Kristopher se detuvo al borde del sendero de grava y recorrió con la mirada el inmenso jardín que rodeaba la mansión. Árboles podados con precisión, masas de hojas perfectamente recortadas y estatuas blancas cargando bandejas o jarras se alineaban como soldados. Buscaba un rincón que no quedara expuesto a las ventanas delanteras de la casa. Especialmente a las de su madre.
—Maldita sea... ¿Por qué me tomo tantas molestias?
Detrás de él, el leve crujido de unos zapatos y el roce de la tela le recordaron que no estaba solo.
—¿Se encuentra bien, señorito? —preguntó Isaac unos pasos atrás.
El chico lo ignoró, chasqueando la lengua mientras seguía escudriñando el jardín.
—¿Qué le pasa a Elizabeth últimamente? —murmuró para sí— Me manda a hacer tonterías y ni siquiera se digna a decir para qué.
Muy en el fondo, bajo toda la molestia que le provocaba y lo discordante que le parecía, sentía algo de curiosidad. ¿Desde cuándo esa mujer se interesaba tanto en lo que hacía o dejaba de hacer?
Isaac entrelazó las manos a la espalda, un gesto que siempre aparecía cuando debía medir cada palabra. Aguardó un momento antes de hablar. Después de todo, el señorito no había pedido su opinión.
—Quizá la señora solo intenta enseñarle algo.
Kristopher tomó una piedra de la bandeja de la estatua más cercana y la lanzó contra la masa de hojas unos metros más adelante. Las ramas se sacudieran con un crujido. Reparó en el movimiento un instante, como si esperara que algo más respondiera al golpe.
Solo hojas sacudiéndose. Nada más.
—Mmm.
—¿Está... intentando algo en particular? —interrogó el mayor, aunque ya sabía la respuesta. Conocía ese gesto. En aquella casa, las cosas rara vez sobrevivían al aburrimiento de sus dueños.
Supongo que eso es fácil cuando sabes que el desastre lo limpiará alguien más.
—¿Enseñarme algo? —replicó, sin mirarlo siquiera— ¿Qué se supone que voy a aprender en este estúpido jardín?
Miró hacia atrás, sobre su hombro, esperando una respuesta del mayor. Tal vez Isaac también veía esas supuestas lecciones escondidas entre el césped, aguardando. Él, desde luego, solo veía insectos.
—Eso no lo sé, señorito.
—Claro — el pelinegro soltó una risa mientras hurgaba entre las piedras de la bandeja. Escogió una más grande y la lanzó. La mata volvió a sacudirse.
— Malditos arbustos —murmuró, buscando con la mirada algo más grande. ¿Elizabeth notaría si una las estatuas perdía su jarrón? —Me pregunto qué hice para merecer de repente tanta atención de su parte.
Isaac se dispuso a responder cuando un ruido llamó su atención, haciéndolo girar apenas para mirar hacia atrás.
Una figura regordeta avanzaba desde la puerta principal, bajita, determinada. Con el ceño fruncido como si estuviera marchando a una batalla.
Soltó el aire contenido por la nariz. Pronto tendría su respuesta.
Carraspeó, volviendo la vista a la espalda del chico.
Mejor no meterse.
—Puede que su madre no esté conforme con el último incidente con la servidumbre.
Kristopher frunció el ceño. Su mirada se perdió entre los árboles, rebuscando en un recuerdo que parecía no importarle demasiado. Tardó un segundo… y entonces lo recordó.
Alzó ambas cejas, lanzándole una mirada socarrona a Isaac. Soltó una risa cargada de desdén.
—¿Por eso? —bufó— No puedes hablar en serio.
El mayor inclinó levemente la cabeza.
—No estoy seguro de que la señora aprobara... su comportamiento.
El pelinegro sonrió ampliamente, dejando a la vista sus dientes blanquecinos. Isaac no sabía exactamente por qué, pero aquella sonrisa siempre le resultaba incómoda. Demasiado segura. Demasiado desafiante. Y sobre todo, jamás salía en momentos normales.
Se movió apenas en su sitio. Siempre le provocaba el mismo mal presentimiento.
—No sabía que a Elizabeth le importaban las chachas de la mansión —ronroneó, entrecerrando los ojos.
El hombre calló. Sabía perfectamente lo delicado que era aquel terreno. Un comentario mal dicho bastaba para que Kristopher fijara la mira en alguien. Dar consejos a los adolescentes ya era difícil. Con él era como quitar el seguro a una granada y rezar porque no explotara.
Se tomó un minuto antes de responder:
—Me refiero a cómo usted manejó la situación, señorito.
—Ah.
El recuerdo volvió a Kristopher con la misma claridad irritante. Marta mirándolo con el ceño fruncido, señalando las plantas aplastadas con el dedo y luego a él, hablando como si tuviera derecho a reprenderlo.
Vaya. Ni siquiera su madre se había molestado en hacerlo en toda su vida. No hasta ese momento, al menos.
—Qué ridiculez —escupió, arrojando otra roca. Esta vez, a una de las estatuas. El impacto resonó en el jardín, rápido y seco. Una grieta se abrió en su rostro, curvándose en algo parecido a una sonrisa torcida, casi cómplice. Como si ambos compartieran el mismo secreto.