Cuando era niña, mamá solía decir que cada persona es la pieza más importante de su propia vida y, a su vez, la propia vida de alguien más. Todavía no entiendo muy bien a qué se refería. Lo único que he aprendido hasta ahora es que, al final, todavía sigues estando solo.
~ ..descansa. ~
⁷:⁰² p.m
Fruncí los labios, leyendo los textos varias veces antes de apagar el aparato.
Me sentía aliviada de que mi progenitora no fuera a estar en casa pronto. Pero esa era una pequeña parte de mí, la del momento que no podría explicar por qué llegó casi a las nueve de la noche a casa y —para colmo— con un muchacho.
Además...
«¿Cuándo fue la última vez que mamá me habló abiertamente de su trabajo?»
No...
¿Cuándo fue la última vez que habíamos hablado de verdad?
No pude recordarlo.
Me removí en la silla, envolviendome en la manta calentita todo lo que pude. Por alguna razón, el cielo se sentía especialmente solitario hoy, casi vacío. Ni siquiera la luna se dejaba entrever entre las nubes grises.
«Por favor, que no vaya a llover.»
Al menos, no aún. Mientras mamá estaba fuera, podía quedarme en el patio, sentada con las luces del porche encendidas. Aunque no hubiese una sola estrella, podía sentirme acompañada siempre y cuando estuviera fuera de la casa.
—¡Mira esos hombros! —chilló de pronto la mujer mayor a mi costado. Ni siquiera la miré, adivinando el gesto pícaro en su rostro que iba a recibirme —Eres un jovencito muy apuesto...—continuó, adquiriendo un matiz cómplice en su tono al rematar: —¿Cómo es que Blues nunca te presume?
Torcí el labio en un gesto de desagrado.
—No es eso, señora Galicia. Vamos a la misma escuela —aclaré, por quinta vez desde que nos habíamos sentado allí. Para desgracia de Taylor, mi imprudente y entrometida vecina lo había visto, justo antes de entrar a su casa a —según ella— dormir. Yo no podía evitar sospechar que se pararía tras las cortinas, al acecho de la próxima pobre víctima de su lengua. Tampoco podía pedirle sutilmente que fuera, después de todo, estuvo esperándome durante horas.
Y a sus panqueques.
—¡No seas tímida, Blues! Tranquila, no le diré nada a tu madre —susurró, sabiendo perfectamente que él también podía oírla.
«Ya pasaron cuarenta minutos y sigue con lo mismo...»
—No estamos saliendo —intervino el chico, siendo esta su segunda frase desde llegamos.
«Vaya, aleluya. Recordó que puede hablar.»
Ella bufó, agitando una mano en el aire en un gesto de desdén.
—Los jovencitos de hoy en día son muy cobardes. ¡Ambos deben luchar por lo que sienten, y el primer paso es admitirlo!
Revoleé los ojos, sacando una mano de la manta para tomar una de las brochetas sobre la bandeja en la pequeña mesita situada en el centro de los tres.
No pude evitar que mi mente divagara sobre la perspectiva que tenía la señora Galicia del mundo. Era molesto y a la vez un poco envidiable que a su parecer todo fuera una especie de drama romántico lleno de clichés estúpidos como eso de “luchar por lo que uno siente".
Tal vez debería aprender algo de eso.
«Todo será más divertido si hago de cuenta que es una película, supongo.»
Volví la atención a la brocheta. Taylor había estado comiendo y, considerando el hecho de que no había rechazado la tercera que la mayor le ofreció, debían estar buenas.
La llevé a la boca, arrancando un trozo de carne con más dificultad de la que debería.
«¿Por qué está tan duro esto?»
Hice un moviendo brusco con el cuello, logrando sacar un pedazo.
Antes de masticar siquiera, el sabor me raspó la lengua, como si toda la sal se hubiera concentrado en un solo punto.
Arrugué la frente, lanzando una mirada a la brocheta en mi mano.
Volví a masticar.
«Tal vez fue solo el primer bocado...»
Primero, un extraño picor invadió mis papilas gustativas; luego vino el dulzor y, finalmente, el remate ácido de algún condimento muy, muy mal ejecutado.
Me cubrí la boca para no escupirla.
Me fijé en Taylor, prestando atención a sus gestos. No tardé mucho en deducir que estaba haciendo un claro esfuerzo por no regurgitar. Toda una hazaña, considerando el hecho de que el suyo ya iba por la mitad.
Me levanté y le arrebaté aquella abominable cosa de las manos.
—¿Qué rayos es esto? —pregunté, señalando a la mayor con el pincho —¿Por qué sabe así? —interrogué, realmente espantada, ¿cómo era posible que supiera tan mal?
—¿Qué dices, niña? ¡Tú te encargaste de condimentar todo!
—¿Yo? ¿Cuándo? Si usted me dijo que picara las verduras y...
El recuerdo vino a mí de pronto. Yo, arrugando la cara al ver las cebollas sobre la tabla, listas para picar.
—¡Preparé los vegetales porque dijiste que eres alérgica a la cebolla, Blues!
—Ah... Cierto. Mi alergia...
“Alergia".
Odio manipular cebollas, dejan olor en los dedos por horas, te hacen arder los ojos como el demonio, y ni hablar de lo imposible de picar uniformemente las rodajas.
Volví la vista a las brochetas en mis manos, sintiendo las mejillas calientes. Iba a intentar apaciguar mi conciencia cuando Taylor se levantó de pronto, metiéndose las manos en los bolsillos del suéter. Antes de entender lo que hacía, sacó los pedazos que —según yo y todos— se había comido. Luego, los puso sobre la bandeja. No perdió un segundo antes de llenar su vaso del jugo que la señora Galicia había traído hacía un rato de su casa y tomarlo de un sorbo, enjuagandose la boca en el camino.
—Oye... —empezó a hablar, con la respiración agitada — ¿En serio cocinas tan mal?
Abrí la boca con indignación.
—¡Cocino delicioso!
«En mis sueños.»
Taylor negó con al cabeza, saboreandose como si intentara eliminar por completo el sabor.
Un bostezo atravesó el espacio.
Ambos giramos la cabeza en su dirección: La señora Galicia, levantándose de su silla mientras se acomodaba el chal.