La luz se filtraba a través de las cortinas, bañando la sala con la expectativa de un nuevo día.
Sensación que mi habitación, con la luz del amanecer completamente bloqueada, transmitía de maravilla.
Resoplé, irritada.
La ventana estaba cerrada y, aún así, sentía que podían verme desde el otro lado.
Una de las grandes desventajas de aquel color en las telas. Especialmente, ese material transparentoso que tanto le gustaba a mi madre.
«Ojalá me dejara cambiarlas.»
Me hice a un lado, alarmada, cuando una silueta se alzó del otro lado del vidrio.
La figura de un hombre se dibujaba perfectamente a través de las cortinas, terminando de borrar cualquier intención de abrir la puerta.
—Maldición... —murmuré para mis adentros. Esta era una de las razones por las que odiaba estar sola en casa. Si alguien tocaba, entonces me veía obligada a abrir y lidiar con la persona detrás quisiera o no.
Me froté los ojos, aún irritados de sueño.
«¿Quién se atreve tan temprano...?»
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando aquella anciana sonriente vino a mi mente de pronto.
Cristine había insistido tanto con sus llamadas y mensajes que, al final, le respondí. En especial luego de sugerir que vendría a visitarme. Lo último que quería era verla después de lo que pasó. La vergüenza, ese momento... se reproducía en mi mente una y otra vez, como si yo misma me estuviera dando un castigo por ver a ese chico en paños menores.
«Le dije que no era necesario que viniera pero...»
¿Y si había decidido hacerlo igual? No sería la primera vez que actúa de ese modo. Además, jamás le aclaré que prefería mantener mi distancia con su retoño.
«No tenía por qué, ¿o sí?»
Asumí que Benjamín —o como se llame— tampoco querría verme.
Miré la ventana, mordiendo la yema de mi dedo.
Ay Dios.
«¿Acaso envió a ese chico aquí?»
Cristine ya había demostrado ser una persona testaruda. Podría haberlo arrastrado, ¿no...?
El sudor frío me cubrió las palmas mientras observaba la sombra sin siquiera parpadear, buscando en ella algo que pudiera revelarme su identidad.
Recé a los cielos estar equivocada.
Si no, no tenía idea de cómo actuar o qué iba a decirle para empezar.
«¿“Discúlpame por verte el pilín"?»
Me cubrí la boca, horrorizada.
«Primero muerta.»
Abrí apenas la cortina, espiando afuera. El alivio —y probablemente la emoción más cercana a la felicidad que había sentido en toda la semana— me invadió al ver que quien esperaba no era ningún muchacho rubio o su abuela.
En cambio, un hombre de mirada cansada estaba frente a la puerta, con una preocupación apenas visible en el rostro. Permanecía con ambos brazos a los lados, rígido como un soldado.
Arrugué la frente.
«¿Qué demonios? ¿Ahora nos visitan los hombres de negro?»
Cerré la cortina con rapidez, trotando de puntillas hacia el sofá.
¿Mi madre esperaba algún paquete?
No. ¿Qué clase de repartidor anda de traje y zapatos lustrados?
A menos que...
Me acerqué a la cortina, husmeando de nuevo.
¿Será un cobrador?
Solté un resoplido.
¿Mi madre? ¿Pidiendo dinero a un usurero?
—Primero se cae el cielo.
Entonces... ¿Quién...?
Entorné los ojos, detallando el rostro del sujeto. El recuerdo vino a mi mente de pronto, como un portazo en plena cara.
—Pero qué...
Me preguntaba qué carajos hacía el chófer de Kristopher en la puerta de mi casa un viernes a las siete de la mañana cuando lo recordé.
“Te enviaré el vestido mañana."
—El vestido.
No me digas...
«¿Hablaba en serio?»
Después de aquella llamada, asumí que todo había sido otra de sus bromas pesadas. Una táctica más de tortura mental para hacerme creer que, por algún milagro, había aceptado el trato.
Al parecer, estaba muy equivocada.
«¿Así que no piensa echarse atrás?»
La respuesta llegó sola.
Una sonrisa torcida.
Un callejón.
Kristopher a mi lado mientras dos hombres con navajas nos cerraban el paso.
“¿Por qué lo haría? Suena muy divertido..."
«Claro.»
—No. Eso no es algo que él haría.
Arreglé mi cabello como pude, quitándome las lagañas antes de ir hacia la puerta. Sin perder tiempo, la abrí un poco, asomando la cabeza afuera.
—Hola...
El hombre me miró, sereno, como si supiera que había estado ahí todo el tiempo.
—Buenos días, señorita Blues —saludó con una formalidad tan impecable que me dieron ganas de revisar si seguía usando pijama.
—Buenos días...
Se me quedó viendo un instante más de la cuenta. Como si quisiera decir algo.
Pero al final solo bajó la cabeza y soltó un suspiro apenas audible.
Un momento después, me dio la espalda, caminando a paso rápido hacia el auto estacionado frente a la entrada. Ágilmente, abrió la puerta delantera y sacó una caja. Grande y elegante, completamente negra salvo por unas letras plateadas grabadas en la tapa. No alcancé a leerlas.
Me la entregó en las manos, con cuidado.
—Lo envía el señorito —dijo sin más.
Antes de poder evitarlo, se me escapó un “ja” cargado de incredulidad.
En serio...
«¿“Señorito"?»
—Oiga. ¡Espere...!
Fue inútil. Ni siquiera pude terminar de hablar cuando ya había arrancado. Me quedé parada en mi lugar, estática.
—Este día se puso raro demasiado rápido.
••••
—Mmmmmmm...
Entorné los ojos, leyendo una y otra vez Valois Royal en la tapa. Al principio me había parecido una caja cualquiera, pero una vez entré a mi habitación y la sorpresa inicial se disipó, empecé a notar detalles extraños.
Como el color. Un negro mate tan suave que los dedos se deslizaban sobre la superficie. No es que supiera mucho sobre cajas, pero estaba bastante segura de que una caja normal no se sentía así. Pasé la palma sobre el relieve plateado del nombre una vez más. Apenas podía verse si la luz no golpeaba la tapa en el ángulo correcto.