Zarek: el cachorro del alfa

Capítulo 3 – ¿Esto es mi casa?

La puerta se cerró y yo me quedé ahí, plantado como un idiota, mirando el espacio vacío por donde se había esfumado Ana. Mi pareja, mi Luna, la mujer que acababa de llamarme tonto en mi propia cara. Y lo peor es que tenía razón, claro que la tenía.

—Papi, ¿estás muy triste?

Parpadeé para volver a la realidad y me encontré con Nico todavía en la cama, de lado, con la tablet tirada a un costado y esos ojos que son iguales a los míos fijos en mí. Maldita sea, no entiendo cómo un humano de cinco años puede desarmarte con una sola frase.

—Los alfas no se ponen tristes —le solté, intentando rescatar algo de dignidad—, los alfas nos dedicamos a planear cosas.

—¿Y qué es un alfa? —preguntó con esa curiosidad inocente que aterra.

—Lo que soy yo, o lo que era, o… —el suspiro me salió del alma, cargado de frustración—. Mira, es complicado.

Nico asintió con una cara de funeral, como si de verdad estuviera procesando que ser adulto era una pesadilla, o que ser un alfa lo era. Luego, sin previo aviso, se enderezó.

—A ver, cuando yo no entiendo algo me como una galleta, ¿tú quieres?

No esperó a que le dijera que sí, porque el niño ya estaba fuera de la cama, ruidoso y decidido, buscando su botín. Sacó una bolsa de galletas de chocolate con un desparpajo que me dio hasta envidia, sin pedir permiso, como si fuera el dueño del mundo. Y me recordaba demasiado a mí mismo, aunque no sé si eso me daba miedo o me daba orgullo.

—¿Esto te gusta? —me preguntó ofreciéndome una.

—No sé —agarré la galleta porque no sabía qué más hacer—, es del dueño de este cuerpo, supongo.

Nico me miró con la boca a medio abrir.

—Eres raro, papi.

—Fui un tipo legendario una vez —dije, dándole un mordisco amargo—, y ahora mira esto, soy yo.

—¿Y eso qué significa?

Señalé hacia abajo con la cabeza, evaluando el estuche humano que me tocaba habitar con bastante asco.

—Que soy débil y alguien insignificante.

—Mi mamá dice que los humanos no son débiles —soltó el crío con un tono desafiante—, dice que tú eres el débil porque nunca estás.

Esa dolió, y no porque fuera "yo" el que había fallado, sino porque Nico tenía toda la razón del mundo. El tipo que habitaba este cuerpo antes era un absoluto desastre. Me tragué el resto de la galleta de golpe porque no había nada más que decir.

—Vamos, vámonos ya.

—¿A dónde vamos? —preguntó mientras se limpiaba las migas en el pijama.

—Hacia donde sea que viva el dueño de este cuerpo, tu casa, mi casa, lo que sea.

El viaje en taxi fue una humillación técnica constante. Primero casi mando a ejecutar al chofer cuando descubrí que íbamos en un armatoste que no necesitaba caballos, pero resultó que el carruaje ese de metal moderno se llama "taxi". Nico se reía de mí, y juro que en algún momento pensé que iba a terminar mojando el asiento de tanta carcajada que se pegaba. Después resultó que yo no tenía ni idea de la dirección, así que Nico, con sus manitas y mucha seriedad, tuvo que sacar una tarjeta de su mochila y leerle la ubicación al hombre. Fue vergonzoso, pero el niño lo manejaba todo con una soltura que hasta daba envidia.

—¿No eres capaz de saber dónde vives? —me soltó el mocoso con una sonrisa burlona.

—Pues claro que sí —mentí, aunque se me notó desde el principio—, solo quería ver si tú estabas atento.

—Dice mi mamá que eres muy mentiroso.

—Ella dice muchas cosas, Nico, olvídalo.

Nico sonrió directo a mis ojos con ese aire pícaro que he visto en el espejo mil veces.

—Sí, claro, pero mientes fatal, papi, te pones rojo.

Yo soy un alfa, yo no me pongo rojo, jamás. Pero ahí estaba yo, con la cara ardiendo como una antorcha y sin poder articular palabra.

Al llegar vi el edificio: una enorme mole gris, cuadrada, sin nada de gracia, un lugar para humanos que no entienden de estética.

—¿Bajamos aquí? —pregunté con el desprecio que le guardo a un enemigo caído.

—Sí, no seas tonto —Nico saltó del coche directo al asfalto—, vivimos aquí desde siempre, o desde que tengo memoria.

Suspiré y lo seguí porque no me quedaba otra. Entramos en una caja metálica que el niño llamó ascensor y yo al principio me negué porque esas cosas no se sienten seguras, te encierran sospechosamente. Pero Nico me agarró la mano con toda confianza y me soltó un "no tengas miedo" tan puro que no pude rechistar más. En el tercer piso abrió la puerta usando la llave de su mochila y pasó antes que yo, quitándose los zapatos frente a un mueble ridículamente pequeño como si la casa fuera de su propiedad y yo solo un invitado ignorante.

—¿Te quedas fuera o vas a entrar de una vez? —dijo sin mirarme.

Entré y se me cayó el ánimo al suelo en cuanto puse un pie en el salón. Era una ratonera: techos cercanos, color beige del que aburre hasta las piedras, sillones mínimos… una vivienda construida para personas que no quieren llamar la atención.

—¿Esto es estar en casa? —pregunté con la voz apagada.

—Sí, papi. ¿Uhh… te pasa algo malo?

No supe cómo explicarle que el sitio era un insulto para cualquier guerrero, pero él ya correteaba descalzo por el pasillo como si ese zulo fuera un castillo imperial. Me iba señalando las cosas con orgullo, como si yo nunca las hubiera visto, y la verdad es que era tierno y patético al mismo tiempo.

Entramos en su cuarto y ahí sí que el color me pegó en la cara: mucho azul, dinosaurios plásticos bajo mis pies, y esa mezcla de olores de la infancia, fresas y sábanas limpias. Se me cerró la garganta de golpe.

—Está bien, no es horrible —concedí porque mis facultades mentales me prohíben ser amable a la primera.

—¿Bien? —puso sus manos en las caderas y me miró desafiante—. Es increíble, tengo a todos mis dinosaurios. Bueno, me falta el de color rojo porque tú dices que los mejores son caros, me dijiste eso un montón de veces.

Yo sostengo que jamás diría algo parecido, pero aun así busqué otra salida fácil.




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