Me quedé observándolo.
Era la primera vez en mi vida que veía a alguien tan emocionado por ir a un funeral.
No.
“Emocionado" no era la palabra.
Quizá el término idioneo sería anestesiado.
Me fijé en sus gestos, alguna micro expresión que no estuviese percibiendo. Sus cejas no estaban fruncidas, su semblante era tranquilo y sus palabras no denotaban más que diversión teatral.
Sin embargo, aquella actitud me era tan familiar que único en lo pude pensar fue en la certeza de que estaba agotado.
La imagen de mi madre saliendo de la estación de policía apareció de golpe.
Las ojeras.
El semblante tranquilo y la forma pausada en que sus músculos se movían en mi dirección.
Esa sonrisa que insistía en que no pasaba nada cada vez que...
La aparté con rapidez.
Bajé los ojos a su mano, aún extendida hacia mí.
—Paso. Tengo las palmas sudadas —murmuré mientras lo dejaba atrás.
Él volvió a adelantarse y, antes de que pudiera reaccionar, pasó mi muñeca por debajo de su brazo.
—Entiende la indirecta: no me toques —gruñí.
Suspiró por lo bajo, sentenciando, en un tono fastidiosamente seguro:
—Te vas a caer.
—¿Cómo voy a caerme? Ni que no supiera caminar.
—Dícelo a tus pies —bufó. Luego echó un vistazo hacia abajo, a mis piernas —Y esos zapatos...
—¿Qué tienen? —repliqué a la defensiva.
Bajé la mirada a ellos.
Podía contar con los dedos de una mano las veces que usé tacones y sabía —jamás lo diría en voz alta— que caminar desde el auto hasta allí no había sido más que concentración extrema y fuerza de voluntad de mi parte.
Al parecer tendríamos que recorrer otro tramo antes de llegar y el terreno irregular no iba a ayudarme mucho.
Solté un resoplido y quité mi mano de su brazo de un manotazo.
Él me miró con una ceja arqueada. La expresión era tan clara que casi podía oírla:
“¿Prefieres romperte la cara, entonces?"
Puse los ojos en blanco antes de sujetar con fuerza el borde de su chaqueta.
—Camina a tres palmos de mí, como mínimo —murmuré.
Clavé la vista en el camino. O, más bien, en la enorme carpa que se alzaba unos metros más adelante.
Negra. Amplia. Del tipo de estructura imposible de ignorar incluso a la distancia.
Fruncí el ceño.
«¿Una sala de despedida?»
Había visto algo parecido antes. Cuando mudarse de país cada año era tu normalidad, terminabas cruzándote con costumbres de todo tipo. En algunos lugares, las familias se reunían antes del entierro en espacios cerrados instalados junto a la tumba. Una especie de burbuja íntima donde podían llorar, hablar o simplemente existir lejos de las miradas ajenas durante unas horas.
Pensé que era una tradición bonita y triste a partes iguales.
Miré a Kristopher de soslayo, que sorprendentemente me había hecho caso y mantenía la distancia.
«Quién diría que fue criado con esas tradiciones.»
Pese a su carisma, siempre me había parecido una persona bastante indiferente.
Incluso en ese momento, con aquel aire sombrío orbitando de nuevo a su alrededor.
«Bueno, ahora entiendo su comportamiento de hoy.»
Ni siquiera Kristopher era inmune al dolor de una pérdida.
«Y supongo que todos lo procesamos de formas diferentes.»
«Por extrañas que parezcan.»
«Aunque eso no explica nada, ¿o sí?»
Su sonrisa apareció de nuevo.
Una sonrisa pequeña. Expectante.
«No es genuina.»
La expresión estaba ahí. Exactamente donde debía estar.
Pero parecía la copia mal hecha de una emoción humana.
Casi de inmediato, me pregunté por qué parecía esforzarse tanto en mantener aquella imagen.
Tal vez era por mí. Yo era la completa extraña en medio de todo eso.
Una intrusa.
«Una intrusa a la que él mismo trajo.»
Resoplé, irritada.
«Voy a volverme loca. ¿Qué es lo que pretende?»
«¿Cómo se le ocurre traerme a un funeral?»
Ni en un millón de años habría adivinado algo como esto. Su actitud, sus comentarios, el vestido. Todo parecía apuntar a alguna gala de ricachones, una cena o hasta una subasta muy extravagante.
El vestido...
Recorrí mi cuerpo con la mirada.
Los tacones.
El maquillaje que yo misma me había puesto.
El vestido.
El maldito vestido.
Sentí mi estómago hundirse.
Ay no.
Me detuve en seco.
Ay por Dios.
—¿Mogüel?
Me sentí mareada de pronto, ni siquiera estuve segura de si se debía al calor o al preámbulo del desastre al que fui arrastrada.
Al parecer, sí sufriría una humillación. Solo había cambiado el escenario y el nivel de horror con el que me señalarían.
Usar el tenedor equivocado y aparecer vestida como de fiesta en una ceremonia fúnebre eran dos cosas muy diferentes.
—¿Cómo puedes...?
—¿Ah? —cuestionó el pelinegro, inclinándose en mi dirección —¿Qué dijis—?
Lo señalé de arriba abajo con el dedo. Abrí la boca, acabando por soltar un jadeo que de inicio iba a ser un insulto que no llegó a mis labios.
—¿Qué te pasa? —atiné a decir al cabo de un momento —¡Todos van a pensar que estoy mal de la cabeza! Eres un... un...
Sus ojos se desviaron por encima de mi hombro.
—Chist.
Mi mandíbula casi desencajó.
—¿Me... chistaste?
Sentí un tic en el ojo.
—Deja de hablar y observa —dijo tranquilo, señalando con la cabeza algo frente a nosotros.
En algún momento nos habíamos acercado lo suficiente para ver la carpa en todo su esplendor.
No, no la carpa. Lo que había dentro de ella.
Una mujer uniformada sostenía la que supuse era la entrada.
Y por un instante olvidé que debía caminar.
La luz cálida se derramaba como si alguien hubiera arrancado un salón de otra época y lo hubiera escondido en mitad de la nada.
Personas vestidas de negro se movían entre las mesas con una naturalidad desconcertante. Había música, conversaciones y risas. Todo tenía la apariencia de una fiesta elegante.