La pequeña miró hacia arriba, reparando en las figuras agrietadas de un par de ángeles de piedra, inmóviles, sombríos, tan silenciosos...
El viento silbaba entre las enormes rejas negras, arrastrando pequeñas hojas secas por el suelo húmedo. Algunas chocaban contra la base de los pilares antes de seguir rodando entre las flores marchitas que adornaban la entrada.
Hizo un puchero, volviendo la cabeza hacia la mujer junto a ella.
—¿Por qué no puedo? —se quejó, por tercera vez.
La brisa fría le movía el vestido ligeramente, creando una pequeña danza junto al crujir constante de las ramas alrededor.
La mayor sonrió con suavidad y se agachó hasta quedar a su altura.
—Tu padre no quiere que veas algo tan triste.
La pequeña infló las mejillas.
—¿Triste? Hay muchas flores adentro, ¿o no?
—Sí, mi amor. Pero también—
—¿Entonces por qué no puedo ir? Sebastián ya entró con papá. ¿Por qué yo no puedo? —chilló, lanzando una mirada acusadora hacia el interior del cementerio.
La mujer soltó una risa pequeña.
—Te vas a aburrir, hijita.
La niña arrugó la boca, disgustada.
—Puedo jugar con Sebastián —refunfuñó.
—Eso estaría mal. Sería una falta de respeto —explicó la mayor pacientemente.
La pequeña frunció el ceño.
Miró las enormes rejas negras otra vez.
Luego los ángeles.
Después a su madre.
—¿Una falta de respeto? —cuestionó, entrecerrando los ojos cuando el viento le arrojó el cabello al rostro.
—Así es. Muchas personas descansan en este lugar. No quieres molestarlos, ¿cierto?
La mujer apartó con cuidado algunos mechones de su cara.
La pequeña desvió la vista, pensativa.
—¿Duermen aquí? ¿Es porque no tienen camas en casa, mami?
La mayor rió suavemente y le acarició la mejilla con el pulgar.
—No. Porque aquí pueden descansar tranquilos.
—Ohhh… —la pequeña abrió la boca, fascinada— ¡Es por las flores! —exclamó, alzando ambos brazos hacia arriba.
Ella sonrió.
—Sí. Es por las flores.
El viento volvió a soplar con fuerza, arrancando algunas hojas secas del suelo. A lo lejos, entre los cipreses oscuros, apenas podían distinguirse algunas lápidas grises.
—¿Yo también puedo descansar aquí, mami?
La expresión de la mujer se suavizó todavía más.
—Dentro de muchos, muchos, muchos años.
La pequeña se desanimó inmediatamente.
—¿Taaanto?
—Sí.
—Mmmm…
Anastasia observó a su hija arrugar el entrecejo con absoluta concentración, como si realmente estuviera intentando comprender por qué alguien tendría que esperar tantos años para dormir entre flores.
Sonrió con ternura.
No muy lejos de allí, un auto negro permanecía estacionado junto a la acera.
Demasiado elegante para aquel lugar.
Anastasia lo observó apenas de reojo. Lo reconoció de inmediato.
La puerta delantera se abrió unos segundos después y un hombre descendió lentamente del vehículo, acomodándose el abrigo oscuro antes de cerrar la puerta.
No estaba solo.
Apartó la mirada casi de inmediato y volvió a concentrarse en la niña frente a ella.
—Mientras tanto… ¿qué te parece si vamos por chocolate caliente y luego a casa? Papá vendrá después y te traerá muchas flores.
Los ojos de la pequeña se iluminaron al instante.
—¡Sííí!
Anastasia la tomó en brazos, llenándole el rostro de besos.
—♪ A mi pequeña Blues le gusta el color azul… ♪
La niña soltó una risita, retorciéndose entre sus brazos.
—♪ Azul como el cielo cuando vuelve la luz… ♪ ♪ Mi pequeña Blues, de ojitos azulados… ♪
La pequeña estalló en carcajadas.
—¡No son azules, mami!
—♪ Entonces son grises, igual que los días nublados… ♪
—¡Tampoco!
—♪ Quizá verdes, como ranitas saltando… ♪
—¡Mami!
Anastasia rio suavemente, acomodándole el cabello detrás de la oreja.
—♪ Entonces deben ser morados… como los monstruos escondidos debajo de la cama. ♪
—¡No existen monstruos debajo de la cama!
—¿Ah, no?
La pequeña negó rápidamente con la cabeza.
—Sebastián me lo dijo. ¡Y mis ojos tampoco son morados!
—Entonces dime tú, pequeña Blues. ¿De qué color son?