Your face

Capítulo 26

Dejé las zapatillas junto a la entrada.

Las observé un momento, sintiendo los pies repentinamente doloridos.

Pensé en los tacones.

Después en el cementerio.

Después en el árbol.

El nudo en mi pecho se enredó antes siquiera de que pudiera entender qué demonios estaba sintiendo.

No.

No iba a pensar en eso.

No sabía qué había sido aquello y tampoco necesitaba saberlo.

No era asunto mío.

Respiré profundo, despacio, imaginando el aire como una suave niebla purificadora. Era rosa, quizá azul.

¿Por qué de repente me sentía así?

Cerré los ojos.

—Para ya, Blues.

Me levanté antes de que mi cerebro tuviera oportunidad de seguir por ese camino y caminé directo a la cocina.

Pensar ahora era claramente una mala idea.

•••

Contraje la nariz, intentando que la menor cantidad de aire se metiera a mis pulmones. Leí una vez que inhalar humo podía provocar dolor de cabeza, mareo o náuseas.

La migraña es mi herencia familiar, así que tenía una respuesta bastante clara al palpitar de mis sienes. El mareo y las náuseas, en cambio, no eran muy usuales.

«Usualmente», ya comiste a esta hora de la tarde.

Esa podía ser una explicación bastante razonable.

Además, las migrañas a veces eran tan fuertes que me daba ganas de vomitar el simple hecho de mover la cabeza. Pero cuando pasaba, la sensación venía acompañada de un dolor punzante que cubría hasta el comienzo de mi tabique.

Eché un vistazo a la mujer frente a mí, agitando con fuerza una tapa enorme y haciendo que la carne de sus brazos se zarandeara.

«Tal vez sea bueno que aguante la respiración un rato.»

—Oiga, ¿dice que ya ha hecho esto antes? —tosí, ahogándome con el humo que comenzaba a cubrir todo el patio.

—Por supuesto. Cuando era joven, todos se reunían alrededor de la casa de mis padres. ¡Mi parrillada era como un alimento de los dioses!

«Y ya empezamos otra vez...»

—Claro.

¿Cómo pude olvidarlo? Me había contado la historia hacía diez minutos, y quince antes de eso también.

Qué maravilla oírla por tercera vez.

Me envolví con los brazos cuando el viento golpeó en nuestra dirección, haciéndome castañear y, a su vez, avivando aún más el fuego.

Entrecerré los ojos, sintiéndolos escocer.

Debería haberme puesto ropa más abrigada hacía rato. Pero esa me había gustado tanto que ni siquiera quería taparla con algo. Al final, opté por un pequeño suéter transparente que servía más para convencer a mi mente de que no me estaba congelando.

—¡Y no solo eso! Había un chico...

Suspiré.

—Iré a buscar el pela papas —informé, sabiendo perfectamente que no había papas allí. Pero la señora Galicia estaba demasiado enfocada en su labor como para notarlo.

—¡No olvides los vasos! Y trae muchos. Dentro de poco, estaremos a rebosar de gente hambrienta.

Miré sobre el hombro, viendo entre la bruma los trozos carbonizados de lo que había sido carne treinta minutos atrás.

Pensé que, si en verdad pasaba aquello, sentiría mucha lástima por ellos.

Se tiene que estar al borde de morir por inanición para comer eso.

Una punzada de culpa me atravesó la consciencia. La señora Galicia estaba demasiado entusiasmada con la idea de cocinar para todos como para arruinarle el momento.

«Además, a ti nadie te obligó.»

Mi mente divagó de pronto, llevándome unas horas atrás.

La pantalla titilaba una y otra vez. No por un fallo técnico del aparato, sino por mi propia mano y mi dedo, inquieto, negándose a dejar de presionar el botón de encendido.

Me fijé en la hora de nuevo.

12:45 p. m.

Lo apagué, decidida a dejarlo a un lado e ir a acostarme. Si estaba tan aburrida, al menos podía intentar dormir un rato, ya que me había levantado muy temprano.

Me levanté del sillón con fingido entusiasmo.

—Vamos —dije fuerte, alzando los brazos para estirarme.

Mala idea.

Al bajarlos, mi cuerpo pareció derretirse por completo y volví al sillón, con las manos de regreso en el teléfono.

Encender.

Apagar.

Encender.

Apagar.

¿Qué clase de ritual estúpido era este?

—Imbécil —me dije.

Dejé el aparato a un lado y volví la cabeza en la dirección contraria, justo sobre ese cuadro horroroso.

—Te odio tanto.

Solté el aire por la nariz.

Tomé el celular de nuevo.

12:47 p. m.

Lo apagué, le di vuelta a la pantalla y lo dejé a mi costado.

El sonido del reloj de pared se hizo presente de pronto, como si hubiera decidido burlarse de mí.

O, tal vez, ponerme a prueba.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco...

Lo encendí.

Entré a los contactos.

Mi mirada se entornó apenas, deteniéndose en aquella maldita letra.

Chequeé la lengua, girando el cuello hacia Miel, quien me observaba atenta al pie del comedor.

—¿Qué? —repliqué, frunciendo los labios.

Miel siguió observándome fijamente. Luego giró apenas su pequeña cabeza y pude jurar que me escudriñó de arriba abajo.

—«Usted no vio nada» —imité, tratando de forzar la forma adormilada de sus párpados—. Eso dijo su chófer, secretario elegante o lo que sea. Con un tono bastante escalofriante, cabe recalcar...

Carraspeé.

La pantalla volvió a iluminarse.

La apagué antes de arrojar el aparato sobre el sillón y cubrirlo con tres capas de cojines.

—Debo haberme vuelto loca. ¿Por qué siquiera...?

Solté el aire por la boca, entre ofendida e incrédula.

—¿Por qué estoy considerándolo? Ni que tuviera tanta curiosidad. Además, seguro ese era su plan. Llevarme a su funeral raro para lavarme el cerebro y hacer que le pregunte cosas —indagué, alzando la voz a medida que el enojo me invadía— No sabía que era tan crédulo... Como si fuese a caer en un truco tan barato.

No creo.

Me crucé de brazos, ofuscada.

Tres minutos después.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 11.08.2026

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