Zarek: el cachorro del alfa

Capítulo 5 – Nico, mi único aliado

—¿Andrés? ¿Tu mamá se va a acampar con Andrés?

El nombre salió de mi boca como un gruñido bajo y áspero, casi instintivo. Nico ya tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el cojín del sofá, atrapado en ese punto extraño entre el sueño y la vigilia donde los niños todavía responden, pero sus pensamientos empiezan a desordenarse.

—El novio de mamá —repitió con la voz pastosa—. Es feo… y huele raro.

Algo se retorció dentro de mi pecho, una sensación caliente y punzante que no había experimentado desde que mi lobo había desaparecido. No era simple molestia ni incomodidad... Territorialidad.

Eso era.

Mi naturaleza reaccionaba incluso sin el lobo, como si una parte de mí se negara a aceptar que otro hombre ocupara un lugar que yo sentía propio.

—¿Campamento? —pregunté, intentando mantener el tono neutro, aunque mi voz salió más grave de lo que pretendía.

—Sí… se van el viernes y vuelven el domingo —murmuró Nico, abriendo un ojo con esfuerzo—. Por eso yo me quedo contigo. Mamá dice que es mejor que con la abuela.

El novio.

Ana se iba de campamento con su novio… mientras yo me quedaba con el niño, como si fuera un niñero cualquiera, como si no existiera un lazo invisible que me empujaba hacia ella con una fuerza que ni yo mismo comprendía del todo.

Mi mano se cerró alrededor del brazo del sofá con más fuerza de la necesaria, tensando los músculos sin darme cuenta.

—¿Dónde?

—No sé —Nico se encogió de hombros con torpeza—. En un bosque… Andrés eligió.

Un bosque.

Ella se iba a un bosque con otro hombre, a un lugar apartado, íntimo… un territorio que mi lobo habría considerado suyo sin dudar. Si aún lo tuviera, habría aullado de furia hasta desgarrarse la garganta.

Ahora, en cambio, solo sentí un frío reptar por mi nuca y un ardor incómodo extenderse por mis manos.

—Papi… ¿te pones malo?

La voz preocupada de Nico me obligó a salir de mis pensamientos. Se había incorporado en el sofá y me observaba con atención.

—Tienes la cara roja.

Solté el sofá lentamente y forcé mis dedos a relajarse.

—Estoy perfectamente —respondí, procurando suavizar el tono—. ¿Cuándo se va?

—El viernes después del cole.

Asentí sin decir nada, aunque por dentro mi mente ya empezaba a trazar posibilidades, estrategias, rutas que todavía no entendía del todo, pero que mi instinto insistía en construir.

No conocía las reglas de este mundo humano y torpe, lleno de objetos inútiles y normas absurdas… pero sí sabía una cosa con absoluta certeza:

Ningún otro hombre se llevaba a mi Luna a un bosque mientras yo me quedaba en casa haciendo sándwiches como si nada.

La mañana del viernes amaneció gris, con una luz opaca que parecía filtrarse con desgana entre los edificios. Llevaba dos días intentando adaptarme a aquel apartamento ridículo, dos días firmando papeles que Clara dejaba ordenados sobre la mesa, dos días asistiendo a una oficina que no reconocía y sentándome en una silla que no me pertenecía, mientras personas que se suponía trabajaban para mí me explicaban asuntos que apenas comprendía.

Todo resultaba extraño, y ajeno… como si estuviera usando la vida de otro hombre.

Sin embargo, nada de eso importaba realmente.

Lo único que ocupaba mi mente era que ese día Ana se marchaba con Andrés.

Nico estaba desayunando cuando tomé mi teléfono. Él mismo se había preparado el cereal, porque la noche anterior había intentado ayudar y casi incendio la cocina, un detalle que todavía me provocaba una punzada de orgullo herido.

Aprender aquel mundo humano era más complicado de lo que había imaginado.

Aun así, ya sabía usar el teléfono, o al menos lo suficiente como para no parecer completamente inútil. Clara me había enseñado lo básico después de verme hacer el ridículo el primer día, y aunque no lo admitiría jamás, aquella mujer resultaba útil.

—Papi…

Nico levantó la vista de su tazón.

—¿Por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—La de cuando te pones a pensar cosas raras.

Solté el teléfono sobre la mesa con un gesto lento y calculado.

—Dime algo, Nico… ¿te gustaría ir de campamento?

El efecto fue inmediato.

Sus ojos se abrieron como platos, brillando con una emoción tan pura que algo dentro de mi pecho se tensó de una forma inesperada.

—¿De campamento? ¿Ahora?

—Sí —respondí con calma—. Este fin de semana.

—¿Con mamá?

Negué con la cabeza.

—Conmigo.

La sonrisa que se dibujó en su rostro fue tan amplia que parecía imposible que cupiera en su pequeña cara. Durante unos segundos, su entusiasmo fue absoluto… hasta que su expresión cambió y frunció el ceño con confusión.

—Pero mamá se va con Andrés.

—Lo sé.

—¿Vamos a ir donde ellos?

—Exacto.

Nico se quedó en silencio, procesando la información. Era inteligente, demasiado para su tamaño, y eso me obligaba a medir cada palabra que decía.

Finalmente, levantó la vista hacia mí y sonrió con una chispa traviesa en los ojos.

—Vamos a espiarlos.

No pude evitar enderezar la espalda ante aquella afirmación.

—No es espionaje —corregí con firmeza—. Es… recuperar a mi manada.

—¿Tu qué?

—Manada… familia —aclaré, buscando una palabra que pudiera entender.

Nico asintió lentamente, aunque por su expresión quedó claro que solo comprendía una parte del significado. Aun así, su entusiasmo no disminuyó.

—¿Y cómo vamos a llegar? —preguntó—. No sabemos dónde es.

Buena pregunta.

Sonreí apenas, con una seguridad que todavía no estaba completamente justificada.

—Déjamelo a mí.

Llamé a Clara desde la cocina mientras Nico terminaba de vestirse en su habitación. Podía escuchar el sonido apresurado de sus pasos y el golpe ocasional de algún juguete cayendo al suelo, señal inequívoca de que estaba metiendo más entusiasmo que orden en aquella tarea.

—Zarek —su voz sonó agitada al otro lado de la línea, como si estuviera haciendo varias cosas al mismo tiempo—. ¿Ya revisó los contratos de la obra?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.