Your face

Capítulo 19

Llegué a casa con la respiración agitada, mirando alrededor. Como si alguien pudiese descubrir lo que hice de un vistazo. Jamás hice algo ilegal.

Nadie irá al recreo hasta que confiesen."

La imagen borrosa de una pequeña con ojos llorosos llegó a mi memoria de pronto, contradiciendo mi intento de exoneración.

«Bueno, no desde esa vez.»

Miré sobre mi hombro, escrutando la calle. No había nadie más que un chico con su perro en un patio lejano, varias casas más allá. Sin embargo, aún sentía todos lo ojos sobre mí. Casi como si las ventanas me acusaran de algo.

« Nadie me había visto, ¿Verdad?»

«Por dios.»

«Quizá un criminal peligroso escape por mi culpa.»

«¿Debería—?»

Mordí mis uñas, tratando de organizar mis pensamientos.

«¿Y si regreso?»

«¿Debería volver?»

No. ¿Acaso había perdido la cabeza?

«¿Serviría de algo?»

Arrojar una roca en las narices de alguien no era algo que pudiese deshacer.

«Tal vez me haga su rehén si regreso ahí.»

Ay por Dios. ¿Entonces ahora era su cómplice?

El estruendoso ruido de una moto llegó a mis oídos, haciéndome saltar en mi lugar. Me giré con brusquedad hacia la calle, viendo el aparato alejarse velozmente hasta perderse al doblar una esquina. Solté el aire contenido, exhalando por la boca.

«Debería entrar.»

Abrí la puerta principal, inhalando profundamente por mera costumbre. No había rastro del aroma a comida recién preparada ni del desinfectante de limpieza habitual. Entonces recordé que Mimi no estaba. Llegó a mi mente de pronto, recordándome también aquella llamada pendiente. No supe de ella desde ayer. Mimi solo había enfermado de gravedad una vez y se negó a ir al hospital. Mamá le permitió quedarse en nuestra casa con médicos privados. Nadie me explicó cómo habíamos costeado todo aquello. Yo dejé de preguntar hace tiempo.

Paré en seco. La sala de estar estaba a oscuras.

Odio estar sola en casa. De día es deprimente y al anochecer... La certeza de saber que no hay nadie más que yo y, al mismo tiempo, sentirme observada desde la oscuridad, es escalofriante.

Tragué saliva. Mis piernas temblaron apenas.

«Debí haber encendido las luces antes de irme.»

Tomé mi celular y encendí la linterna, apresurando el paso hacia el interruptor de la luz. Sin perder tiempo, marqué el número de Mimi.

Jugueteé con el mantel, contando los tonos antes de que respondiera.

«Uno, dos...»

—¡BlúBlú!

Solté el aire acumulado. Una sonrisa de alivio se formó en mis labios.

—¿Cómo sigues? —interrogué, levantándome de la silla.

«Debería encender todas las luces.»

—De maravilla —canturreó.

—Vaya. Te han servido tus días libres, eh —comenté con sorna, echando un vistazo a la parte posterior de las escaleras.

«¿Siempre se ve tan oscuro?»

«¿Cómo carajos subiré a mi habitación?»

La oí suspirar, acongojada.

—He tenido suficiente —se quejó— Y no podré trabajar hasta la semana que viene.

Miré la fecha en la pantalla, sintiendo el nudo formarse en la boca del estómago.

«Ah...»

—¿L-la semana que viene?

«Recién es miércoles...»

—Sí. No sé qué haré mientras tanto. Ya perdí la cuenta de las veces que limpié.

Tragué grueso, sintiendo el cuerpo pesado.

—Deberías descansar —dije, haciendo lo posible porque notara el temblor en mi voz. Mimi vendría si sentía que algo no andaba bien. Sé que sí — Aquí. En casa.

Estaba siendo desconsiderada y lo sabía. Pero ella se oía saludable y yo no podía quedarme sola tanto tiempo. La imagen llegó a mi mente como una premisa: Luces apagadas, demasiado espacio y el sonido de mi respiración haciendo eco en los pasillos. Sentí el suelo hundirse en mi lugar.

—Oh... Me gustaría, cielo. Pero la señora Anastasia ordenó quedarme aquí el resto de la semana —informó con pesar— Es mejor hacerlo así. Sabes cómo es tu madre, cariño.

Apreté los labios, conteniendo un quejido que sabía, sería infantil. E inútil. Mimi jamás desobedecía a mi madre; aunque un meteorito estuviese por caer sobre su cabeza y le ordenase quedarse quieta.

«Maldición.»

En momentos así, suelo recordar lo molesto que es.

—Ya... Está bien —murmuré, estrujando la manga de mi blusa. Miré alrededor, viendo detenidamente cada rincón iluminado, como si la luz pudiese tranquilizarme de alguna forma.

—¿Has comido hoy? No quiero que te enfermes mientras no estoy —regañó la mayor, soltando una exclamación, seguida de un ruido. Al parecer, algo se le había caído. Traté de sonreír sin éxito.

—Sí. Sí comí. Aunque fue—

—Un momento, BlúBlú —su voz se alejó del teléfono. Agudicé el oído, tratando de descifrar qué hacía. Voces amortiguadas, intercambio de saludos y luego pasos —BlúBlú, te llamaré mañana. Tu madre envió algunas cosas para mi —dijo sin más y, antes de que pudiera responder, colgó. Me quedé parada, recostada del barandal de las escaleras con el celular pegado a la oreja. Esperaba algo. Un zumbido. Un aviso de espera. Alguna voz robótica diciendo que se había cortado la llamada. Pero no fue así.

El silencio volvió a expandirse, como si las paredes de pronto me respiraran demasiado cerca. Sentía mi corazón retumbar cuando una vibración en la mano me sobresaltó. Era mi celular.

Lo encendí precipitadamente, suplicando que fuese la notificación de un mensaje. Con suerte, alguien a quien pudiera llamar.

Hola, Pitufina. Oye, tenemos que hacer el proyecto. ¿Puedes mañana?

Exhalé sin darme cuenta.

Caminé hasta el sofá, tumbadome boca arriba. ¿Había leído mal? Fruncí el ceño, acercando la pantalla a mi cara mientras repasaba el mensaje.

No puede ser él.

«¿Verdad?»

Mi sentido común se burló de inmediato. ¿Acaso tenía otro compañero y otro proyecto del que no tuviese conocimiento? Deseé que fuera el caso.

Miré la pantalla durante un minuto, tratando de descifrar cuál sería el mejor paso a seguir.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 26.02.2026

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