Una madre insistente era casi como la tortura moderna de una adolescente que disfrutaba su espacio.
Por lo general, mamá no solía involucrarse en temas escolares. Decía que para eso estaba el consejo de desempleados —consejo de padres— de la escuela. La última vez que le mencioné la reunión obligatoria que habían planeado, replicó, con toda la seriedad del mundo: “Asistirá su abuela".
Y algo parecido todas las veces anteriores.
Entonces, ¿por qué de repente tenía tanto interés en un proyecto del que hasta ayer no tenía conocimiento? ¿Por qué tanto interés en mi «compañero»?
—Háganlo aquí. Van a estar mucho más cómodos. Y puedo prepararles algo rico para comer, bebidas...
La miré, alzando una ceja.
—¿Qué? —escupió, a la defensiva.
—¿Por qué metería a ese chico en mi casa? No lo conozco.
Esa sí era una descarada mentira. Pero si le decía que la razón de mi negativa era precisamente porque lo conozco, entonces las probabilidades de que me dejara salir de casa a encontrarme con él se reducían a cero.
—Y yo tampoco. Justo por eso deberían hacerlo aquí, donde pueda verlos.
Suspiré.
—Mamá, ¿qué crees que vamos a hacer?
—No sé. Las hormonas adolescentes son de temer —argumentó, encogiéndose de hombros como si no acabara de ofenderme.
Solté un resoplido, entre indignada y molesta.
—¿Qué clase de chica crees que soy?
—No me hables así, Blues Mogüel. De repente me dices que has estado viendo a un chico al que jamás mencionaste, ¿cómo pensabas que iba a reaccionar?
Arrugué la frente, disgustada.
—Solo ha sido una vez. Y es por tarea —repliqué, recalcando la última palabra.
Mi madre me miró un momento, provocando que una fugaz sensación de miedo me atravesara el pecho.
Aquella expresión no era una buena señal. De hecho, era la primera barrera de alerta dándome esa clara y fuerte advertencia que conocía demasiado bien:
No la hagas enojar.
—No vamos a estar en un lugar privado ni nada por el estilo, mamá —expliqué, desviando la vista al suelo y procurando disfrazar el matiz de acidez en mi tono de voz.
Me aliviaba que su “gran" idea de que Kristopher y yo nos reuniéramos aquí, en casa, fuera solo eso: una idea. Las aguas pintarían muy diferente si hubiera optado por imponer aquello como una orden, que era lo que solía hacer.
Tener que verme con ese por temas académicos era una cosa; dejarlo entrar a nuestra casa, el espacio más íntimo de mi familia, era otro cuento. Eso sin contar el interrogatorio protocolario de mi madre y Mimi hacia cualquier ser humano externo que tenga contacto conmigo.
Imaginar a Kristopher sentado en el sofá, con los pies sobre la mesa y a las dos mujeres paradas enfrente explicándole por qué no estaba bien que los chicos tuvieran pareja en la adolescencia parecía una escena sacada de una película de horror.
«Dios, sería tan incómodo...»
«E igual hoy…»
La biblioteca apareció en mi cabeza primero.
Silencio, mesas alineadas, reglas.
Kristopher no encajaba en nada de eso. Y aunque la última vez no pasó nada grave, esa chica podría haber reaccionado de otra manera. A eso, agregándole que el pelinegro llamaba demasiado la atención, era ruidoso hasta para caminar.
Además…
La idea de verlo ahora bajo ese silencio tan rígido me resultó… incorrecta, aunque no sabría explicar por qué.
Cerré la sensación casi de inmediato. No tenía sentido pensar demasiado en eso.
—No es práctico —murmuré para mí misma, como si eso resolviera algo.
—¿Qué?
Alcé la cabeza.
Mi madre seguía parada frente a mí como si se hubiera congelado todo ese rato. O tal vez no pasaron más de diez segundos. Mi mente me juega malas pasadas cuando decide reflexionar en medio de una discusión.
Agité la mano, restándole importancia.
No pareció muy convencida. Pensé que iba a cuestionar otra vez cuando me dio la espalda y caminó hasta el comedor, halando el mantel antes de sacudirlo y ponerlo en el suelo.
La cafetería de la señorita Farris era más agradable y estaba cerca. Suficiente razón.
Sí. Era más fácil para mí.
Recordé de pronto nuestra última conversación, justo ayer. Luego de su extraña sugerencia de encender la luz para dormir, lo único que se me ocurrió hacer fue ignorarlo por completo. Aquel texto me había brindado, por increíble que suene, una especie de alivio. Eso por un lado. El otro se escandalizó al percatarse de que había usado las palabras precisas en el momento exacto...
«Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.»
Muerta del miedo, con una horrible punzada de sospecha instalada en el estómago, lo único que atiné a hacer fue irme a dormir.
Al día siguiente, el sábado por la mañana, mientras recogía el lamentable intento de parrillada del patio, llegó otro mensaje suyo. Esta vez, para recordarme que se supone debíamos vernos el domingo para continuar con el proyecto.
Por obvias razones, no pude darme el lujo de ignorarlo de nuevo.
—No regreses tarde —habló mi madre, moviendo cosas de las repisas flotantes.
De vez en cuando, limpiaba todo lo que se le atravesara a profundidad. Decía que para asegurarse de que las cosas fueran como a ella le gustaban, pero yo sospechaba que era más una forma de escapar del estrés.
No solía compartirme sus asuntos. Al menos, no los importantes.
«¿Debería preguntarle si está todo bien?»
La observé unos segundos antes de subir las escaleras, repitiendo la pregunta en mi cabeza unas cuantas veces. Ninguna sonaba genuina.
Al final, lo único que pude decir fue un seco:
—Claro.
—Llama cuando llegues y cuando salgas de allí, ¿de acuerdo?
Asentí, dirigiéndome escaleras arriba, a mi habitación.
Mi plan original era tirarme a la cama para matar el tiempo hasta que tuviera que salir. Pero mis ojos se detuvieron en la alfombra, arrugada y con los cojines del asiento de lectura de la ventana esparcidos de cualquier manera. También en el tocador, aún con los productos de maquillaje y lociones corporales que había usado cuando acompañé a Kristopher a su raro funeral de secta.