Your face

Capítulo 20 Behind Your Face — Parte 1

El grito se me escapó antes de poder detenerlo, mezclándose con el suyo en un caos agudo que rebotó contra las paredes.

El silencio que vino después fue peor. Sus ojos esmeralda casi parecían luces fluorescentes en medio del vapor de la habitación.

No me di cuenta de que aún lo estaba mirando fijamente hasta que él se cubrió con una mano, buscando frenéticamente una toalla con la otra, moviéndose con torpeza contra el lavamanos. Mi mandíbula cayó cuando se giró por accidente, exponiendo su trasero sin la menor intención de hacerlo.

Cerré los ojos de golpe y me cubrí la cara con ambas manos, como si eso pudiera borrar los últimos tres segundos de mi existencia.

—Ay por Dios… —murmuré, más para mí que para él, sintiendo el calor subir violentamente hasta mis orejas.

Me giré inmediatamente, dándole la espalda mientras el sonido de objetos moviéndose, frascos chocando entre sí y un golpe seco llenaban el espacio.

—Yo… —empezó él, igual de perdido— Lo—lo siento. No traje mi toalla...

«Hay un chico desnudo a un metro de mí.»

«Ay por dios.»

«Ay. Por. Dios.»

Mi cerebro tardó en alcanzarme. Sabía que estaba allí, lo había visto. Sin embargo, no lograba procesar las imágenes.

—N— no importa. Solo… —respiré hondo, intentando recomponerme mientras miraba fijamente el piso. Como si la cerámica fuera lo más impactante de la situación— necesito el baño. Ahora.

—¿Disculpa?

—Tengo que usar el baño. Por favor, ¿podrías salir un momento?

Hubo un segundo de silencio incómodo, seguido de un movimiento apresurado.

—Oh... Claro. Sí, eh... por supuesto —balbuceó.

Apreté los labios, intentando reprimir un segundo grito que amenazaba con escapar. Supe en ese instante que sería uno de esos eventos que jamás se borran de tu mente. De los que regresan años después, justo antes de dormir, solo para recordarte que la vergüenza también tiene memoria fotográfica.

—Yo... so—solo... ¿me darías permiso para pasar?

—S-sí. Claro.

Carraspeé, dando un paso al costado.

Apreté los ojos con fuerza, sintiéndolo pasar junto a mí como un rayo de aire caliente. El leve roce del movimiento bastó para que todo mi sistema nervioso entrara en pánico. Me aparté con brusquedad.

Un segundo después, el azote de una puerta hizo eco en el pasillo.

No esperé más.

Empujé la puerta, casi tropezando al entrar, y la cerré de un golpe que hizo vibrar los muros. Mis dedos fallaron dos veces antes de lograr pasar el seguro, torpes y temblorosos.

No pasó mucho tiempo hasta que la voz de Cristine explotó en el pasillo, atravesando las paredes como una alarma de incendio.

—¡Cielo santo! ¿Qué está pasando aquí?

La perilla giró violentamente. Mi corazón se detuvo una décima de segundo antes de recordar que había cerrado con llave.

—¡Benedith! ¿Qué pasa allí dentro? ¡Benedith!

Los golpes en la madera no se hicieron esperar.

Abrí la boca, dispuesta a responder.

La cerré.

¿Qué iba a explicar exactamente?

«¿“Ups. Acabo de ver el pene de tu nieto."?»

Casi tuve ganas de abofetearme. Mordí el nudillo de mi dedo con fuerza, porque claramente esa era una reacción mucho más normal y socialmente aceptable que golpearme la cabeza contra el inodoro.

Terminé mis necesidades con movimientos mecánicos, todavía en estado de shock, me subí los pantalones y respiré profundo varias veces, intentando convencer a mi cuerpo de que sobreviviríamos a esto.

Mientras me lavaba las manos, el agua fría resbalando entre mis dedos ayudó apenas a despejar mi mente. Fue entonces cuando noté el acondicionador tirado a un lado, con la tapa abierta y una cantidad obscena de producto extendiéndose por el suelo como evidencia de un crimen.

Lo levanté por inercia, sintiendo el olor dulce de la vainilla invadir mis fosas nasales. Lo acerqué a mi nariz, inhalando profundamente.

—¡Benedith! ¡Abre la puerta ahora mismo!

Miré alrededor con desesperación creciente.

«No es momento de sentarse a oler el acondicionador, Blues Mogüel.»

No había escapatoria. Solo paredes, azulejos fríos y mi reflejo empañado devolviéndome una expresión que oscilaba entre el pánico y la renuncia espiritual.

—¡Benedith! ¡No me obligues a usar la llave, jovencito!

«Mierda. Mierda. Mierda.»

Tapé el recipiente con rapidez, dejándolo a un lado.

—¿Abuela? —se oyó afuera.

Entonces la vi.

«Una ventana.»

Demasiado alta para alcanzarla fácilmente. Demasiado pequeña como para confiar en que cabría. Pero definitivamente mi mejor opción.

Tomé papel higiénico y lo pegué a mis suelas precipitadamente, intentando secarlas como si eso fuera un plan lógico. Acto seguido, me encaramé en el tocador.

Dudé un segundo —el tiempo suficiente para oír otro golpe tras la puerta— y subí.

—¿Muchacha?

Mi pie resbaló en el borde húmedo, obligándome a aferrarme a la repisa flotante. El mueble se tambaleó peligrosamente, lanzando varios frascos al suelo en una sinfonía de plástico y vidrio.

«Rayos. Voy a tener que pagar todo después.»

—Muchacha, ¿todo bien allí dentro?

Aguanté la respiración, temiendo que oyeran mis jadeos descontrolados.

«¿Qué clase de monstruo diseñó este lavamanos?»

—No te caigas, no te caigas —murmuré sin aire.

Me incorporé con lentitud, sintiendo las piernas temblar violentamente. Por alguna razón absurda recordé que la última vez que me había caído también había sido en un baño, con personas del otro lado golpeando la puerta.

Miré hacia abajo.

«Voy a partirme un diente cuando menos.»

—¡Muchacha!

—Abuela, quizá deberíamos—

—Benedith, ve a buscar las llaves.

Fruncí el entrecejo, alarmada.

Antes de flaquear de nuevo, estiré los brazos y empujé la ventana.

No cedió.

Empujé otra vez.

Nada.

La desesperación empezó a cerrarse alrededor de mi pecho cuando noté el pestillo.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 19.03.2026

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