atribuido a su imaginación. Pero lo vi. Apreté los puños, juntando toda mi fuerza de voluntad para no darle una patada en el rostro.
La sonrisa burlona no fue todo; el muy infeliz se encogió en su lugar, atemorizado. Ja.
De mi garganta salió una exhalación de incredulidad. Casi tuve ganas de reírme. Hasta hace diez minutos se reía a carcajadas en mi cara. Pero ¿ahora tenía miedo de mí?
Le lancé una mirada al director. No se estaba tragando este teatro, ¿cierto? El mayor emitió un profundo suspiro.
—Señorita Mogüel, le pido que se tranquilice o tendré que llamar a su acudiente. Señor Cipriano, vaya a la enfermería —ordenó, agregando en tono marcadamente angustiado:—Por favor.
—¿Qué? ¿Lo dejará ir? —chillé. Mi nivel de indignación subía sin parar, tanto como las ganas que tenía de asfixiar a la persona más cercana.
Esto es de no creer. ¿Un poquito de sangre y ya es el pobrecito niño? ¡Yo también estoy sangrando!