Mi pecho ardía. Las plantas de mis pies estaban entumecidas. El frío implacable de la noche me atravesaba la piel como miles de cuchillas furiosas.
Pero nada de eso importaba. No ahora.
Pensándolo bien… ¿qué carajos estoy haciendo?
Regla número uno para sobrevivir si eres una chica en un mundo de mierda dominado por hombres de mierda: nunca, jamás, salgas sola de noche.
Regla número dos: mucho menos si lo haces para seguir a un completo desconocido que podría —o no— ser tu acosador.
Regla número tres: y peor todavía si ese acosador ya sabe hasta el color de las cortinas de tu habitación.
Así que… recapitulemos.
¿Cómo llegó Blues Mogüel —yo— a esta situación?
¿Fue culpa de las circunstancias?
¿O solo porque soy una idiota que habla en tercera persona y creyó que esto sería una gran idea?
—¡Voy tras de ti, parásito! —grité, pero la falta de aire hizo que sonara más a quejido asmático que a heroína en acción.
Cero amenazante. Ya sé.
Catorce horas antes...
—¿Se supone que eso es un sándwich? —preguntó la morena a mi lado, observando con cara de asco las rebanadas de pan baboso rellenas de una milanesa a medio coser. Sin poder evitarlo, imité el gesto.
—Esto es pura proteína —respondió el castaño, dándole un mordisco. Una masa verde viscosa se deslizó por debajo, cayendo en la mesa. Me cubrí la boca con la mano, tratando de disimular una arcada.
—Voy a vomitar —proclamó MJ, levantándose de la mesa con su bandeja. Sin perder tiempo, la imité.
—¿Se van? —preguntó la pelirroja con cara de perrito abandonado.
—Yo ya terminé de comer —mentí descaradamente. Todos podían ver los toppers aún sin abrir que sostenía con ambas manos.
—Y a mí se me fueron las ganas hasta de tomar agua —contestó la morena, lanzándole una mirada de desprecio a Louis. Angie lo abrazó.
—Trabaja en volumen... —dijo ella, como si ir al gimnasio fuera el argumento perfecto para traer comida visualmente asquerosa a la escuela— Eso verde son lentejas, ¡no es nada malo! —agregó con una sonrisa tranquilizadora, invitándonos a sentarnos de nuevo. Yo desistí, haciéndole un gesto con la cabeza.
—Lo siento, reina. Pero no puedo comer con tu novio y su comida caducada frente a mí —dijo MJ antes de caminar hacia el otro extremo de la cafetería. Yo la seguí, no sin antes lanzarle una mirada de molestia a Louis.
Casi parecía que lo hacía a propósito. Desde hace unas semanas viene echando a perder las comidas solo porque no quiere que Angie conviva con alguien más. Literalmente, una vez se puso a llorar cuando la pelirroja, MJ y yo organizamos un plan sin él, alegando que se sentía poco valorado, que nadie lo quería cerca y un montón de idioteces del tamaño de su enorme frente. Al final, la pijamada se canceló porque Angie tuvo que quedarse a consolar al pobrecito niño.
Volteé los ojos, enojándome solo de recordarlo.
—Ese idiota me tiene harta —escupió MJ, caminando junto a mí— De verdad no entiendo a Angie. Es decir, no es el único chico con músculos en esta escuela.
Asentí, dándole toda la razón. Angie es una de las chicas más hermosas que conozco y Louis pues... tiene salud.
—Agh. Ya me puso de mal humor. Voy a tirar esto y luego al baño. No creo que vuelva aquí. ¿Vienes conmigo?
Miré mis toppers, recordando que había traído arándanos frescos, fresas con yogurt y mis vegetales favoritos. Mi apetito —que nunca se había ido— se hizo presente con un fuerte gruñido de mi estómago.
—Yo sí tengo hambre —dije haciendo un puchero. MJ sonrió.
—Okay. Te veré en el salón entonces —se despidió, dejando la bandeja con comida empezada sobre la mesa más cercana. Alcé una ceja. ¿No que la iba a tirar?
Me encogí de hombros y giré sobre mis talones, buscando con la mirada un lugar vacío donde sentarme. A unos cuantos metros mis ojos detectaron una mesa que estaba siendo desocupada por cuatro chicos con el estómago lleno. Caminé hacia allá sin pensarlo demasiado.
Cuando estaba a punto de sentarme, risas y voces excesivamente altas llegaron a mi campo auditivo. Inconscientemente, giré la cabeza. En una esquina, no muy lejos, un grupo de chicos reía y jugaba. Reconocí a todos: unos cuantos del equipo de básquetbol y un par de chicas del equipo de fútbol que se codeaban y reían entre sí, tirándose un balón de vez en cuando.
Me senté de espaldas a ellos, ignorando por completo al muchacho pelinegro cuyos ojos parecían querer atravesar mi nuca.
Estaba disfrutando mi tercer bocado cuando un sonido metálico a mi lado me sobresaltó.
Unas manos, con pulseras de eslabones que colgaban flojas en su muñeca, se interpusieron en mi campo de visión. Los anillos en sus dedos parecían demasiado pesados para ser simples accesorios; había en ellos un aire desafiante tan propio de él, que hasta tuve el electrizante impulso de querer llevarle la contraria solo para fastidiarlo.
Pasada la sorpresa, continué masticando como si nada, aunque lo tenía ahí: sentado frente a mí en la banca metálica, con una pierna a un lado y la otra al otro, cómodo, insolente, como si no existiera forma más natural de invadirme el espacio.
Me escurrí hacia el borde de la banca sin ningún disimulo, procurando mantener una distancia segura.
—Oye.
Hice de cuenta que no oí nada, como si fuera parte de mi imaginación. Quizá así captaba la indirecta: “No me hables, gracias". No obstante, Kristopher, además de desconocer el significado de “espacio personal", también carecía de la capacidad crítica para deducir que lo último que deseaba era tenerlo siquiera en mi campo de visión durante el desayuno... o cualquier comida del día.
—Te estoy hablando.
—Sí. Ya me di cuenta.
—¿Qué comes?
—Langosta. Está deliciosa —respondí sarcásticamente, agitando una zanahoria a medio comer frente a su cara.
“¿Qui comis?" ¿El daño cerebral ya le alcanzó la visión o qué?