Seguí con la mirada cada objeto hasta que mis ojos se detuvieron en la carpa.
Las instrucciones estaban impresas en una hoja doblada con demasiados dibujos y demasiadas palabras. La desplegué lentamente, fingiendo seguridad.
—Claro que sé —respondí con firmeza—. Es una carpa… no puede ser tan complicado.
Dos horas después, la carpa seguía sin montarse.
Las varillas no encajaban donde debían, la lona se enredaba sobre sí misma y las instrucciones parecían escritas en un idioma diseñado exclusivamente para confundir a quien intentara entenderlas. Mientras tanto, Nico observaba desde el sofá con la linterna apoyada sobre el regazo y una sonrisa cada vez más amplia.
—Papi… —dijo finalmente, con una voz que intentaba sonar seria pero no lograba ocultar la diversión—. ¿Estás seguro de que sabes?
—Sí —gruñí, tirando de una varilla que volvió a desencajarse—. En mis tiempos construíamos refugios con troncos de árboles centenarios, usando solo nuestras manos y nuestra fuerza. Esto es un juego de niños.
Nico inclinó la cabeza con curiosidad.
—¿Troncos de árboles centenarios? ¿Dónde?
—En el bosque —respondí sin pensar demasiado—. Donde yo vivía.
El niño se acercó unos pasos, claramente intrigado.
—¿Vivías en un bosque?
—Sí.
—¿Como un lobo?
Sus ojos brillaban con fascinación.
—Algo así —respondí, intentando concentrarme de nuevo en las varillas.
—Yo quiero vivir en un bosque —añadió con entusiasmo—. Con árboles centenarios… y lobos.
—Los lobos no son mascotas, Nico.
—Lo sé —replicó con total seguridad—. Son salvajes… como tú.
Me quedé mirándolo durante un segundo más de lo necesario.
El niño tenía una habilidad inquietante para decir cosas que parecían simples, pero que golpeaban en un punto demasiado cercano a la verdad.
—Ven aquí —le dije finalmente, señalando las instrucciones—. A ver si tú entiendes esto mejor que yo.
Nico se acercó con paso decidido, tomó la hoja y estudió los dibujos con una seriedad que me recordó a un miembro joven de una manada aprendiendo de los mayores.
—Mira, papi… aquí dice que primero se ponen las varillas cruzadas —explicó señalando el papel—, luego se mete la lona por encima… y después se anclan las esquinas. ¿Ves?
Miré los dibujos.
Tenía razón.
El niño tenía razón.
Lo seguí con atención, varilla por varilla, esquina por esquina, escuchando cada indicación como si se tratara de una orden directa. En menos de quince minutos, la carpa estaba montada en medio de la sala.
Nico dio un salto y aplaudió con entusiasmo.
—¡Lo hicimos!
Lo observé durante un instante, notando el brillo orgulloso en sus ojos, la forma en que esperaba mi aprobación como si fuera algo valioso.
—Tú lo hiciste —admití con sinceridad—. Sin tu ayuda, seguiría peleando con esas varillas.
Su sonrisa se ensanchó aún más.
—Pero tú pusiste las varillas fuertes —dijo, dándome una palmada ligera en la pierna—. Somos buen equipo.
Equipo.
La palabra resonó en mi mente de una forma inesperada, como si despertara algo antiguo dentro de mí.
Porque eso era lo que hacían los miembros de una manada: trabajar juntos, protegerse, y aprender unos de otros.
Y, sin darme cuenta, empezaba a ver a ese niño no como una carga… sino como un aliado.
Uno pequeño, torpe y ruidoso… pero mío para proteger.
Guardamos la carpa en su bolsa con más cuidado del que había usado al intentar montarla por primera vez. Esta vez no hubo torpeza ni frustración, sino una coordinación inesperada entre los dos, como si ya entendiéramos el ritmo del otro sin necesidad de explicaciones.
Después preparamos las mochilas.
Extendí todo sobre la mesa: la comida enlatada, las linternas, los sacos de dormir y la cantimplora. Nico se movía de un lado a otro con energía inagotable, escogiendo sus cosas con una seriedad que me resultó curiosamente familiar.
—¿Puedo llevar esto? —preguntó, levantando un dinosaurio de plástico verde.
Lo observé unos segundos. Era un objeto inútil desde cualquier punto de vista práctico, pero la forma en que lo sostenía, con tanta convicción, me hizo recordar a los cachorros de la manada que siempre se aferraban a algo que consideraban valioso.
—Si cabe en la mochila —respondí—, puedes llevarlo.
Su sonrisa apareció de inmediato.
—Y este también —añadió, levantando un pequeño muñeco con sombrero—. Es un explorador.
—Entonces que venga preparado —dije con seriedad—. Un explorador inútil no sobrevive en el bosque.
Nico soltó una risa corta y siguió organizando sus cosas con renovado entusiasmo.
Yo metí una muda de ropa para cada uno, el teléfono y el cargador portátil que Clara había incluido en la caja. Mientras acomodaba los objetos, noté cómo Nico se movía a mi alrededor, acercándose cada tanto para verificar que todo estuviera en orden.
No era simple curiosidad.
Era confianza.
Una confianza que no sabía si merecía, pero que empezaba a sentir como algo que debía proteger.
—¿Cómo vamos a llegar? —preguntó finalmente cuando cerramos las mochilas.
Lo miré.
Era una pregunta simple… pero peligrosa.
—En coche —respondí con naturalidad.
Nico ladeó la cabeza, observándome con atención.
—¿Sabes conducir?
—Claro que sé —mentí sin titubear.
No sabía.
No tenía la menor idea.
Pero eso no iba a detenerme.
No después de haber visto la emoción en sus ojos, ni después de haber tomado la decisión de seguir a Ana hasta ese bosque.
—¿Sabes dónde está mamá? —preguntó de nuevo.
—Eso… —respondí, sacando el teléfono— lo voy a averiguar ahora.
Marqué el número de Ana.
Mi dedo tembló apenas antes de presionar el botón de llamada. No era miedo ni nerviosismo «los alfas no se permitían esas debilidades», pero sí una tensión extraña que me recorría el cuerpo cada vez que pensaba en ella.