Your face

Capítulo 30

El calor nunca me había gustado. Para mí, era lo mismo a estar dentro de un enorme e invisible microondas. Sentía que la esencia misma de mi ser se derretía, llevándose consigo mis ganas de vivir —consciente— el resto del día.

Mamá siempre decía que era una maldición genética.

“Se ponen insufribles en verano" soltaba a veces, en medio de una queja.

Por eso me gustaba este lugar.

El aire cálido era toda una rareza en Farris Café. Al menos, lo era en esta época del año. A partir de octubre, cuando las temperaturas comienzan a bajar, la señorita Farris opta porque cada quien sobreviva con el calor de sus propio cuerpo como pueda.

Por eso me sorprendió notar el cambio de temperatura nada más entrar. No pude evitar preguntarme qué era lo que decidía cuándo encender la calefacción.

¿Lo hace ella al azar?

Pero en ese momento, la verdad, era la última pregunta que me interesaba responder.

Mis orbes, de un marrón tan oscuro como el cacao, inspeccionaban la estancia con una urgencia casi obsesiva. Era la cuarta vez que lo hacía, la cuarta vez que suspiraba al no encontrar nada más que un par de meseros, personas que jamás había visto y un muy molesto bebé que no paraba de llorar.

Tiré del cuello de mi chaqueta, sintiendo algo de comezón.

«¿Cuánto tiene esa estúpida calefacción?»

Al parecer, la señorita Farris siempre encontraba la manera de torturar a sus clientes. Ya sea matándolos de hipotermia o bien dejando que se cocinen vivos.

Habría preferido la primera, si me preguntan.

Lancé una mirada al aparatico pegado en lo alto del muro detrás de la barra. Agudicé los ojos, alcanzando a ver un borroso 18°.

Se me escapó un resoplido de incredulidad.

«¿Pero qué—?»

¡¿Ni siquiera estaba en veinte?!

¿Entonces cómo demonios hacía tanto calor?

—¿Habías venido antes?

Parpadeé, volviendo la vista al muchacho sentado frente a mí.

Me quedé callada un segundo largo, lo suficiente como para que él replicara, con aire burlón:

—¿Qué? ¿Olvidaste que estaba aquí?

Puse los ojos en blanco, optando por ignorarlo y sacarme de encima la gruesa tela.

«Ya quisiera haberlo olvidado.»

No necesitaba tener los ojos sobre él todo el rato para saber seguía allí, a un metro de mí.

Podía sentirlo.

Lo cual era molesto.

Las personas inocentes no deberían tener una presencia tan fácil de notar.

Él no es inocente, Blues.

Claro que no. Eso estaba más que decidido.

Porque si fuese el caso, ¿cómo podía actuar tan normal? Parecía que absolutamente nada había ocurrido. Aunque por un lado me daba cierta tranquilidad el no tener que lidiar con una conversación incómoda, me daba aún más desconfianza ver lo bien que borró todo rastro de su actitud, apariencia...

Todo.

«Su apariencia...»

Escaneé sus mejillas, justo abajo de sus ojos.

¿Unas ojeras tan profundas podían desaparecer así en tan sólo dos días?

No estaba muy segura. Lo que sí sabía era que Kristopher controlaba tan bien sus expresiones que me era imposible leerlo, lo que lo hacía una persona sumamente irritante.

—¿habías venido antes? —devolví su pregunta, esperando obtener un poco de la información que me urgía en este momento.

—Un par de veces —respondió, entrecerrando apenas los ojos.

Esperé a que continuara. Pero, en su lugar, agarró el menú y lo abrió.

Frunció el ceño.

Pasó una página.

Luego otra.

Como si estuviera evaluando seriamente sus opciones.

Suspiré, entre molesta y resignada.

Antes de que levantase la cabeza, dejé la chaqueta en el espaldar de mi asiento y caminé a la barra.

«La cocina queda en la parte de atrás, si no estoy mal.»

No podía funcionar sola, ¿cierto? Obviamente había empleados ahí también despachando las órdenes de alimentos.

Si Taylor estaba allí era seguro que su labor consistía en permanecer dentro de la cocina.

Chasqueé la lengua, centrándome en la chica, bastante bonita, que esperaba con paciencia a que hablara.

Puse mi mejor sonrisa.

—Disculpa... ¿Sabes cuántos empleados hombres están trabajando hoy aquí?

Ella parpadeó, como si no acabara de procesar la pregunta.

—¿Disculpe?

—¿Hay chicos, como de mi edad? Estoy buscando a uno de cabello rosa pastel —describí, inclinándome hacia ella para poder bajar la voz —Es como así de alto y tiene ojeras marcadas —agregué, halando las bolsas inferiores de mis ojos —¿Está aquí? Se llama—

—Lo sentimos, no podemos darle esa información —respondió, como una grabadora.

—¿Cómo? Solo quiero saber si está aquí o no...

—Lo sentimos, no podemos darle datos privados de nuestros empleados.

Solté un resoplido en un intento por aguantar la risa.

—Oye, solo quiero saber si trabaja hoy... Su nombre es—

—Lo sentimos —repitió, con una sonrisa de estampilla —Farris's Coffee protege a sus empleados y clientes evitando compartir cualquier tipo de información.

Suspiré, conteniéndome de revolear los ojos.

—Ya veo.

Eché una mirada tras de ella, a la puerta que llevaba a la cocina.

«¿Podría colarme?»

El cartel pegado poniendo “Solo para empleados" más los ojos inquisidores del robot al otro lado de la barra me respondieron con un rotundo no.

Entonces...

—Vaya... hoy está lleno —solté, ignorando a propósito el hecho de que había contado unas diez personas en todo el local obviándonos a Kristopher y a mí —Deben estar al tope de tareas. ¿Necesitan ayuda? ¿Qué tal en la cocina? ¿Cuántos hay en la cocina ahora? Vi a un chico meterse hace un rato... ¿Habrá más o...?

—Lo sentimos—

Solté un gruñido, dejando caer mi torso en la barra.

Agité la mano sin mirarla.

—Sí, sí. Protegen la información de sus empleados, bla, bla... Dios, ¿cómo puede esfumarse alguien así? —refunfuñé. Alcé apenas la cabeza —¿Qué tal si yo pregunto y tú parpadeas? ¿Has visto hoy a un chico llamado Taylor? Parpadea dos para sí, una para no.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 30.08.2026

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