Your face

Capítulo 20 Behind Your Face — Parte 5

El silencio que en un principio agradecí, ya no era cómodo.

Era... desesperante.

Me sentía estática, de espaldas en un campo de tiro mientras trataba de ignorar a la persona tras de mí con un arco y flecha en las manos.

Y yo... con nada más que un libro de física básica como escudo.

Kristopher ojeaba la hoja de ejercicios con la cabeza echada cómodamente hacia atrás, como si el respaldo de metal hubiese mutado a almohada en los últimos minutos.

A primera vista, parecía flotar en algún lugar dentro de su mente y el inminente sueño . No obstante, cada cierto tiempo su mano encontraba el lápiz sin mirar y escribía algo sobre la hoja con una agilidad sospechosa.

«Es obvio que está muriendo de aburrimiento.»

«Más le vale no estar llenando eso de rayones como si esto fuera un juego.»

«No es como si tuviera que esforzarse.»

Solté el aire por la nariz, masajeando mis sienes.

Trabajar con él ya era una condena. Tener que soportar también su actitud de Lord desinteresado se acercaba cada vez más a la tortura.

Bajé la vista al libro, entornando los ojos como si así pudiera obligar a mi cerebro a hallar una solución.

«Qué molestia.»

Odiaba las matemáticas y sus semejantes.

Y ellas me odiaban a mí.

Dejé de comprenderlas en séptimo grado, cuando las divisiones pasaron de números a letras con intenciones dudosas.

Los ejercicios ya eran un problema por sí solos, pero con Kristopher al lado —tan tranquilo — la concentración era una idea lejana.

Cuando el silencio venía de él, hacía más ruido que cualquier conversación.

Más ahora, cuando asumí que hablaríamos sobre el tejado. Las únicas palabras que compartimos en los últimos veinte minutos fueron para cambiarnos de lugar a una mesa.

Me acomodé otra vez en la silla, sintiendo cómo el entumecimiento subía por mis piernas. Alcé la vista: él seguía exactamente igual, como si el tiempo no corriera alrededor.

«Maldición. Me duele el trasero.»

¿Cuánto más tendría que fingir? Era obvio que no obtendría algo de utilidad solo mirando un estúpido libro.

«Ni siquiera entiendo lo que dice.»

La imagen de MJ invadió mi mente de pronto, como una solución que no estaba disponible.

«Oh todopoderosa Megan, iluminame con tu sabiduría numérica.»

Junté las manos frente a mi cara, apretándolas con más fé de la que tenía en realidad.

«Por favor, M.»

«Una ayudita te pido.»

Si hubiera prestado atención todas esas veces en las que la morena se esmeró en explicarme una y otra vez los mismos ejercicios, tal vez no estaría aquí, congelada frente a algo que todos los demás resolverían sin pestañear.

Abrí un ojo con cautela, como si la hoja fuera a atacarme.

Un auto parte del reposo y se desplaza con aceleración constante a=2 m/s². Determine la velocidad v en función del tiempo t y calcule su valor cuando t=5s."

Cerré los ojos de nuevo, sintiendo la soga imaginaria apretarse a mi cuello.

«¿A quién engaño?»

Ni con miles de MJs esmerandose día y noche podría comprender algo de esto.

¿Velocidad... en función de qué? ¿Y por qué hay una t metida en esto?

«Dios... ¿Cómo se supone que lo resuelva?»

Apreté los labios, reprimiendo un quejido. Mis manos subieron a mi frente, presionandola como si así pudiera exprimir una respuesta. Si insistía lo suficiente... algo tenía que salir, ¿verdad?

Un movimiento a mi lado rompió el hilo de mis pensamientos, sobresaltándome.

Abrí los ojos de inmediato, girando la cabeza a mi costado.

Kristopher. Extendiendome la hoja de ejercicios —la parte que le correspondía— con la mano.

—¿Terminaste de rezar o todavía necesitas un milagro?

Iba a responder, pero él se inclinó antes, invadiendo mi espacio sin previo aviso. No fue brusco, pero sí lo suficientemente rápido como para tomarme desprevenida. Su brazo rozó el mío apenas, tensandome al instante.

Iba a darle un empujón pero él se apartó, tan de repente como se había acercado, con la parte de los ejercicios que me correspondía en la mano.

—Veamos... —murmuró, soltando un resoplido con la calma típica de él. Echó un vistazo para luego garabatear algo con el lápiz— Esto está muy fácil —agregó, hablando más para sí, sin apartar la vista del papel.

Alcé una ceja, irritada.

«¿Fácil?»

Bajé la cabeza a la hoja que me había dejado, llena de trazos que no reconocía.

«¿Pero qué...?»

«¿Resolvió todos... los ejercicios?»

Giré en su dirección con más brusquedad de la necesaria.

«¿Él?»

«Pero si es un holgazán...»

«No. No puede ser.»

Sujeté el papel con ambas manos, recorriendolo con la mirada frenética.

—¿Qué carajo...? —murmuré.

Me le quedé viendo, entre espantada y maravillada. Imaginé que así se sentía observar a un simio escribir el abecedario.

«No.»

Bajé los ojos a la hoja otra vez.

«No es posible.»

La recorrí de arriba abajo, más lento esta vez. No podía saber si las respuestas eran correctas. Para mí, aquello era un idioma diferente. Saqué el celular casi por reflejo y le tomé una fotografía, subiendola a la app donde siempre termino haciendo mi tarea. Con una simple pregunta:

~¿Alguien podría decirme si esto está bien?~

Para mi sorpresa, las respuestas no se hicieron esperar.

¿Tú lo hiciste?"

“¿Cómo hallaste las respuestas sin hacer las operaciones?"

“¿Las operaciones están en otra hoja?"

¿Podrías ayudarme? Estoy estancado en un ejercicio parecido al b de la primera pregunta..."

¿Esto lo hizo un profesor?"

«No puede ser.»

Mi cara era un poema al descubrir que, en realidad, Kristopher Cipriano, el deportista consentido de los maestros en la escuela era, de hecho, inteligente.

Levanté la vista otra vez. Él seguía en lo suyo, escribiendo en toda la hoja como un niño coloreando su libro favorito. Parpadeé, aún sin cerrar del todo la boca. Antes de darme cuenta, ya estaba de pie.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 24.03.2026

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