Zarek: el cachorro del alfa

Capítulo 1: El despertar del alfa

El blanco me cegó antes que el dolor.

Abrí los ojos y lo primero que sentí fue odio: odio puro, visceral y sin dirección, porque el blanco del techo era artificial, estéril y humano.

—¿Qué...?

Mi voz sonó extraña, más grave y más débil. Intenté incorporarme y un pinchazo en el brazo me recordó que tenía un cuerpo que no reconocía. Bajé la mirada y vi manos grandes, con venas marcadas. Manos humanas. Lo más aterrador es que eran mías.

No.

Cerré los ojos con fuerza y busqué dentro de mí: busqué el calor de mi lobo, su respiración pesada en el fondo de mi conciencia y su poder latiendo como un segundo corazón. Busqué el vínculo con mi manada, las voces de mis betas, la presencia reconfortante de los míos, pero solo encontré silencio.

Abrí los ojos de golpe. El monitor a mi lado pitaba más rápido. Mi corazón. Mi maldito corazón humano latiendo como un pájaro asustado. Yo soy Zarek, uno de los lobos originales, alfa de alfas. He visto nacer y morir civilizaciones, he cazado con mis colmillos bestias que los humanos ni siquiera nombran en sus pesadillas, ¿y ahora esto? ¿Un cuerpo de carne débil? ¿Sin lobo? ¿Sin manada?

—Esto no puede estar pasando —murmuré, y odié el temblor en mi voz.

Intenté levantarme. Los cables del monitor protestaron y mi brazo derecho, entubado, me obligó a arrancármelos sin pensar. La alarma del aparato se volvió estridente mientras un dolor agudo recorría mi antebrazo, pero no me detuve. Puse un pie en el suelo frío, luego el otro, me sostuve de la cama y sentí mis piernas temblar: débiles e insignificantes, como ellos, como los humanos.

Un ruido me hizo girar la cabeza y entonces lo vi.

En una silla de plástico azul, junto a la ventana, había un niño. No podía tener más de cinco años: pequeño, pelo oscuro y revuelto, mejillas redondas, y una camiseta demasiado grande de un azul chillón con un dinosaurio ridículo. Estaba completamente absorto mirando una tablet apoyada en sus rodillas, de la que salían voces agudas y canciones molestas.

¿Qué hacía un niño aquí? Parpadeé, esperando que desapareciera, pero no lo hizo. El crío movía los labios imitando a los personajes, ajeno por completo a mi existencia. Seguí mirándolo, intentando procesar. ¿Sería hijo de algún paciente? ¿Un descuido de enfermeras incompetentes?

—Oye —mi voz salió más áspera de lo que pretendía.

El niño levantó la cabeza. Unos ojos grandes y marrones como la miel oscura, se clavaron en los míos. Durante un segundo solo me miró, y entonces su carita se iluminó como si le hubieran encendido una bombilla por dentro.

—¡PAPÁ!

Casi me caigo. El crío dejó la tablet en el suelo como si quemara y saltó de la silla con una agilidad que, a su edad, me recordó incómodamente a un lobezno jugando. Cruzó la habitación en tres segundos y se lanzó contra mi pierna, abrazándomela con una fuerza sorprendente para algo tan pequeño.

—¡Papá, papá, papá! —enterraba la cara en mi muslo mientras repetía la palabra—. ¡Ya despertaste! ¡Te lo dije, se lo dije a mamá! ¡Yo sabía que no te habías ido!

Me quedé paralizado. Miré hacia abajo y vi sus manitas aferradas a la tela del horrible camisón de hospital que vestía, vi la coronilla de su cabeza, olí su pelo: olía a champú barato de fresa y a algo que hizo que mi pecho se contrajera.

No, no, no.

—Yo no soy... —empecé, pero él alzó la cabeza y me miró con esos ojos. Ojos idénticos a los míos. No podían ser. Yo no tenía hijos, soy un alfa inmortal, no me reproduzco con humanas. Nunca.

—¿Estás enojado? —preguntó el niño, y su sonrisa se apagó un poco—. ¿Por lo de las caricaturas?

—¿Qué? —logré articular.

—Mamá dijo que solo una hora. Pero llevamos como... —frunció el ceño, haciendo un cálculo imposible para su edad—. Muchas horas. Pero es que tú no despertabas y yo me aburría, y no quería llorar. Los niños grandes no lloran, eso me lo dijiste tú.

Yo no le había dicho nada. Yo nunca había visto a este niño en mi vida.

—Escucha, pequeño —intenté sonar autoritario, con la voz que hacía temblar a lobos adultos—. No sé quién eres.

El niño parpadeó. Luego soltó una carcajada, una risa auténtica y contagiosa, que le salía de la panza.

—Eres tonto, papi. ¡Soy Nico! —dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo. Luego me soltó la pierna, agarró mi mano con las suyas diminutas y tiró de mí hacia la cama—. Siéntate, que mamá se va a enfadar si te ve de pie. Dice que tienes que estar quieto, que te pasó algo en la cabeza.

—¿En la cabeza? —repetí como un loro idiota.

—Sí, te caíste. En la obra. ¡BAM! —abrió los brazos para dramatizar el golpe—. Y mamá lloró mucho. Pero no se lo digas, que ella dice que las mamás no lloran.

Lo miré fijamente, busqué alguna fisura o alguna pista de que esto era un error, pero el niño me miraba con una confianza absoluta, como si yo fuera su centro de gravedad y como si yo fuera su mundo. Y entonces lo sentí: algo diminuto, una vibración apenas perceptible en el fondo de mi pecho, un hilo casi inexistente. No era mi lobo, era otra cosa, un lazo frágil como una telaraña que me unía a él. Sangre. Este niño llevaba mi sangre.

Me senté en la cama antes de caerme.

—¿Mamá? —pregunté con la boca seca—. ¿Tu mamá?

—Ana —dijo Nico, trepando a la cama sin pedir permiso y acomodándose a mi lado como si llevara toda la vida haciéndolo—. Pero tú le dices "mi amor". Bueno, antes se lo decías. Ahora ya no. Ahora solo dices cosas raras cuando viene. Por eso se divorciaron.

Me giré a mirarlo tan rápido que me dolió el cuello.

—¿Divorciados?

—Sí, tonto. —Nico rodó los ojos con una expresividad impropia de su edad—. ¿No te acuerdas? Mamá dice que te volviste un gruñón. Pero yo creo que solo estabas cansado. ¿Verdad que solo estabas cansado?

Abrí la boca y la cerré. No sabía qué decir. Yo soy un alfa legendario, he liderado batallas, he sobrevivido a traiciones, he visto dioses caer, y estaba sin palabras frente a un enano de cinco años que me llamaba tonto.



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En el texto hay: cachorros y familia, ex esposa, alfa humana

Editado: 19.03.2026

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