Entré al auto a regañadientes, intentando recordarle a mi cerebro que era eso o pasar la noche sentada en la acera con MJ babeando mi hombro.
Esa dichosa fiesta resultó todo un fiasco. Mis expectativas ya eran inexistentes cuando empezaron a matarse a golpes a mitad de la pista, pero, en definitiva, ir a recoger a mi mejor amiga a la comisaría y acabar la noche en el auto de Kristopher era la cereza del pastel.
Me acomodé en el asiento, sintiendo de pronto que me había metido en la boca del lobo.
Adentro olía a perfume masculino; estaba cálido y —en teoría— agradable; no obstante, mi lugar se sentía como un ataúd tapizado en cuero. No quería estar ahí, en ese auto, tan encerrada en un silencio que pesaba más que cualquier berrinche de mi madre. Agradecía mucho el que Kristopher no estuviese allí, sería el doble de incómodo y, además así hubiese sido aún más humillante aceptar el favor. El chófer del pelinegro había ido a dejarlo en su casa y luego había regresado por nosotras, o eso deduje ya que lo único que había dicho cuando llegó fue “El señorito Kristopher me envió."
«“Señorito."»
«Guau. En verdad lo tratan como de la realeza.»
Si Kristopher es tan rico, ¿Por qué va a nuestra escuela? ¿Capricho de niño mimado quizá? ¿El típico “Quise saber qué se siente ser una persona normal"?
«Bueno, no es mi problema.»
«Aunque igual me da curiosidad...»
Miré a través de la ventanilla, las calles pasando con velocidad me arrullaron y, sin darme cuenta, me dejé vencer ante el sueño.
••••
Abrí los ojos con dificultad, sintiendo el ardor familiar de un “no dormiste bien” mezclado con un inevitable “¿quién carajos abrió la cortina?”.
Me tapé la cara con la cobija en un débil intento de resguardar mi sueño de la luz de la mañana que se escabullía sin permiso a través de la ventana.
Demasiado tarde: ya había despertado.
Solté un suspiro cansado y, acto seguido, aparté la sábana de encima con un manotazo. Me mordí el labio, reprimiendo un quejido. La muñeca dolía aún más que la noche anterior.
—¿Te levantaste de malas? —murmuró la morena a mi lado, aún medio dormida.
—¿Tú abriste las cortinas? —pregunté, levantándome para cerrarlas.
De sus labios apenas salió un mmmm lleno de pereza, tan ambiguo que me fue imposible traducir. Me encogí de hombros, desistiendo de despertarla más. La dejaría dormir todo lo que quisiera; después de todo, le esperaba el regaño de su vida al llegar a casa.
La noche anterior había sido un desastre. Luego de salir de la estación de policía y ver el estado en el que estaba MJ, llamé a su madre y le dije que habíamos llegado hacía un rato, que MJ se había quedado dormida en mi sofá. Tras varios intentos de persuasión y una videollamada forzosa, finalmente aceptó que pasara la noche aquí. No sé si fue simple casualidad o un acto de compasión por parte del universo, pero el padre de la morena no estaba en casa, metido en esos viajes interminables del ejército. Así que, aparte de cargar a MJ tres pisos de escaleras, no habíamos sufrido mayor daño.
Con pasos lentos, entré a la cocina.
El aire estaba impregnado de un aroma cálido, mantecoso y apenas dulce, como si todo el lugar se hubiese cubierto con miel y vainilla. El ambiente era tan acogedor que sonreí de inmediato, sintiendo cómo mis problemas parecían evaporarse en el aire.
—¿Mimi? —llamé a la mayor, buscándola con la mirada por toda la estancia.
Un segundo después, una cabellera plateada asomó detrás de la encimera.
—¡BlúBlú! Buenos días —saludó ella con una sonrisa radiante, plantando besos cariñosos en mis mejillas— ¿Dormiste bien?
—Digamos que sí —respondí simplemente.
Sin perder tiempo, me acerqué a la estufa y levanté la tapa de la sartén. Un enorme y dorado panqueque me sonrió desde dentro, tan perfecto que me pareció que hasta iluminaba la cocina con su brillo dorado. Inhalé profundamente, llenando mis fosas nasales con el dulce aroma que me hizo la boca agua.
—Ya casi están —sonrió Mimi, volviendo a cubrir la sartén.
Un momento… ¿hoy no es domingo?
—¿Tú por qué estás aquí? —pregunté, extrañada.
—Me llamó tu madre —respondió tranquila— Dijo que llegaste tarde ayer y quería asegurarse de que comieras bien hoy.
—No era necesario, Mimi —dije con pesar. Mimi había estado en nuestra casa desde que yo tenía memoria, ayudándonos con los quehaceres de lunes a viernes. Jamás pidió un día libre ni unas vacaciones. Incluso cuando mamá le regaló un viaje a la playa por una semana, se negó alegando que “No podría estar tranquila si ustedes me necesitan y yo no estoy aquí”. ¿Cómo íbamos a hacerla trabajar también los domingos?— Puedes ir a casa, yo me encargaré de…
—No empieces —me interrumpió con firmeza, empujándome suavemente hacia los taburetes— Vamos, siéntate a desayunar. Iré a buscar a tu amiga.
—No, déjala —respondí rápido— Ella prefiere descansar un rato más.
—Pero ya van a ser las ocho de la mañana...
Mimi había sido criada en el campo, acostumbrada desde pequeña a levantarse a las 4 a.m. no me extraña que piense que un domingo a las siete es “tarde para levantarse".
—Bajará en un rato, Mimi —aseguré con una sonrisa tranquilizadora.
••••
Cerré los ojos un momento, disfrutando del aire fresco.
Luego de que a MJ se la llevara su mamá sin siquiera dejarla terminar su desayuno, decidí que pasar la mañana en el patio no sería mala idea.
No suelo pasar tiempo afuera, mucho menos sentada en el pasto. Pero últimamente sueño tanto con un jardín que pensé que esto ayudaría un poco a que la visión repetitiva me abandonase. En aquellas experiencias oníricas siempre estoy sola en medio de un paisaje verde que no soy capaz de distinguir. Ni siquiera puedo indagar en ello ya que sólo recuerdo el instante antes de abrir los ojos, cuando me doy cuenta de que es un sueño.
Lo peor es que cada vez despierto con ese olor fresco y reconfortante de las flores grabado en mi nariz, impregnado en el aire.