¿Nieto?
¿Su nieto, el chico imaginario?
Intenté imaginar la escena: yo sonriendo al aire, asintiendo con educación, mientras Cristine me empujaba suavemente para que le sacara conversación a un muchacho inexistente.
Sentí un nudo inmediato en el estómago.
No.
No podía permitirlo.
—¿En… en serio?
—¡Sí! —sus ojos se iluminaron— Había perdido la esperanza porque se negó la primera vez que se lo sugerí. Pero creo que te ha visto. ¡Porque ahora no para de insistir!
—Jaja… me halaga —respondí, con esa sonrisa automática que aparece cuando no sabes cómo huir sin quedar mal.
—¡Sabía que iba a cambiar de opinión en cuanto te viera!
Sonreí otra vez, arrepintiéndome de haberle abierto la puerta. Esto era lo que ganaba por ser curiosa. Por no saber decir que no a tiempo. La mujer frente a mí solía llevar el hilo de todas nuestras conversaciones, pero realmente nunca me había importado tanto como ahora.
Tenía que haber una forma educada de escapar.
Siempre había una forma.
¿No?
No podía rechazarla. Ni siquiera me había dado una fecha. No había nada concreto que negar. Solo… expectativas flotando en el aire.
Tal vez podía decirle que no me interesaban los hombres.
«¡Eso es!»
«¿Le digo que soy lesbiana?»
La idea apareció como un salvavidas improvisado. Claro que la gente mayor se ponía a la defensiva con esas cosas. Sobre todo si era religiosa.
¿Cristine iba a la iglesia, verdad?
—Verá… hay algo que no le he dicho…
El tono de llamada estalló de repente, escandaloso, rompiendo mi falsa confesión antes de que pudiera tomar forma.
Cristine se apresuró a contestar.
Yo recé —literalmente— para que el ruido hubiera despertado a mi madre. Si bajaba, si intervenía, tal vez podría safarme de todo esto.
—Oh. ¿Ya estás en casa? —dijo al teléfono— Iré enseguida. Debes estar hambriento.
Me quedé quieta.
¿Está hablando con su nieto?
Un ser imaginario no podía marcar números telefónicos.
Eso quería decir que…
—Benedith acaba de llegar —sonrió al colgar, dándome un pequeño codazo.
—¿Benedith? —repetí— ¿Es su nieto?
—Sí. Come como un oso —rió.
Así que Benedith.
El nombre se me quedó rondando más de lo debido, como si tuviera algún tipo de peso que aún no entendía. Hasta hace poco ni siquiera sabía que existía, y ahora había dos personas en mi entorno que lo llevaban.
«Qué curioso.»
—Es un lindo nombre —dije, intentando sonar natural.
—Oh, gracias. Es en honor a su padre.
—Ya veo.
—En fin —añadió, acomodándose el bolso— Te dejo, muchacha. Tengo que ir a prepararle la comida a ese niño antes de que acabe con la despensa.
Asentí y la acompañé hasta la puerta, con esa sensación incómoda de haber esquivado algo… pero no del todo.
••••
Le lancé una mirada de molestia a MJ, que parecía más interesada en juguetear con la pelusa de su falda que en nuestra conversación.
Bueno, no puedo culparla. Se suponía que había venido por mí para ir de compras. Pero aún no salíamos de casa y hacía horas que hablábamos de lo mismo; llegando siempre a la misma pregunta:
—¿Y qué tiene de malo?
Resoplé, cansada. ¿Cuántas veces se lo he explicado ya?
—¿Cómo que “qué"?
—Estudia, es trabajador, tienen casi la misma edad y, según la abuelita escalofriante, es guapo. Aunque yo no me fiaría de su criterio si fuera tú... Las abuelas siempre dicen eso de sus nietos —dijo la morena, entre cerrando los ojos.
—La cuestión aquí no es si es guapo o no, M. No quiero conocer a nadie. Mucho menos con esas intenciones.
—¿Cuáles intenciones? Picarona —repuso, soltando una risita.
Revoleé los ojos.
—No me digas que no es obvio el afán de Cristine al presentarme a su queridísimo nieto.
Además de que es un hecho que va a ser raro e incómodo que nos conozcamos en ese plan por presión de su abuela, ya suficiente tenía con mi madre encima cada vez que un chico siquiera me respiraba cerca.
Me froté la sien. No quiero ni imaginar cómo se pondría si comienzo a relacionarme con el nieto de nuestra vecina.
Será una tortura.
—No pierdes nada, ¿O sí? Una presentación no es una promesa de boda, B.
— No. Pero sí le daría falsas esperanzas a la ancianita. Además, sí pierdo algo: Mi tiempo —finalicé caminando por la habitación con aire de dignidad.
—Bueno, tampoco es que estés muy ocupada —sonrió de lado— ¿O sí...?
La miré, llevándome una mano al pecho en un gesto dramático.
— Pues sí. Lo estoy. Tengo muchísima tarea y—
—¿Desde cuándo haces tareas en vacaciones, Blues Mogüel? — cuestionó MJ con escepticismo.
—Desde que nos asignan trabajos con cientos de ejercicios — repuse.
—Hablando de eso... ¿Ya arreglaron eso ustedes dos?
Apreté los labios, desviando la mirada a algún punto de la ventana, más allá del árbol, hacia la calle. Con “ustedes dos" se refería a mí y a Kristopher. Y con eso hablaba de nuestro proyecto aún sin empezar. Suspiré con fuerza.
—Veo que aún no...
—No —confirmé lo evidente, cubriendome el rostro con las manos.
—Baby, no quiero sonar como disco rallado pero es un trabajo muy extenso y…
—Y queda solo semana y media de vacaciones. Ya sé —murmuré, dejándome caer sobre la cama y cubriéndome la cara con las manos.
Me quedé así un momento, escuchando mi propia respiración.
De verdad había pensado que él iba a ceder primero. Qué ingenua. Pensé que al menos se preocuparía por sus notas.
« Tonta, tonta. ¿Por qué iba un niño rico a molestarse en estudiar si tiene semejante patrimonio a su disposición?»
Puede dedicarse a holgazanear de por vida si le place.
—¿Angie no habló con él?
La miré de reojo, descubriendo mi rostro apenas.
«Sí que lo hizo...»
—¿Y? ¿Qué te dijo? —le había preguntado, mordiéndome las uñas. La pelirroja y él se llevaban bien. Seguro que lo había convencido, ¿Verdad?