Ha pasado un año desde su muerte y tres desde que llegué de la guerra a vivir a Colombia.
Faltan pocos días para graduarme. Tengo veintidós años y, en teoría, toda una vida por delante. Pero ya no sé qué hacer con ella.
Dejé el departamento donde había vivido con Tanu y me mudé al otro lado de la ciudad, a una pequeña casa de renta. El anterior estaba lleno de recuerdos que me impedían superar su ausencia. Muchos de nuestros momentos felices yacían en un VHS, en un oscuro cajón bajo llave. Habíamos soñado con comprar una casa grande frente al mar. Tantos sueños y proyectos que se quedaron flotando en el vacío.
Pensé que cambiar de lugar me ayudaría a sanar. Pero el vacío había venido conmigo.
Los primeros rayos del sol se filtraban por la ventana. Me había despertado dos horas antes, intentando recordar por qué seguía vivo. Aparté las sábanas. Ahí estaba —o mejor dicho, no estaba— la pierna izquierda que había perdido en Irak. A veces juro que aún puedo sentirla. Lo llaman miembro fantasma.
Me senté al borde de la lúgubre cama y encendí un cigarrillo con mi encendedor. Frente a mí, en una silla, estaba Aquileo. Un muñeco hecho de chamarras viejas, con sombrero tejano y gafas de sol. Mi amigo imaginario, producto de la soledad. Ojalá pudiera fumar y beber whisky conmigo como lo haría un amigo de verdad.
Miré el otro lado de la cama. Vacío.
—No te tengo... y nunca volveré a verte.
Un sudor frío me recorrió. Pensé en el mismo sueño de cada noche. Daría cualquier cosa por verla una sola noche. Le rezaba a los tiránicos dioses, si es que existía alguno, mientras mi deseo se apagaba como el cigarrillo en el cenicero.
Con la prótesis negra ya puesta en el muñón, caminé hacia la ventana y abrí las cortinas. Otro maldito día. Esperaba que entrara la luz y escapara la oscuridad, pero una gran parte siempre se quedaba enraizada dentro de mí como mala hierba.
Me fui al baño. Abrí el agua fría y cerré los ojos. Naufragué en mi angustia y el tiempo pasó rápido. Salí por inercia hasta el espejo. Un hombre alto, joven, de cabello negro, piel clara, ojos verdes con marcadas ojeras y expresión vacía de derrota. No soporté mi reflejo. Lo rompí con el puño. Tomé un fragmento y lo puse sobre mi cuello. Sentí el filo sobre mi piel y cerré los ojos.
El lobo negro atacó. Imaginé sus fauces sobre mi cuello. Le rogué que me liberara, que socorriera mi cobardía. Quería que él me matara. Pero dudé y solté el vidrio. Caí desnudo y mojado al suelo y lloré amargamente.
Me vestí y abrí el depósito escondido en un azulejo trucado del baño. Había quitado una baldosa, hecho un agujero en el panel de yeso detrás y fijado la baldosa a una pequeña caja para usarla como compartimiento extraíble. Allí había ocultado un relicario de plata, un antiguo reloj de bolsillo, un rosario de oro blanco envuelto en un pañuelo manchado con su sangre y el anillo de compromiso que nunca pude darle.
Tomé el rosario. Aquel pañuelo lo llevaba ella el día de su muerte. Lo miré fijo para recordar mi promesa, la que hice junto a aquel cuerpo frío y tieso que besé y que anhelaba volver a besar y abrazar.
Recuerdo aquel día que avancé con sigilo por un largo corredor lleno de puertas sin nombres ni señalamientos. La tensión era perceptible, como si el ambiente estuviera cargado de una energía negativa que te consumía los ánimos. Al final solo había un letrero: Morgue.
El olor fue lo primero. Un miasma indescriptible. A los costados, grandes cajones para preservar cuerpos, mesas, lavamanos, gabinetes y utensilios. Pero la presión se volvió más intensa cuando vi en medio dos mesas con dos grandes bultos cubiertos por mantos azules. Mi corazón dio un vuelco. Tomé ambas sábanas con manos temblorosas y las levanté de un tirón. Y entonces lo vi. Valentina siempre llevaba su rosario consigo. Incluso en su muerte.
Guardé mis tesoros y regresé a mi cuarto. Revisé el ordenador. En la bandeja había un mensaje sin abrir de "troyano 999". Hacía tiempo que no recibía mensajes de Izanami. Un día dejó de responder. Aún vivo con la preocupación de que algo malo le haya pasado a Miyuki. Mantenía contacto con Iron Maiden, que se había vuelto mi confidente. Aunque se negaba a mostrarme su rostro, aún mantenía la esperanza de conocerla.
Abrí el compartimiento dentro del teclado y saqué uno de los cuatro disquetes negros que guardaba allí, con información y fotos ordenadas en carpetas bajo contraseña. Había logrado robar el expediente del paciente Ángel Santos y varios documentos de aquella tarde en la morgue junto con el rosario de Valentina.
El corte de su cuello no coincidía con el de su agresor. Y según la autopsia, Valentina había muerto minutos después de que el paciente se suicidara. El asesino de Valentina nunca fue aquel veterano.
Retomé la investigación cuando al día siguiente salió en el periódico que el hombre ingresado a salud mental tras dar su testimonio sobre la muerte de Valentina había muerto degollado. Al parecer se había suicidado con un bisturí. Nunca se supo de dónde sacó el instrumento.
¿Y si alguien más lo había asesinado? ¿Y si ese alguien había matado también a Valentina con aquel escalpelo? Mi propósito era seguir laborando en la institución para descubrir la verdad y aquel rosario me lo recordaba cada vez que flaqueaba.
Intenté averiguar quién estaba a cargo de la institución y quién hizo los movimientos para mi traslado a Colombia, sin encontrar nada crucial.
Abrí el mensaje de troyano 999:
"¿Quieres conocer la identidad del asesino de Miklós Lykaios y del asesino de Valentina Arriaga?"
Mi vientre se contrajo. Un frío recorrió mi piel. Mi corazón se aceleró. Tomé aliento. No había duda de que aquella persona sabía quién era yo. Siempre tuve extrema precaución de borrar cualquier registro que me relacionara con Lykaios, lo que me trajo problemas con la herencia. Sabía que si alguien descubría nuestra relación de padre e hijo, mi vida correría peligro.