Your face

Capítulo 18

El tic tac del reloj retumbaba en la estancia, casi como si estuviera desafiando a alguien a romper el silencio. Yo, definitivamente, no sería esa. Hablar primero cuando mi madre tiene aquella expresión es como jugar a la ruleta rusa. Puede que no pase nada. Puede que mueras.

Me quedé quieta.

Miré por encima de su cabeza, fijando la vista en el cuadro que nadie sabía de dónde había salido pero allí seguía, torcido sobre la pared.

«Es horroroso.»

—¿Qué te pasó en la cara?

—¿Ah? —aparté la vista de la pintura— ¿De qué? No pasó nada.

Sus labios se tensaron. Cruzó los brazos.

El aire se volvió pesado. Su enojo parecía ocupar todo el espacio entre nosotras.

—¿Por qué saliste sin permiso?

—Fui por unas cosas que—

—¿Dónde están?

Abrí la boca para hablar, luego la cerré. Intenté otra vez. El mismo resultado.

«No puedo mentirle cuando me ve tan fijamente»

Volví a mirar el cuadro.

—¿Dónde estabas, Blues? —preguntó despacio, pronunciando cada palabra como si fuera parte de un interrogatorio.

«Es uno de esos días.»

Suspiré.

—En la cafetería de la señorita Farris. Mimi se sentía mal y—

—Me dijo que saliste a las cuatro —interrumpió— ¿Sabes qué hora es?

—Perdí la noción del tiempo.

«Y salí a las cinco. No a las cuatro.»

—Son las siete treinta. ¿Cómo se te ocurre andar sola sin permiso?

—Sólo fui porque Mimi lo necesitaba.

—No me hables así. Sólo sales si yo lo autorizo.

Di un paso atrás y giré hacia las escaleras. No quería otra discusión. Mucho menos con ella. Nunca terminaban bien. Su mano se cerró alrededor de mi brazo lastimado.

El dolor me hizo contener el aire.

—Y me haces el favor de decirme qué te pasó en la cara.

—¡Nada!

—¿Tienes novio? ¿Es eso? ¿Discutieron?

—¡Mamá! —me solté, sintiendo los ojos arder. ¿Por qué todos parecían querer pelear conmigo hoy? — ¡No tengo novio! ¡Me tropecé y me golpeé el dedo chiquito del pie! ¡Fin!

—¿Piensas que voy a creerte, mocosa?

—¡Es la verdad!

Intentó mirarme de frente.

—¿Estás llorando?

Esquivé su mirada y subí las escaleras casi trotando.

—¡Sí! ¡Un golpe en el dedo chiquito duele!

•••

El recipiente frente a mí estaba vacío. Intenté recordar qué había tenido antes. ¿Yogurt? ¿Jugo? Abrí la nevera por costumbre, hasta esperanzada. Nada preparado. Nada cortado. Nada listo.

Mimi realmente no estaba.

La casa se sentía distinta sin ella, demasiado ordenada, demasiado silenciosa. Como si algo esencial faltara, además de comida.

—¿Quieres más agua?

Alcé la cabeza. Mamá me observaba desde el otro lado del comedor. Su rostro era ilegible, lo cual siempre resultaba peor que cuando estaba enfadada. Me había despertado a las cuatro de la mañana para “ayudar”. En realidad, sólo me había sentado allí mientras ella iba y venía por la casa durante más de una hora. Sabía que era su manera de castigarme.

Sutil pero bastante obvio.

—¿Necesitas algo más? —pregunté.

—Quiero la casa reluciente.

Asentí, luchando contra el sueño. Antes de irse, se inclinó y besó mi frente con suavidad, como si nada hubiera pasado.

Nunca entendía cómo podían coexistir ambas versiones de ella. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a caer sobre la casa.

Mi estómago rugió.

Encontré un paquete de galletas integrales y un vaso de agua. Sabían a cartón húmedo, pero era eso o nada. Sin Mimi, la alacena parecía pertenecer a otra persona. Dejé las galletas a medias y caminé hacia mi habitación.

Entonces lo escuché.

Un ruido suave.

Me detuve en seco.

La puerta estaba entreabierta, exactamente como la había dejado. El sonido vino de adentro: un roce leve, casi un susurro contra el suelo. Mi mente imaginó mil cosas antes de recordar a Miel.

Exhalé y empujé la puerta.

Miel estaba despierta, olfateando algo junto a la ventana. No había zapatos tirados ni alfombra movida. Todo estaba demasiado… intacto.

Me acerqué.

Un pequeño ramo descansaba en el suelo. Cinco flores naranjas, delicadas, familiares. Pero esta vez había algo distinto. Una rosa rosada sobresalía en el centro, perfecta, imposible de ignorar.

Durante un año había llegado una flor diaria, siempre igual, siempre silenciosa. Nunca cambiaba.

Hasta ahora.

«¿Ahora serán varias?»

Tomé el ramo y lo acerqué a mi nariz. El aroma dulce llenó el aire, aunque había algo nuevo mezclado allí, un matiz diferente que no supe nombrar.

La nariz fría de Miel rozó mi tobillo.

—Oye… —murmuré, agachándome— ¿Por qué nunca le ladras?

Ella movió la cola, olfateando la rosa con entusiasmo.

—¿Con qué te compró? ¿Te trae dulces?

Miel, que gruñía hasta a Mimi algunos días, parecía completamente tranquila.

Le acerqué el ramo y comenzó a lamerlo.

Sonreí.

—A veces creo que las trae para ti.

•••

—Ay no.

Me giré con disimulo y cambié de dirección.

—¡Blues!

Cerré los ojos, estática. Por un segundo pensé que, si no me movía, tal vez no me verían.

—Blues.

Giré apenas la cabeza.

Un hombre y una mujer de mediana edad me observaban desde la acera, sonrientes, con esos rostros perfectos de comercial familiar que inspiran confianza inmediata.

«Si no los conociera, caería en su trampa.»

Resoplé, caminando hacia ellos a regañadientes.

—Señor Collins, señora Collins. ¿Cómo les va?

—Muy bien —sonrió él —Aunque algo preocupados, para ser honestos — añadió, lanzando una mirada a su esposa, que asintió.

Guardé silencio, esperando a que alguien dijera algo. Lo harían igual aunque no les preguntara nada así que...

—¿Supiste del nuevo inquilino? —susurró la señora Collins, acercando su rostro al mío. Asentí, mentalmente preparada para los comentarios desagradables —Al principio pensamos que era una pareja. Fuimos con el comité, a darles la bienvenida. Ya sabes. Pero... vimos esto, en su jardín.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 26.02.2026

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