Your face

Capítulo 22

Miré de reojo a mi costado, evaluando detenidamente su vestimenta.

La última vez que vi al pelinegro de traje fue en su fiesta de cumpleaños. En ese momento, me pregunté quién demonios asistiría tan formal a una celebración llena de adolescentes ebrios y música demasiado alta.

Retiro lo dicho.

Si alguien me hubiese mostrado el traje que llevaba ahora aquella noche, probablemente habría pensado que el anterior era ropa casual.

El negro dominaba todo. La chaqueta oscura. El chaleco perfectamente ajustado. La camisa impecable. Incluso los guantes descansando sobre la consola central parecían formar parte de algún extraño código de vestimenta elegante y perturbador que solo Kristopher entendería.

O, mejor dicho, casi todo era negro.

La única excepción era su corbata roja.

Rojo carmín.

Satinada.

La tela atrapaba pequeños destellos cada vez que el cielo gris se filtraba por el parabrisas. Era curioso. De algún modo, aquella corbata era lo único que parecía auténtico en él esa mañana. Porque el resto…

Su cabello demasiado ordenado.

Su espalda demasiado recta.

Ese silencio.

Nada de eso se sentía como el Kristopher que conocía.

El único sonido constante dentro del coche era el del motor y el roce rítmico de los limpiaparabrisas.

Shhk.

Shhk.

Shhk.

Ni música.

Ni comentarios irritantes.

Ni siquiera uno de esos suspiros dramáticos que tanto le gustaban.

«Ya pasaron diez minutos y no ha dicho una palabra.»

Miré discretamente hacia sus manos.

Sujetaba el volante con firmeza, inmóvil.

Eso también era raro.

Kristopher jamás estaba quieto del todo. Siempre movía los dedos, golpeaba algo sin razón o jugueteaba con cualquier objeto cercano mientras hablaba. Ahora parecía concentrado únicamente en conducir.

Como si necesitara hacerlo.

Como si dejar de mirar al frente implicara pensar en algo que no quería pensar.

«Además…»

Detallé mejor su rostro.

Específicamente la piel oscura debajo de sus párpados.

Ojeras.

Y no pequeñas.

Profundas.

Sombras reales bajo sus ojos.

No pensé que llegaría el día en que vería a Kristopher luciendo agotado. No porque creyera que era perfecto, sino porque siempre parecía demasiado… compuesto. Relajado, confiado y absurdamente consciente de sí mismo. Como si cada detalle de su apariencia estuviese estratégicamente calculado.

Pero ahora no.

Ahora parecía alguien que llevaba demasiado tiempo despierto.

Volví la vista hacia la ventanilla.

La lluvia resbalaba lentamente por el cristal, deformando las luces y figuras del exterior. Afuera, las personas caminaban deprisa bajo paraguas oscuros mientras el cielo gris cubría la ciudad entera.

«¿Estará enfermo?»

Quizá era una táctica para hacerme bajar la guardia.

Después de todo el misterio ridículo que armó sobre nuestro destino, esperaba que fuera muchísimo más insoportable durante el trayecto.

«No es que me moleste que cierre la boca un rato, para variar.»

Di pequeños golpes con los dedos sobre mi muslo.

Tac.

Tac.

Tac.

Agradecí que el aire acondicionado estuviera tan frío como para impedir que mis manos sudaran. La punta de mis dedos comenzaba a entumecerse un poco.

Era la segunda vez que subía a ese coche y recién ahora me percataba de lo exageradamente impecable que estaba.

«Bueno, esa noche estaba demasiado incómoda para notar algo.»

Dejé que mi mirada recorriera el interior.

El cuero negro de los asientos permanecía liso, intacto, sin una sola arruga que delatara el peso constante de otros pasajeros. La consola central estaba perfectamente despejada; ni monedas olvidadas, ni recibos arrugados, ni botellas vacías.

Nada.

Ni siquiera un cargador enredado.

No colgaban fotografías del retrovisor ni había adornos sobre el tablero.

Todo estaba demasiado limpio.

No limpio de alguien organizado. Limpio de alguien que no dejaba rastro. Parecía más una sala de exhibición que un espacio habitado.

Miré al asiento del piloto, como si aquel hombre fuera a aparecer de un momento a otro.

Nada.

Solo el cuero negro impecable y el reflejo grisáceo de la lluvia deslizándose por el parabrisas.

No pude evitar preguntarme por qué conducía Kristopher y no él. Incluso había ido personalmente a dejarme el vestido unas horas antes. Resultaba extraño que ahora no estuviese ahí. Más aún considerando el tipo de persona que aparentaba ser Kristopher.

El tipo parecía incapaz de servirse un vaso de agua sin asistencia técnica.

Volví la vista al frente, aburrida.

«¿Cuántos empleados tendrá?»

Apoyé la mejilla contra mi puño.

«¿Uno para cada cosa?»

Imaginé al pelinegro envuelto en una bata negra exageradamente elegante, sentado en una silla gigantesca mientras señalaba personas con solemnidad.

“Tú me cepillarás el dedo gordo del pie.”

“Tú contarás los vellos de mis piernas por orden de tamaño.”

“Tú revisarás que mis pestañas conserven la misma curvatura en ambos ojos.”

La imagen mental empeoró sola.

“Y tú respirarás por mí los martes.”

Arrugué la cara.

«Qué ridículo.»

Un par de minutos después, volví la mirada hacia él disimuladamente.

Su perfil seguía exactamente igual.

Sombrío.

Callado.

Indescifrable.

Ni siquiera parecía pestañear.

El reflejo húmedo del exterior atravesaba el parabrisas y le daba a su rostro un aspecto todavía más cansado. Las sombras bajo sus ojos parecían más marcadas cada vez que pasábamos debajo de un árbol o un edificio.

Resoplé suavemente, apartando la mirada.

«Está mucho más oscuro de lo que debería.»

Para esa hora del día, el sol normalmente estaría brillando con fuerza. Pero las nubes grises habían cubierto el cielo entero, reemplazándolo por una luz opaca y fría que hacía ver todo apagado.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 11.06.2026

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