Your face

Capítulo 20 Behind Your Face — Parte 4

El boulevard de Santa Helena. Un lugar bastante versátil. Un momento puedes ver, a través de una vitrina, a una feliz familia disfrutando del helado y los juegos mecánicos infantiles, y al otro, asfixiarte con el humo de la hierba. Depende de a qué hora y día decidas visitarlo. El alma de mi madre volvería al mundo espiritual si supiera las veces que las chicas y yo vinimos en fin de semana luego del atardecer.

Reparé en el establecimiento a unos cuantos pasos de mí, evaluándolo en silencio, como si de verdad la respuesta fuera a revelarse sola. Tratando de decidir si valía la pena gastar mi dinero allí… o mejor dicho, si valía la pena gastarlo ahora.

Halloween se acerca. No planeaba visitar esta tienda al menos dentro de dos semanas. Ni siquiera pensé que estaría abierto. Vine como una medida desesperada, abriéndome paso entre las cercas de los patios traseros del vecindario luego de percatarme de lo descubierta que estaba.

Y ojalá me refiriera a una minifalda y blusa con escote. Preferiría mil veces lidiar con las miradas juzgonas de esos pretenciosos si pensaran que soy una zorra.

No.

La situación es mucho peor que eso.

Aparentemente, nadie había sido testigo de mi humillante incidente.

Pero lo sé.

Sé que alguien lo vio.

Sería una tonta si creyera que no. Suena paranoico, pero hay ojos abiertos casi cada momento del día. No es descabellado imaginar a algún fisgón viendo por la ventana. O a la mismísima señora Galicia fingiendo regar sus plantas mientras espía a sus vecinos con total comodidad.

«Si ella me vio, todos se enterarían para el atardecer… y llegaría a oídos de mi madre tarde o temprano.»

«Entonces sería mi fin.»

La presencia de Kristopher no fue más que la cereza del pastel.

Las habladurías ya eran una molestia. El castigo de mi madre una más grande. Pero que él lo hubiera visto... eso era irreversible.

Me resultaba tan absurdo todo que aún no podía creerlo. Para empezar, ¿qué hacía Kristopher allí?

«Iba vestido como si acabara de salir a correr...»

Pero, ¿En verdad hacía ejercicio? No había una gota de sudor en él. Además, olía a perfume.

«Quizá solo aparentaba hacerlo.»

«En todo caso, ¿Por qué vendría hasta aquí para eso?»

Nuestro gimnasio no estaba tan mal... pero alguien como él seguro tenía uno mejor en su palacio.

«Quizá se aburrió del lujo y quiso explorar el mundo, Blues. ¿Qué te importa?»

Lo que hiciera con su tiempo —y con sus músculos— no era asunto mío.

Cristine, por otro lado…

Me cubrí el rostro con ambas manos, sintiendo las mejillas arder. Sabía cómo se veía mi rostro. La piel trigueña no es tan buen camuflaje como cree la mayoría. Muy poco conveniente cuando odias que los demás adivinen lo que pasa por tu mente.

«No puedo creerlo.»

«Lo vi desnudo.»

Jamás vi a un muchacho en paños menores. Bueno, ausentes, en este caso. No era así como lo había imaginado. Ni en un millón de fantasías.

«¿Qué pensarán de mí ahora?»

¿Que lo hice a propósito? ¿Y si ese chico cree eso?

Tenía que disculparme. Con ambos.

Pero no ahora. No estaba lista. No tan pronto.

«Por eso vine aquí...»

Las máscaras y calabazas llenaban la vitrina, observándome en silencio, como si supieran exactamente lo que pasaba por mi cabeza.

—¿Qué? —murmuré— ¿Van a juzgarme también? Ustedes viven escondiéndose.

—Ehm... ¿Buscas algo?—dijo el chico, asomándose desde el mostrador.

—Ah...sí. Quiero una máscara.

Señaló la entrada con la cabeza— Pasa, tenemos más adentro.

Asentí y crucé la puerta, dudosa.

—¿Buscas algo en particular? —interrogó él, saliendo de la pequeña barra —¿Payasos? ¿Monjas? ¿La purga?

Repasé el estante frente a mí con la mirada. La última vez que había visto tantas máscaras fue el año pasado, con MJ y Angie. Buscábamos accesorios para nuestros disfraces y al final, lo único que compramos fue un vaso compartido con forma de dinosaurio.

¿Para qué?

Buena pregunta.

—¿Son todas? —pregunté, mirando entre los estantes contiguos.

—Sí —se encogió de hombros— Igual, si no te convence ninguna, puedes encargar una personalizada.

—Ya…

«El problema es que la necesito ahora.»

Suspiré, pasando los nudillos por las máscaras. Tomé una calavera… o lo que se suponía que era una. Parecía más un pingüino con problemas de nutrición.

Resoplé, dejándola en su lugar.

«En serio, ¿vas a ponerte exigente ahora?»

No es como si fuera a usarla para un disfraz. Además, mientras más tiempo pasaba, más gente estaría despierta.

Y pasar desapercibida sería imposible.

—Me llevo esta.

El chico alzó las cejas, claramente sorprendido.

—Eh… ¿en serio?

—Sí. Es perfecta.

Soltó una risa.

—No parece que te guste la ciencia.

—No me gusta.

Dejé el dinero, tomé la bolsa y salí antes de arrepentirme.

«Ahí va...»

«Dinero que no podré recuperar.»

Sentí una punzada en la boca del estómago. Quizá porque sabía que con eso podría haber comprado uno de los helados de la señorita Farris.

Miré la bolsa en mis manos, arrugando la nariz con desagrado.

«Con suerte, tú me ayudarás a tomar decisiones más inteligentes.»

••••

Intenté acomodar un rizo rebelde detrás de mi oreja, pero a los tres segundos ya estaba cayéndome otra vez sobre la frente. La cola que había hecho antes de salir de casa se había deshecho casi por completo cuando atravesé aquella diminuta ventana.

Lo único bueno de todo ese desastre era que era muy poco probable que el nieto de Cristine quisiera verme de nuevo luego de eso.

«Pero…»

Me acomodé la máscara, asegurándome de esconder mis rizos bajo la tela. Troté a orillas de la acera, mirando al suelo.

«No puedo asegurar lo mismo sobre su abuela.»

En el poco tiempo que llevaba de conocerla, me había quedado claro que era una anciana persistente.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 19.03.2026

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