Your face

Capítulo 13

Observé el techo, reuniendo fuerzas de voluntad para sacarme de encima la cobija. La suave, calentita tela parecía haberse adherido a mi piel.

Cerré los ojos un momento, pensando que tal vez no era tan necesario ir a la escuela. Después de todo, era el último día antes de las vacaciones.

Sin embargo, la espalda de un cobarde vendedor y su cabello rubio miel sacudiéndose con la brisa llegó a mi mente como un molesto recordatorio. Quizá Taylor decidía asistir y no podía perder la oportunidad. El peliarcoiris es probablemente la única persona que puede sacarme de esta encrucijada.

Suspiré profundamente, arrastrando mi peso hasta la orilla de la cama.

Quizá, si lo deseaba con todas mis fuerzas, mi cuerpo se teletransportaría hasta allá.

—BlúBlú.

Una voz que pretendía hablar bajo —cosa que no consiguió— viajó a través de la madera de la puerta hasta mis oídos, seguida de un par de toques.

—BlúBlú, se te hará tarde. Ya van a ser las cinco —informó la mayor.

Cerré los ojos, pretendiendo no oír nada. De todas formas...

Un segundo después, la puerta se abrió sin ninguna delicadeza, seguida de unas pisadas cortas y ruidosas que conocía demasiado bien.

—Jesús. Está helado aquí —jadeó la anciana— Esta niña... ¿por qué abre la ventana con este clima?

Abrí los ojos de inmediato, observando a la mujer que cerraba los vidrios, ofuscada. Fruncí el ceño.

«Pero... yo no la dejé abierta.»

¿O sí?

Estoy segura de haberla cerrado. Anoche llovía y no quería que la alfombra se mojara. Además, últimamente estoy tan ansiosa que las cosas más estúpidas me quitan el sueño, como dejar la ventana abierta por la noche.

Mi vista se deslizó por la habitación hasta detenerse en Miel, mi perrita, que dormía plácidamente en su cama acolchada. Con su tamaño, era imposible que alcanzara el marco siquiera y, aunque lo hiciera, ¿cómo iba un perro a abrir la cerradura de una ventana?

Me levanté de golpe, sobresaltando a Mimi, que soltó un grito agudo.

—¡BlúBlú! ¡Niña! ¡Casi me matas del susto!

Balbuceé un perdón, más pendiente de la ventana que de su queja. Caminé hacia ella con el pecho retumbando cual tambor.

—¡Sabes que la brisa de la lluvia te hace daño, BlúBlú! Dejaste la ventana abierta...

—Yo... —tragué grueso, intentando formular una frase sin que me temblara la voz— Yo no la dejé abierta, Mimi.

Inspeccioné la cerradura. Quizá se había roto, quizá Quesito —el gato que solía meterse en la casa— había hecho un agujero en alguna parte. La segunda teoría quedó descartada de inmediato: el vidrio estaba intacto, y si ese hubiese sido el caso, me habría despertado con el ruido.

Ignoré que pasaba lo mismo con la primera suposición. Si la cerradura se hubiese roto durante la noche, la ventana se habría abierto con tal violencia que, como mínimo, el vidrio tendría una grieta. No solo me habría despertado a mí, sino también a mi madre y a Miel.

Un escalofrío me recorrió la espalda. El aire estaba frío, pero no tanto como el pensamiento que se me incrustó en la cabeza.

Mis dedos temblorosos recorrieron el marco, en busca de algo que en realidad no quería encontrar.

—¿BlúBlú?

Mimi apoyó su mano en mi hombro con suavidad. Respiré profundo, intentando regular el pulso.

«Cálmate.»

«Estás siendo paranoica otra vez.»

«Si alguien hubiese entrado, Miel habría ladrado o algo.»

«No pasa nada. No pasa nada.»

—Todo está bien... —susurré, cerrando los ojos un momento mientras trataba de alejar la idea de un intruso entrando a mi habitación.

Casi como si lo hubiese invocado, una ráfaga de luz verde, el olor a tierra mojada y la voz lejana de un muchacho llenaron mi cabeza hasta doler. Abrí los ojos, un pitido seco aún vibrando en mis oídos.

—¿BlúBlú? ¿Qué pasa? ¿Te duele la cabeza?

Mimi, angustiada, me sujetó de los brazos, como si temiera que me desplomara en cualquier momento.

Masajeé mis sienes. El pitido se había desvanecido casi por completo, pero el suelo bajo mis pies parecía tambalear ligeramente.

—No. Estoy bien —dije a la mujer, cuyos ojos abiertos reflejaban una preocupación un tanto exagerada. De mi garganta escapó una risa corta, algo burlona— Es que me mareé por un momento.

—Por Dios. ¿Se te fue el aire, verdad? ¿Dónde está tu inhalador? Si no hubiese estado yo aquí—

—Tendría un buen chichón en la frente, sin dudas —reí, imaginando lo ridícula que me vería colgada del árbol con esta bata —herencia de mi abuelita.

—No es para reírse —regañó la mayor, soltando aire por la nariz como un viejo gruñón. Aún sin soltarme, cerró la ventana y me guió hasta la cama.

—Deberías quedarte descansando hoy. Le diré a la señora que te sientes mal y...

—Fue solo un mareo, Mimi —interrumpí, levantándome con rapidez y tomando la toalla de baño antes de que pudiera agarrarme otra vez.

—Pero—

—¡Iré a bañarme! —canturreé, cerrando la puerta y dejando a una inconforme anciana con las manos en la cadera.

Mientras me dirigía al baño, me sorprendí mirando de reojo mi habitación, como si esperara ver la ventana abierta a través de las paredes.

••••

—Hola.

Me volví, viendo a un chico que parecía sacado de una estampilla de alumnos modelo.

—Luca, ¿cómo estás?

—¿Cómo está tu mano? —preguntó, ignorando mi saludo.

—No muy diferente de ayer, cuando me lo preguntaste —reí.

—Perdona —murmuró, rascándose la cabeza— En serio me siento mal por eso.

Su gesto me recordó a la vez que olvidó traer las llaves del aula y nos dejó a todos esperando casi cuatro horas. Luca se disculpó tanto que ni notó que, en realidad, nadie estaba molesto: terminamos en el gimnasio, jugando con pelotas y cuerdas, riéndonos de los saques fallidos de MJ y compartiendo meriendas en un picnic improvisado. Fue un día divertido. Puedo apostar lo que sea a que nadie le guarda rencor por eso.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 26.02.2026

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