Billie Wees
Padre siempre me disciplinó para mantener la calma mientras rompía huesos.
Tenía trece años cuando me puso mi primera prueba.
Debía torturar a un enemigo, me tuvo durante horas torturando a una persona, hasta que me rompí y la única salida era matarlo, pero no me dejo hacerlo. La prueba fue, que por muy desesperada o cansada que este, no tenía hacerlo. Debía mantener la calma.
Dijo que eso era lo más importante en nuestro mundo.
Siempre recuerdo sus entrenamientos para no alterarme y no perder la cabeza en ciertos momentos
Secuestros. Asesinatos. Torturas.
Todo debía hacerlo sin perturbarme. De manera pacífica y clínica.
No convenia demostrar a mis enemigos mis debilidades; es más, no debía tenerlas.
Ahora sus entrenamientos no significaban una mierda en comparación al recuerdo vivido de mi hermana tirada sobre la alfombra.
Imagen que se reproducía.
Trataba de perderme de vuelta en los recuerdos de Padre y sus entrenamientos, asi que cerré los ojos. Lo único que recordaba era salir a las calles a cazar a cada persona importante en las alianzas.
Personas de Chicago, Las Vegas y de aquí: los Moretti.
Algunos de ellos eran culpable de la muerte de mi hermana.
Mis manos se cerraron en puños, las uñas clavándose en mi piel. Todavía recuerdo el grito que salió de mí en cuanto vi a Dennis caer.
Su vestido rosa cubierto de sangre, la sonrisa todavía en su rostro. Por un chiste sarcástico que dijo Vanya. Como si fuera a abrir los ojos y burlarse de alguien. Como si fuera a levantarse.
La sangre nunca me había dado tanto asco. Una persona muerta nunca me había afectado tanto. No pude seguir viendo asi a Dennis. Asi que solo pude salir lo más rápido que pude de ahí.
Yo había cuidado a Dennis por años. Ahora estaba muerta
Solté una carcajada, luego otra, hasta que mi panza dolió y no pude parar.
Me encontraba hecha un ovillo en el suelo.
Patética.
Padre estaría avergonzado de mi reacción.
Lo sorprendente fue que no me importaba. Si moría o no, ya no lo hacía. Creo que era la única forma de librarme de Padre.
Volviendo a mi presente, me encontré con mi estudio, normalmente reluciente, pintado en sangre. El olor familiar se impregno en el aire, mis manos pintadas de rojo metálico y sangre seca debajo de mis uñas.
Cuadros repletos de sangre, en todos dibujados el rostro de mi hermana, y otros con el rostro de cada persona muerta en esta habitación. Había una persona muerta a mi costado, otra colgada, y la última fue al que reconocí al instante. El futuro Don de la Cosa Nostra y un Moretti.
Mirando y oliendo la sangre me di cuenta de que no sabía cuántos días llevaba encerrada aquí.
Pintando. Mutilando. Perdiéndome.
Escuché unos pasos acercarse, sabía que no eran mis hermanas, nunca se atreverían a acercarse viéndome así. Me levante del suelo enderezándome, esperando su mirada desaprobadora, su enojo disfrazado de frialdad.
La puerta se abrió, Padre entró estudiando todo a su alrededor hasta que sus ojos cayeron sobre mí.
Muertos, de un color azul apagado, idénticos a los míos. Lo único imperturbable en su rostro fue un leve tic en su parpado.
—¿Qué significa este desastre? — la pregunta cayo como si fuese estúpida. Tal vez me había vuelto estúpida al responderle.
— Arte, ¿te gusta? — sonreí mostrando los dientes. Tratando de mostrar lo bien que me había enseñado a actuar.
Y la sostuve incluso cuando se acercó lentamente hacia mí para hacer un agarre mortal en mi cuello.
— Rompiste el tratado de paz.
No respondí, si me quedaba un poco de inteligencia, sabia no debía hacerlo.
— Ellos quieren tu cabeza, Aleksandra — siguió apretando su agarre, hasta que empecé a ver puntos negros sobre el techo.
Rio condescendiente.
— Yo no te entrené para esto. Todo por una muerte. Las personas se reemplazan, los tratados no.
Me quede inmóvil. Dennis jodidamente no era remplazable.
Por primera vez en veinticinco años quise pegarle al hombre frente a mí.
Y solo pude hacer lo más conveniente. Esperar.
Soltó su agarre levemente para dejarme entrar un poco de oxígeno, pero Padre no hacia las cosas por bondad.
— Pude mantener la paz con un matrimonio.
Sonrió, siendo obvio que no era yo quien se iba a casar.
— Milenka.
No.
Los Moretti destruirían a Milenka. Y lo harían lento. Una cabeza por una cabeza
Reconociendo que perdí, asentí. Obedecería a Padre como siempre, solo que esta vez seria de momento. Nunca dejaría que Milenka pague las consecuencias de mis actos.
Si Padre creía que entregaría a Milenka, entonces por primera vez estaba calculando mal y no conocía verdaderamente a quien había entrenado por años.
Me soltó, pasando su pulgar por la nariz para retirar la sangre seca. Y después volvió a colocar sus manos detrás de su espalda.
Segui sin moverme, usando el escritorio disimuladamente como mi sostén.
Antes de irse me dedico una mirada helada.
— Vuelve a ti.
Quería que volviera a ser Aleksandra sino habría otra consecuencia más.
El odiaba a Billie. Para el, sonaba como una chica común.
Y se suponía que yo no era esa chica, sino un futuro Pakhan.
Y sobre todo quería que me arreglara.
Cuando se fue completamente de mi departamento, mire el cuadro frente a mí.
El retrato de Dennis me miraba fijamente.
Ojos dorados repleto de picardía. Pecas esparcidas por toda su nariz, que hacía de todo para taparlas.
Cabello negro que la diferenciaba de todas las hermanas Wees, que en cada ocasión que podía decía que le daban personalidad.
Se suponía que rodo eso había desaparecido.
Que ella estaba muerta.
Agarré el cuadro rompiéndolo a la mitad y lo tiré en la bolsa de basura junto con los demás.
Cuando volví a mí los cadáveres seguían en su lugar. No quise tocarlos. Sentía que estaba tocando la sangre de Dennis. Y nunca había sentido malestar al tocar o mancharme con sangre. Cuando los asesiné pensé que la necesidad de venganza desaparecería.