Taylor Brooks.
La persona que había pasado semanas buscando en Bamwyll.
El que me estaba haciendo sentir como una acosadora. Luca debió haber pensado algo parecido luego de la cuarta vez que le pregunté: “¿Taylor viene hoy a la escuela?"
Y, aparentemente, mi primera contribución a nuestro reencuentro había sido casi lanzar un frasco de caramelos al suelo.
Yo lo llamaba El evanse mágico porque parecían surgir de la nada misma cada vez que decidía sentarme en la barra.
Y ahora, ahí estaba, parado a unos metros de mí el otro envase mágico del lugar. En un inicio creí que me había engañado la vista. Luego, cuando comprobé que en verdad era Taylor, pensé en decir algo ingenioso, casi como si fuéramos amigos de toda la vida.
Sin embargo, el momento se alargó lo suficiente como para volverse extraño saludar de forma espontánea.
Sus ojos volvieron a desviarse a la puerta.
Los seguí a tiempo para ver cómo su entrecejo se fruncía antes de volver a mi cara.
Supuse que ahora sí diría algo. En su lugar, bajó la cabeza hacia las personas que estaba atendiendo como si mi cuerpo fuera una mota de pelusa que había visto en el aire.
«¿Qué había dicho cuando recién me vio...?»
Ah, sí.
«“Tenemos el especial del día disponible. Dejaré que revise la carta."»
Y luego se fue. Tampoco es que esperara un abrazo. Pero me pareció un poco absurdo que fingiera no conocerme.
Al cabo de casi dos minutos de fingir que ojeaba con atención el cartón en mis manos, cuando la incomodidad comenzaba a ser insoportable, solté una exhalación divertida.
O eso intenté.
No volteó.
Carraspeé.
Ni se inmutó.
—Disculpa —llamé, alzando la mano en su dirección. Tampoco es que hubiera otro camarero allí, así que no tenía alternativa.
Él asintió, excusándose con la pareja antes de caminar y pasar tras la barra.
—¿Qué desea ordenar?
—¡Hola, Taylor! —saludé enérgica— ¿Trabajas aquí?
«Muy ingeniosa, Blues.»
Bueno, una pregunta estúpida suele iniciar bastante bien una conversación.
Él alzó ambas cejas, lanzando una mirada a su uniforme, luego a mí.
«¿En serio acabas de preguntar eso?», oí la voz en mi cabeza.
«Cuando la otra persona pone de su parte...»
Solté un pobre intento de risa.
Esperé unos segundos, viendo cómo sacaba algo del bolsillo de su delantal.
Era una pequeña libreta.
Volvió a mirarme.
Esperé un poco más. Sus ojos volvieron a la hoja, luego a mí.
Parpadeé.
—Su orden —soltó, en tono cansado.
—Ah...
«Ay, Dios. Esto no va a ser tan fácil.»
Traté de recordar algo sobre él que fuera relevante. Quizá algún tema en específico que pudiera plantar para dejar de parecer una idiota.
Lo único que vino a mi mente fue la palabra «Perezoso».
Algo así lo llamaban en la escuela. No estoy muy segura del motivo. En mi opinión, ese apodo no le quedaba para nada.
«Los perezosos son tiernos.»
Quizá era por la forma de sus párpados adormilados.
—¿Te sientes mejor? Oí que estabas enfermo —hablé con naturalidad, manteniendo una sonrisa amigable.
—¿Desea ordenar el especial del día?
No sabía si reírme o felicitarlo por haber encontrado una forma tan eficiente de ignorar mi pregunta.
Me sostuvo la mirada, con una concentración que, de no haber sabido que —probablemente— estaba intentando recordar quién demonios era yo, habría resultado un poco ofensiva.
Esperé a que me devolviera el gesto. En su lugar, acomodó el bolígrafo en su mano, presionando el pequeño botón de arriba una y otra vez como si tratara de darme un mensaje.
El cual recibí fuerte y claro.
«“¿Quién eres tú?" O tal vez, “¿Vas a ordenar o no?"»
Frené el impulso de soltar un resoplido de incredulidad.
Íbamos a la misma clase desde séptimo grado, por el amor de Dios. ¡Incluso hicimos un proyecto juntos una vez!
No recordaba con exactitud de qué se trataba o siquiera si habíamos cruzado más de cinco palabras...
Pero recordaba que habíamos hecho uno.
Tenía todo el derecho a esperar que uno de mis compañeros tuviera la decencia de recordar mi cara, ¿no?
Me tragué el orgullo, replicando en tono burlón:
—¿De verdad no me reconoces? Voy a la escuela Bamwyll. Igual que tú.
Me escrutó con un movimiento lento, casi fatigado, antes de estudiar mi rostro como si intentara adivinar de dónde carajos había salido.
—Eres esa chica... —comenzó a hablar, pensativo.
Me incliné sobre la barra, emocionada.
—Blaz.
«¿Qué?»
Mi sonrisa murió.
—¿“Blaz”?
—Te golpeaste la cara con la raqueta aquella vez en educación física...
—¡Sí! Esa soy yo —interrumpí, maldiciendo para mis adentros.
¿De todo, justo tenía que recordar eso? Ese día me había jactado sobre lo buena que era jugando al bádminton luego de que el imbécil de Kristopher se la pasara treinta minutos haciendo saques perfectos. Resultado: me había dado un raquetazo en la mejilla en el primer saque.
—Soy Blues. No “Blaz” —solté una risa fingida.
Él no rió. Ni siquiera parpadeó. Volvió su atención a la libreta, murmurando un «Lo que digas» sin el mínimo grado de interés.
Mi expresión se agrió.
«Ya veo por qué él y Kristopher son tan amigos.»
Una punzada de molestia me atravesó al recordar su estúpida cara.
«Igual de maleducados.»
—¿Va a ordenar algo? —inquirió, aún sin alzar la vista.
Mordí el interior de mi labio inferior, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no revolear los ojos.
«Con que así va a ser.»
—Sí. Quiero dos waffles con cinco bolas de helado de mandarina cada uno, tres panqueques con chispas de chocolate y crema. Un batido de mora, le agregas un poquito de limón, por favor. Ah, y también una porción individual de pastel de fresa —indiqué, hablando con rapidez.
Su mano seguía el ritmo de mis pedidos con soltura, como si llevara trabajando en esto toda su vida.