Your face

Capítulo 20 Behind Your Face — Parte 2

—¿Mogüel?

«No...»

Mi cuerpo se congeló.

«Escuché mal.»

«Claro que escuché mal.»

«…»

«¿Verdad?»

El viento frío se coló bajo mi camiseta, erizándome la piel sudada. Mis brazos comenzaron a temblar con violencia, el esfuerzo acumulándose en los hombros hasta volverse un ardor punzante. Sentía los dedos entumecerse poco a poco, como si alguien estuviera desenroscándolos del borde teja por teja. Tragué con dificultad, sintiendo el mundo encogerse alrededor de mí mientras mis nudillos suplicaban piedad. Me removí apenas, un error inmediato: el techo raspó mis nudillos y el vacío respondió con una sacudida en el estómago. Gemí, adolorida.

El oxígeno abandonó mis pulmones cuando oí una risa baja.

Una risa conocida.

Demasiado conocida.

Miré hacia abajo.

Sus ojos socarrones me observaban desde el jardín, brillando con una mezcla insoportable de sorpresa, diversión y algo más: curiosidad.

«Esto no puede estar pasando...»

Kristopher alzó apenas una ceja, recorriendo la escena completa: yo colgando del tejado, despeinada, pálida y a segundos de convertirme en una anécdota trágica.

«Genial. Sólo esto me faltaba.»

—Vaya… —murmuró, ladeando la cabeza— Siempre terminas huyendo de mí, Mogüel, pero esto parece excesivo.

Apreté los dientes con fuerza.

—Cierra. La. Boca —siseé, intentando recoger los restos de mi dignidad del suelo… o del aire, en este caso.

Él no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos, observándome con una calma irritante, como si estuviera evaluando una obra de arte particularmente absurda.

No se movió.

Solo miró.

Mis manos resbalaron medio centímetro.

Mi corazón dio un salto violento.

—No te muevas —dijo finalmente, demasiado tranquilo— Preferiría que no murieras antes de que pueda burlarme bien de esto.

Morir.

Sí. Alguno de los dos debía morir hoy.

—Te odio —murmuré entre dientes.

Intenté recuperar algo de control, algo de autoridad moral, cualquier cosa que no implicara parecer un gato atrapado en un árbol. Impulsivamente, le lancé una patada.

Desición objetivamente estúpida.

Mi pie cortó el aire sin alcanzarlo siquiera y mi cuerpo se balanceó peligrosamente hacia atrás. Un grito ahogado escapó de mi garganta mientras mis dedos se tensaban hasta doler.

«Oh, Dios.»

«Tendré un trauma permanente luego de esto.»

—Cuidado, Jackie Chan —comentó él con total serenidad.

Antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró alrededor de mi tobillo.

El contacto me desconcertó más que la caída. Su agarre era firme, cálido, seguro. Nada apresurado, ni dudoso. Sus dedos rodearon mi piel con una naturalidad irritante, estabilizándome mientras yo intentaba recordar cómo funcionaba la respiración humana. El contraste entre el frío del aire y el calor de su mano me atravesó como una descarga, provocando que me removiera.

—Deja de moverte —añadió, alzando la vista hacia mí.

Intenté retirar el pie por puro reflejo.

Mala idea.

El techo crujió bajo mis manos.

—Ahora sí. Deja de moverte.

Su voz cambió, ya no había burla ni rastro del tono socarrón.

Era firme. Baja... y seria.

«Tan seria como...»

“Kiara. Sueltala."

Apreté los labios.

«Esto ya es personal.»

Pensar en ello me asustó más que todo lo anterior. Si todo siempre me empujaba a acabar humillada e indefensa ante él... ¿Qué quedaría de mí después? ¿Acaso tenía que resignarme a que Kristopher recogiera mi orgullo hecho pedazos de sus pies cada vez?

Me quedé completamente quieta.

El silencio que siguió fue extraño. Solo se oía mi respiración descontrolada y el roce leve de las hojas moviéndose alrededor. Desde esa altura podía ver apenas su cabello oscuro moviéndose con el viento y su expresión concentrada. No podía saber con certeza si maquinaba su siguiente comentario burlesco o la forma de bajarme sin que muriera en el proceso.

«Es muy probable que sea lo primero.»

Inspiré despacio para calmarme.

«Tengo que bajar por mi cuenta.»

Miré alrededor con rapidez. Techo, pasto y suelo duro, todos listos para recibirme. Por desgracia, no había nada útil aparte del árbol, cuyas ramas quedaban demasiado lejos para alcanzarlas.

«Maldición.»

«No puedo morir frente a él.»

«Literalmente cualquier otra persona habría sido mejor.»

«Por favor...»

«Incluso el vagabundo de la esquina sería más reconfortante.»

Mis brazos comenzaron a arder con intensidad renovada, recordándome la urgencia de la situación como si lo necesitara.

—¿Planeabas quedarte ahí todo el día o esto es una nueva técnica de escape? —murmuró, aunque esta vez su voz sonó más suave.

—Lárgate, ¿quieres? Si sobrevivo —jadeé— voy a fingir que esto nunca pasó.

«O me suicidaré. Esa también es una opción.»

—Imposible —Ajustó el agarre en mi tobillo, acercándose un paso más al borde —Esto vivirá gratis en mi memoria para siempre.

—Te juro que si dices algo—

Mi mano resbaló.

El mundo dio un vuelco. Solté un sonido que no fue exactamente un grito, más bien el fracaso absoluto de mi alma abandonando mi cuerpo.

Su otra mano apareció sujetando mi pantorrilla con rapidez, estabilizándome antes de que pudiera caer más. Comencé a hiperventilar, sintiendo las palmas de mis manos adormecer con una rapidez alarmante.

—Respira —ordenó.

Obedecí sin pensarlo.

El aire entró a trompicones en mis pulmones, abriéndose paso en medio del pánico. Cada vez que mi respiración falla sin motivo aparente, la forma más efectiva de tranquilizarme es repetir una y otra vez que no pasaba nada. Era obvio que eso no funcionaría esta vez.

«Más vale que mantengas la cordura, Blues Mogüel. A menos que quieras hacer esto el doble de vergonzoso.»

—Bien —murmuró— A la cuenta de tres vas a soltar una mano y bajar el peso hacia mí. No intentes ser heroica.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 19.03.2026

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