Your face

Capítulo 25

La ley de la selva.

“Los más fuertes sobreviven."

“Muerde antes de que te muerdan."

“Matar para no morir."

Dicha ley no era exclusiva de los animales. Bastaba convivir con personas durante cinco minutos para descubrirlo. Al final todos muerden cuando se sienten amenazados.

“Si quieres sobrevivir, tienes que aprender a luchar por ello, pequeña."

«Sí...»

«Así es.»

Los niños al otro lado de la calle lo entendían bastante bien.

Estaban discutiendo. No podía oírlos desde allí pero sabía que, aunque seguro era por una estupidez, el desenlace de su discusión repercutiría en sus vidas más que un simple altercado infantil.

Los observé atenta.

El más alto le dio un empujón al más chico.

Luego este le lanzó un pobre intento de puñetazo al rostro.

En respuesta, el otro lo tumbó de un empujón, tirándose sobre él mientras le gritaba algo como “¿Quieres morir?". El pequeño manoteó, golpeando al aire en un arrebato que no supe si era un intento por liberarse o recuperar el orgullo asestándole un ataque a su agresor en cualquier lugar del cuerpo que alcanzara.

«El grande sabe dar mejores golpes.»

Esperé.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Cinco.

Cinco puñetazos y no se defendía. Hasta había dejado de removerse, casi como si hubiera aceptado su destino y esperara a que el otro acabara de desahogarse.

Chasqueé la lengua, viendo cómo el agresor planeaba asestarle otro golpe en el estómago.

Abrí la ventanilla.

—¡Oye! —grité, llamando su atención —Basta. Ya fue demasiado.

—¡No se meta, señora! —vociferó el desgraciadito, dándole el golpe igual.

—¿Señora? —jadeé, indignada. Él me ignoró, retomando la avalancha de ataques hacia el que seguía tirado en el suelo —¡Ey, detente!

Abrí la puerta con brusquedad. Estaba a punto de salir cuando me detuve.

Un muchacho se acercaba hacia ellos con la chaqueta del traje colgada sobre un hombro.

—Suficiente.

Lo agarró del cuello de la camisa, quitándolo de encima como si soplara una partícula de polvo.

—¡Sueltame! ¡Esa rata se robó uno de mis autos!

El que estaba tirado tosió, claramente malherido, mientras trataba de incorporarse sin éxito.

—¿Y por eso lo ibas a matar a golpes? —grité yo desde el auto.

—¡Usted callese, señora!

Abrí la boca como una o.

—¿Qué dijiste? Te voy a—

—No seas grosero.

Kristopher le dio un pequeño golpe en la frente con el dedo. Acto seguido, se acercó al otro para levantarlo del suelo.

—No robé nada. Hicimos una apuesta y él perdió —explicó el pequeño, con la cara cortorsionada de dolor.

—¡Ja! ¡Además de grosero, sin palabra! —resoplé, disgustada. Él no me había oído, pero igual me lanzó una mirada antes de sacarme el dedo medio —Mocoso de...

Kristopher se sacó un fajo de billetes del bolsillo y se lo metió en el pantalón al pequeño. Luego hizo una búsqueda rápida en su ropa, hallando el autito metálico de la discordia. Se lo entregó al otro.

—Largo. Los dos.

Y así lo hicieron, echando a correr calle adentro.

Los seguí con la mirada hasta que doblaron la esquina. Preferí asumir que vivían cerca y que no les pasaría nada. Era eso o seguir pensando en el fajo de billetes que Kristopher acababa de poner en manos de un niño que probablemente ni siquiera tenía edad para multiplicar sin usar los dedos.

El pelinegro caminó hacia el auto. Me moví al asiento del copiloto antes de que abriera la puerta, pensando que iba a entrar.

En su lugar, se inclinó hacia la ventana y me extendió una bolsa de papel junto con una botella de té helado.

Durante un segundo pensé que eran para él. Así que no me moví.

—Deberías comer.

Tardé un instante en comprender que me estaba hablando a mí.

Bajé la vista hacia la bolsa y bebida.

—¿Compraste... comida? —interrogué, recibiéndolas por puro reflejo.

Reconocí el logo de inmediato.

Eran de una pequeña tienda de sándwiches a la que mi madre solía recurrir cuando estaba de muy buen humor.

No podía recordar la última vez que la visitamos.

Bajé la vista hacia la bolsa.

«De todos los lugares que pudo haber escogido...»

Apreté la botella entre los dedos.

—Gracias —farfullé.

No estuve muy segura de que me hubiese oído.

Bueno, daba igual. Yo había cumplido con mi obligación de ciudadana educada: decir gracias. Si él no lo escuchaba, ese ya era problema suyo.

Alcé la mirada, encontrándome con la suya, que me observaba con calma. Casi pareció tranquilo. Por un momento.

Como si estuviera descansando en vez de asistir a un funeral.

Lo discordante era que no se veía descansado en absoluto.

Las ojeras seguían allí.

Y ahora también la palidez.

Se veía agotado.

Traté de hacer memoria, intentando recordar si lo vi ingerir algo en toda la mañana además del champagne.

—¿Tú no...?

Cerré la boca, dándome un golpe mentalmente.

«No seas metiche. Además, ¿por qué tendría que importarme si comió o no?»

Había hablado con todo el mundo.

Había sonreído.

Había brindado.

«Hasta se bebió mi copa.»

Si es que estaba pasándola mal por falta de alimentos, desde luego que sabía esconderlo.

Lo escudriñé con la mirada. No estaba mínimamente afectado por el alcohol.

«Obviamente está sobrio.»

Así que debía haber comido algo.

Aparté la mirada antes de que me descubriera observándolo. Pensé que iba irse sin decir nada cuando informó de pronto, en tono neutro:

—Iré adentro.

El estómago se me encogió.

Giré el cuello en su dirección, alarmada.

«No.»

«No me digas que tengo que volver ahí.»

—Tu ve directamente a la zona de descanso cuando termines —agregó, como si hubiera leído mi mente.

Solté el aire contenido.

—Bueno.

Observé cómo se alejaba.

Avanzaba al interior como alguien que sabe hacia dónde irá.



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En el texto hay: romance drama, humor comedia

Editado: 18.06.2026

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