Your face

Capítulo 17

—Pero si es la perra Mogüel.

El comentario cayó como una piedra lanzada a propósito: seco, innecesario, imposible de ignorar.

Me volví, encontrándome con una cabellera rubia. La chica me miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. La clase de sonrisa que no anuncia amabilidad precisamente.

—¿Disculpa?

—Vaya... Pensé que no te dejaban salir de tu casa —canturreó. Alcé una ceja, confundida —Ya está oscuro. ¿Te escapaste?

Su voz era demasiado dulce para lo que decía, como si se estuviera divirtiendo a mi costa. Bueno, era obvio que no venía en son de paz.

—¿Estás... hablando conmigo?

Kiara, la capitana del equipo de fútbol. Sólo la he visto de lejos y la única interacción que hemos tenido fue cuando su balón se estampó en mi espalda baja un año atrás. Todos dijeron que fue un accidente, y así fue como lo tomé. Aunque esa historia habría sido más convincente con una disculpa de su parte.

El recuerdo apareció sin pedir permiso, acompañado de la misma sensación incómoda de entonces.

Soltó una risa burlona.

—¿Ya te vas? ¿No vas a comer nada? —interrogó, ignorando mi pregunta sin disimulo. Su tono despectivo olímpicamente mal fingido no pasó desapercibido.

Sentí que algunas miradas comenzaban a posarse sobre nosotras. No sabía de dónde venían, pero las sentía igual. Guardé silencio, comenzando a sentir algo de ansiedad. Que yo recuerde, jamás hice o dije algo para molestarla. Ni siquiera sabía su nombre antes de su ataque “accidental" con el balón. Entonces...

«¿Por qué de pronto me habla?»

«Y, más importante, ¿Por qué está siendo tan grosera?»

Mi respiración se volvió más corta, como si mi cuerpo se adelantara a una amenaza que yo aún no terminaba de entender. Sentía que acaba de salir de una tormenta para luego encontrarme con otra.

—¿O es que viniste por alguien? —preguntó, su rostro se ensombreció. La ligereza desapareció de golpe. Ahora había algo duro, casi posesivo, en su expresión.

Kiara acababa de llegar. Aún tenía su abrigo puesto, llevaba el bolso encima y, además, no la ví adentro cuando salí.

«Vaya suerte. Si no ha entrado siquiera entonces nadie vendrá a buscarla.»

Miré alrededor, incómoda. Y, por mucho que me gustaría decir que no estaba comenzando a asustarme, su cuerpo parecía más bien preparado a lanzarse sobre mí que a conversar conmigo.

«Esto se siente como una de esas escenas clichés de bullying en las películas para adolescentes.»

«¿Está tratando de intimidarme?»

El aire se sintió más pesado, denso, como si me costara moverme dentro de él.

—Yo... ya me tengo que ir —dije, dándome vuelta. Odio las confrontaciones inecesarias, más en las que estoy en clara desventaja. No era valentía lo que me impulsaba, sino la urgencia de salir intacta. No obstante, no había dado más de tres pasos cuando una mano furiosa se aferró con fuerza a mi muñeca —¿Qué rayos—

El contacto fue brusco, invasivo e imposible de ignorar.

Mi piel reaccionó antes que mis pensamientos y, sin poder evitarlo, tiré de mi brazo para soltarme. Buen intento, inútil resultado.

—Responde, perra cobarde. ¿Viniste a buscarlo a él?

—¿Qué? ¿De quién me estás hablando? ¡Sueltame!

El pulso me martillaba en los oídos, y por un segundo temí que la voz no me saliera firme.

—¿Estás tan desesperada? ¿Crees que porque fue amable contigo una vez ya—

—Kiara.

Esa sola palabra cambió el aire.

Mi cuerpo se tensó. No miré. Sabía quién había dicho eso, sabía quién caminaba despacio tras de mí, acercándose. Cerré los ojos un momento, dejando escapar un suspiro que no supe bien si era de alivio o de resignación.

Parte de mí quiso desaparecer. Otra parte, inexplicablemente, se preparó para resistirse. ¿A qué? Tampoco lo supe con exactitud.

—¿Qué? —respondió ella con brusquedad, con la mirada encendida clavada en mí.

—Sueltala —ordenó él.

No levantó la voz. No hizo falta.

Ella apretó los dientes, al igual que su agarre. Me mordí el interior de la mejilla, aguantando un chillido; como si eso fuera demostración suficiente de cuan firme podía ser. Aunque solo estuviera fingiendo con todas mis fuerzas que lo era. No era tan estúpida como para volver a intentar safarme, sé muy bien que Kiara tiene más fuerza que yo. Y no quería sarandearme y perder el orgullo y la dignidad cuando no logre nada con ello.

—Kiara —pronunció el pelinegro tras de mí. Su voz, en un tono tan amenazadoramente peligroso que sentí miedo por una fracción de segundo.

Lo oí dar un paso, luego otro, y otro más.

Cada paso parecía calculado, medido para no escalar la escena… pero tampoco retroceder.

Antes de darme cuenta, lo tenía a un palmo de distancia. Su brazo se coló por sobre mi hombro, sujetando la mano de la chica cuyos nudillos blancos se aferraban a mi brazo. Su cercanía se sintió tan tensa como protectora. Sin embargo, mi estómago se revolvió al darme cuenta que, de nuevo, Kristopher estaba salvándome de una situación difícil.

«De nuevo.»

«Otra vez.»

«¿Por qué...?»

—Sueltala —repitió a modo de advertencia.

Ella se resistió. Los primeros tres segundos. Luego me liberó, dando un paso atrás a regañadientes —Ve adentro.

El aire volvió a mis pulmones de golpe, como si recién entonces me permitiera respirar.

«¿Por qué tiene que aparecer en los peores momentos?»

Me mordí el labio con fuerza, sintiendo el sabor metálico de la sangre.

—Pero—

—Kiara —gruñó el pelinegro.

Ella obedeció, no sin antes lanzarme una mirada asesina. No fue una promesa verbal, pero sí una advertencia silenciosa. Me quedé inmóvil un momento, observando la marca roja en mi brazo.

La piel ardía, palpitante, como si quisiera recordarme lo ocurrido.

«¿Qué acaba de pasar?»

Me dispuse a continuar mi camino cuando el chico tras de mí me sujetó suavemente de la mano, fue apenas un roce de sus dedos en los míos. Pero, por algún motivo, me hizo enfurecer.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 26.02.2026

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