Ahí va él, caminando tranquilamente hacia la casa contigua.
Sé que lo sabe. Sabe que lo miro. Jamás vuelve la cabeza, pero lo siente. Estoy segura.
No importa cuántas vueltas le dé en mi cabeza, no logro comprender cuál es el punto de tocar la puerta e irse al segundo, sin inmutarse, sin ningún tipo de remordimiento. Como si no hubiera hecho levantarse a alguien de su cómoda cama.
Su horario es de siete a nueve de la noche. Dentro de ese lapso hace acto de presencia. Es terriblemente irónico que, pese a haberlo visto tantas veces, no conozca su rostro. Es difícil cuando lo único que he logrado vislumbrar es su espalda al caminar.
Y no saber cómo luce… sólo despierta más mi curiosidad.
Conozco de memoria el sonido de sus golpes. También su espalda. Podría dibujarla.
Creo que vende algo. Tal vez comida. Si ese es el caso, su estrategia de venta es ridícula. ¿Espera que le compre por osmosis? ¿Que le haga una transferencia por telepatía?
He intentado mirarlo desde la ventana de la sala más veces de las que mi dignidad me permite admitir. Sin éxito. Las barras de metal no dejan ni asomar la cabeza. Y todo se volvió peor desde que uno de los vecinos habló con mi madre, quejándose de que “la jovencita extraña con la que vivía lo acosaba”.
Ahora debo asegurarme de que ningún señor con el autoestima demasiado elevado esté en mi campo visual.
Debería decir que esto es una molestia. Pero entre la posibilidad de recibir una orden de alejamiento y el hecho de que un extraño toque mi puerta todas las noches… todo es extrañamente emocionante.
He pensado en cómo atraparlo.
Correr escaleras abajo a la velocidad de la luz es una opción, aunque con alto riesgo de partirme la cara.
Sentarme horas frente a la puerta hasta que aparezca es otra. Más deprimente.
Necesito un pasatiempo.
—¿A qué hora piensas acostarte? —preguntó una voz atrás.
—En un rato —respondí, aún con la cara pegada a la ventana.
—¿Estás acosando de nuevo a Don Alberto?
Me volví, ofendida.
—Claro que no. Nunca lo he acosado. Esas veces ni siquiera lo estaba mirando a él —chillé— ¿Te volvió a decir algo ese viejo convencido? Tú sabes que yo no—
—Ya, ya —cortó, alzando la mano—. Vete a dormir.
—No tengo sueño.
—Pues anda a mirar el techo hasta que lo tengas.
Apagó las luces y subió las escaleras. No protesté. Nuestra casa de noche daba vibras de cabaña abandonada donde el dueño anterior se ahorcó en el porche.
En mi habitación al menos podía encender la luz.
•••
¿Los puentes no transmiten una sensación única? Como si estuvieses en plena época medieval. De camino a casa debo cruzar un puente, el trecho no me toma más de siete minutos, pero su encanto hace que sientas toda una eternidad. Es solitario, grande y lleno de árboles frondosos. El sol no podía atravesar las hojas así que esta era mi parte favorita del camino.
Alcé la mirada, observando el movimiento suave de las ramas, su dulce murmullo casi me hizo olvidar la sensación de mis sienes palpitando. Tomé una profunda respiración y cerré los ojos un momento, sentí el viento, las hojas que caían y rosaban la piel de mis brazos; tanta paz... y, de pronto, el vacío en mis pies, el tropiezo, el golpe seco en las rodillas. No hubo advertencia, solo el típico “estás bien, vas cayendo" y después el impacto.
Por suerte, logré poner las manos antes de que mi cara se estrellara contra el pavimento. En caso contrario, el ardor en mis palmas sería el menor de mis problemas.
Me tropecé con algo, no recuerdo ningún bache en este puente. Entonces, ¿Qué fue lo que-?
—¿Estás bien?
La voz me alcanzó como un choque eléctrico. Me quedé ahí, en cuatro patas, maldiciendo mi tendencia a hacer estupideces por querer “conectar con la naturaleza”.
Me armé de valor y alcé la cabeza, encontrándome con un par de ojos esmeralda, abiertos de preocupación y —claro— lástima.
—¿Estás bien? —repitió.
Me tragué una réplica sarcástica, aún sintiendo las piedras clavarse en mis rodillas. ¿Qué quería que le dijera? ¿Que mi dignidad estaba rota en cinco pedazos y repartida por la acera?
Antes de poder abrir la boca, sentí unas manos firmes ayudarme a ponerme de pie. No tuve tiempo a mirar mucho antes de que me apretara los brazos con fuerza.
—¿Estás bien? ¿No puedes hablar? ¡Ay, niña! ¡Cómo vas a caerte así!
Sus manos arrugadas comenzaron a tocar —sin permiso, cabe aclarar —mis brazos y rostro en busca de heridas
— Fue una caída fuerte. No te golpeaste la cabeza, ¿O sí?
—Creo que no...
Solté una pequeña risa pensando que habría preferido golpearme la cabeza, esta no podría estar peor. En cambio, el ardor en mis palmas era algo que, en definitiva, querría haber evitado.
—Gracias —sonreí, intentando recuperar el soporte en los pies. La señora prácticamente estaba sosteniendo mi cuerpo, andaba con un bastón —ya veo con qué me tropecé— y sus piernas tenían un temblor casi imperceptible. ¿Cómo iba a ayudarme a caminar? Acabaríamos dos personas en el suelo en vez de una.
Ella hizo un mohín, revoleando los ojos antes de sujetar mis brazos sin permiso, otra vez.
—Está bien. No tiene que-
La mayor, quién pareció leer mis pensamientos, soltó, en tono irónicamente burlón:
—Tengo de debilidad en el cuerpo lo que tú de coordinación en los pies, muchachita.
Auch.
Tuve ganas de recordarle que mi altercado con el suelo no fue por un tema de coordinación sino más bien por un objeto no identificado que alguien atravesó en mi camino, justo frente a mis pies. No obstante, me mordí la lengua. Después de todo, estaba ayudándome.
—Gracias—musité al cabo de unos segundos, sacudiendo la tierra que se me había pegado a los raspones de las palmas.
—¡Dios santo! —bramó de pronto la anciana, llevándose las manos al pecho— ¡Tus rodillas, muchacha!
¿Mis rodillas?