Cuando regresé de la guerra jamás hablé con nadie de esto. Ni de lo que presencié en Irak ni de lo que vi en el Bohemian Collyseum.
Construí una muralla psicológica a mi alrededor para no dejar escapar mis sentimientos. Sabía que si aquella presa se resquebrajaba, todo se vendría abajo sin control. Quedaría a merced del abismo de la locura por toda la violencia y carnicería que había presenciado.
Caminaba por las calles empedradas y lúgubres de la vieja Praga y me molestaba ver a jóvenes quejándose de detalles superficiales. Así eran en todas las ciudades donde no había guerra. Me molestaba porque yo venía de un lugar donde mis compañeros y yo no sabíamos si habría un día más para nosotros.
Había cambiado mucho.
A veces parecía ser dos personas. En un momento era el Ulysses tranquilo de siempre y al siguiente algo me hacía perder el control, arrastrado por la furia. Solo tenía un deseo incontrolable de aislarme para no lastimar a nadie.
Era una lucha entre dos Ulysses.
El lobo negro contra el lobo blanco. El negro quería devorar la luna de mi mente, aquella poca cordura y paz que aún conservaba. El blanco se lo impedía fieramente.
Comencé a odiar las píldoras que me recetaban. Había momentos en que odiaba mi vida y deseaba una vida normal. Estaba hastiado, harto de todo y de todos. Luego pensaba que era una estupidez siquiera pensar en atentar contra mi vida.
Mi aspecto comenzó a deteriorarse. Me quedé sin empleo. Perdí peso. Me hice más dependiente del alcohol. Perdí la casa del lago por problemas financieros con el abogado de Miklós.
Para entonces estaba prácticamente en la ruina. La mezcla de depresión, soledad, alcohol y píldoras puso mi vida en peligro. Estaba al borde del abismo.
Y fue allí cuando conocí a alguien muy especial.
Una mujer tocó el timbre de mi casa. Una casa que debía entregar en dos semanas.
Era Miyuki Ishikawa. Mi antigua compañera y amiga del último año de preparatoria. Se había enterado de mi regreso a Praga.
Aquel timbre sonó como una campana celestial. Llegó como un ángel oriental a iluminar mis días sombríos.
Al principio quería que se fuera. Mi estado violento y hostil parecía no importarle. Ella, sonriente y terca, parecía no escuchar. No le temía al lobo feroz. Al contrario, estuvo conmigo justo cuando más necesitaba compañía, como una niña alegre cuidando a un cachorro de lobo que solo intentaba dar miedo porque él mismo tenía miedo todo el tiempo.
Quince días después recibí una llamada que cambiaría mi vida. Me habían contratado como ayudante auxiliar en el área de psiquiatría del Departamento de Asuntos de Veteranos de Guerra en Colombia. Y me otorgaban una beca para estudiar Psicología y ayudar a veteranos con estrés postraumático.
Era una oferta que no podía rechazar. Quienquiera que hubiera movido los hilos, le estaría eternamente agradecido.
Miyuki, cuyo nombre significaba "bella fortuna", me ayudó a dejar el alcohol. Su alegría serena de muchacha de diecisiete años me hizo sentir joven otra vez. Su llegada había sido, de verdad, una bella fortuna.
Miyuki también era hija de padres adoptivos, de una familia acomodada de República Checa. Decía que eran personas muy especiales y que prefería no hablar de ellos. Solo esperaba cumplir la mayoría de edad para librarse de ellos. Yo le decía que al menos tenía la fortuna de tener a quién llamar padres. Ella cambiaba de tema con alguna historia chistosa y vergonzosa de su vida. Parecía una niña malcriada, pero era divertida. Sin darme cuenta, se había convertido en la hermana menor que nunca tuve.
Faltaban pocos días para irme de Praga y no quería salir de casa. Incluso aquella ciudad que había considerado maravillosa me parecía ahora tenebrosa. Pasé días encerrado en la casa del lago. Pero si quería ir a Colombia, tenía que volver al mundo.
Entonces Miyuki tuvo una idea. Como última diversión sana antes de marcharme, me obligó a ir a la Caminata Zombie, la más grande de la República Checa, que tendría lugar en un par de días.
Miles de personas disfrazadas de muertos vivientes recorrían las calles espantando a locales y turistas. Nunca me había interesado. A Miyuki le fascinaban esos espectáculos, el teatro negro de marionetas y las compras. Praga era un festín de tiendas.
Me negaba, pero el entusiasmo de sus ojos grises y rasgados y mi propio deseo de enfrentar mis miedos me convencieron.
Aquel día estuve rodeado de rostros pálidos y sangrantes, mandíbulas quebradas y cabezas rotas emulando zombies. Más de trescientos jóvenes de entre 16 y 25 años desfilaban hacia la Plaza Vieja, al monumento de Jan Hus, quemado por herejía en 1415. Algunos disfraces eran de látex roto para simular piel despellejada, rociados con sangre artificial.
Parecía una glorificación de la muerte.
Y entre zombies ficticios, mis muertos regresaron.
Veía en cada disfraz los rostros ensangrentados de aquellos que entre explosiones y disparos me habían pedido ayuda. Ya no veía actores. Veía a mis compañeros. Veía a los muertos.
Comencé a temblar, con las manos en el rostro. Escuchaba risas a mi alrededor: "Tranquilízate, amigo, es solo un disfraz". Mi rostro estaba empapado de lágrimas.
Vi a Miyuki. Su alegría había desaparecido. Me miraba con tristeza y preocupación.
La presa se había venido abajo. El lobo negro había devorado una parte de la luna. Mi muralla psicológica finalmente se derrumbó. Colapsé en medio de rostros desconocidos cubiertos de sangre falsa. Pero para mí aquella sangre era real.
Miyuki me preguntó si quería volver a casa. Entre sollozos intentaba secarme las lágrimas que no dejaban de salir, como si hubiera una hemorragia en algún lugar de mi alma. Quise hacerle creer que estaba feliz, que lloraba de felicidad. Comencé a reír, primero suave, luego a carcajadas frenéticas, como loco de felicidad.
Miyuki se acercó sonriente, tomó mi mano y me dio un profundo y tierno beso en los labios semihúmedos.