Nico dormía con la cabeza apoyada en mi brazo, y su respiración suave y cálida se filtraba a través de la tela de mi camiseta mientras los dibujos animados seguían parpadeando en la pantalla con sus colores estridentes y sus canciones idiotas. Llevaba así quién sabe cuánto tiempo: mis piernas humanas se habían dormido, y mi brazo derecho estaba completamente insensible.
Pero no me movía.
No porque el pequeño pesara nada «pesaba menos que un lobezno recién nacido», sino porque cada vez que intentaba apartarlo, su mano se aferraba a mi ropa con la tenacidad de un guerrero que no suelta su espada. Y eso me recordaba a mí, a lo que era y a lo que debería seguir siendo.
Un alfa no abandona a los suyos, aunque los suyos ahora fueran un humano de cinco años que olía a fresa.
—Eres un problema —murmuré bajando la voz para no despertarlo—, y un problema pequeño, pegajoso y con obsesión por los dinosaurios.
Nico se movió ligeramente en busca de más calor. Su cara estaba relajada, los labios entreabiertos, y parecía frágil. Demasiado frágil. Me pregunté si mis cachorros «si los hubiera tenido en mi vida anterior» se habrían visto así: pequeños, indefensos y dependientes. La idea me incomodó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Fue entonces cuando escuché las llaves.
El ruido metálico del giro en la cerradura hizo que mi cuerpo reaccionara antes que mi mente: enderecé la espalda, aparté a Nico con un movimiento rápido pero controlado, y me puse de pie en un segundo. El niño cayó de lado sobre el sofá, gruñó algo ininteligible y siguió durmiendo como si nada.
La puerta se abrió, y entonces entró una mujer.
Era pequeña y menuda, con un montón de papeles bajo el brazo y una bolsa colgando del hombro que parecía pesar más que ella. Llevaba un traje de esos que los humanos usan para aparentar ser importantes, gafas de pasta negra y una expresión de urgencia permanente. Su pelo moreno estaba recogido en un moño que parecía a punto de desmoronarse.
—Por fin contesta el teléfono —dijo sin saludar mientras dejaba los papeles en la mesa del comedor—. Llevo tres horas llamándolo, Zarek. ¿Tres horas? ¿Qué parte de "los contratos vencen el viernes" no entiende?
La observé en silencio. No la conocía, y no tenía idea de quién era, pero su tono, su familiaridad y la forma en que había entrado como si la casa le perteneciera me indicaron que era Clara. Tenía que ser Clara.
—¿Clara? —dije probando el nombre.
Ella alzó una ceja por encima de las gafas.
—Sí, Clara. Su secretaria. La que lleva diez años evitando que su empresa se hunda. ¿Se golpeó más de lo que pensaba en la cabeza?
Su sarcasmo me irritó, pero me contuve porque yo era un alfa, y los alfas no se rebajan a discutir con humanas insolentes.
—No me golpeé nada —mentí con la mayor dignidad posible—, pero necesito que me pongas al día.
—¿Ponerle al día? —Clara dejó la bolsa en el suelo con un suspiro—. Zarek, usted tiene una reunión con los inversores mañana a las nueve, los contratos de la constructora del parque empresarial llevan una semana esperando su firma, y su exesposa me llamó para decirme que usted iba a hacerse cargo del niño este fin de semana.
Nico seguía roncando suavemente en el sofá. Clara lo miró de reojo y bajó la voz.
—¿Por qué no está en el colegio?
—Es sábado —respondí como si fuera la cosa más obvia del mundo.
Clara me miró como si acabara de decir que la luna era de queso.
—Zarek, hoy es jueves.
Jueves. Mi mente humana no procesó la información con la rapidez que necesitaba, pero mi mente de alfa ya estaba trazando estrategias. No sabía qué día era, ni qué empresa manejaba, ni nada de nada. Y esta mujer, en cambio, lo sabía todo.
—Jueves —repetí asintiendo lentamente—. Claro. Jueves. Solo quería comprobar que usted lo supiera.
Clara se quedó mirándome fijamente mientras sus ojos recorrían mi cara, mi postura y mis manos, como si buscara algo o como si notara que algo no encajaba.
—¿Se siente bien? —preguntó, y por primera vez su tono no era de urgencia sino de preocupación—. El accidente… ¿el médico dijo algo sobre pérdida de memoria?
—Mi memoria está perfectamente —gruñí—, pero necesito que me explique algunas cosas.
—¿Algunas cosas? —Clara cruzó los brazos—. ¿Qué cosas?
Respiré hondo. Si iba a hacerlo, debía hacerlo con autoridad, con la voz de mando que había hecho temblar a manadas enteras.
—La empresa —dije—. ¿De qué empresa soy dueño?
El silencio que siguió fue ensordecedor. Clara parpadeó varias veces.
—¿En serio?
—No me haga repetir la pregunta.
Se llevó una mano a la frente, como si le doliera algo, y luego señaló los papeles que había dejado en la mesa.
—Constructora Zarek. La empresa que usted fundó hace quince años, la que factura millones y la que tiene setenta y tres empleados que dependen de que usted no pierda la cabeza. ¿Ninguno de estos datos le suena?
Constructora. Empresa. Empleados. Este humano «el que ocupaba antes este cuerpo» había construido algo y había sido alguien, pero luego lo había tirado todo por la borda según las palabras de Ana.
—¿Cuánto dinero tengo? —pregunté, porque si algo necesitaba para sobrevivir en este mundo ridículo, eran recursos.
Clara se quedó con la boca abierta.
—¿Perdón?
—Dinero. ¿Cuánto hay en mis cuentas?
—No sé si esto es una broma de mal gusto o si realmente se golpeó la cabeza —Clara se acercó a mí con pasos decididos y me agarró la cara entre sus manos antes de que pudiera apartarme, y me giró la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro como si estuviera examinando a un caballo en una feria—. Las pupilas las tiene bien, y no hay signos de conmoción, pero usted nunca ha preguntado por el dinero. Nunca. Usted solo firma donde le digo y aparece cuando le recuerdo que tiene una reunión.
—Pues ahora pregunto —la aparté con un movimiento brusco—. ¿Cuánto?