Zignum Meiga Entre las dos caras de la luna

Capítulo VIII Duo nummi inversi: El Arlequín

Veía el amanecer desde la cima del bosque nublado que pertenece a la laguna de Santa Clara, en Sololá, Guatemala, mientras se desvanecía poco a poco hacia el horizonte del lago Atitlán.

Tanu, Miyuki y yo estábamos en una montaña en el extremo noroeste del lago, admirando el color iridiscente del agua que, junto con los volcanes, hacía de este lugar uno de los rincones más bellos del mundo.

Tanu estaba irritado. Había odiado el viaje en transportín. Era la primera vez que viajaba en la bodega de un avión y no en cabina conmigo como cuando era cachorro. Habíamos dejado el equipaje en un hotel en Panajachel. Tomamos transporte a Quetzaltenango.

Durante el viaje en barco se desató una tormenta y parecía que habíamos cruzado el umbral de un misterioso limbo. No podíamos ver nada y era difícil imaginar que aquel deslumbrante lugar fuera simplemente un lago interior y no un inmenso mar abierto.

Recorrimos el lugar a las 5:30 am. La barca giró a la derecha desde el volcán San Pedro y pasó cerca de donde había espesa vegetación.

Panajachel era el pueblo turístico más concurrido del lago. En cierto modo me recordaba a Praga, hogar de restaurantes occidentales y clubes nocturnos abiertos hasta el amanecer, e incluso una comunidad judía ortodoxa que llevaba meses en la ciudad. Más tarde descubriría que la presencia de judíos, a diferencia de Praga, había provocado diferencias en Guatemala que corrían el riesgo de acabar mal.

El cuarto del hotel tenía vista al lago. Despertamos con el Atitlán en el horizonte cercano. Era como mirar un boceto en lienzo de un artista famoso.

De Panajachel a San Pedro solo se necesitaban veinte minutos. Miyuki había contratado una agencia de excursión, ansiosa por comenzar la caminata en el volcán en el momento más fresco del día. San Pedro también era turístico aunque la mayoría de hoteles era de hospedaje económico. Ahí estaba el mercado y una bella iglesia. La cima nos costó dos horas y media de camino empinado. Sin embargo, el panorama valió la pena. Aquel lugar era hermoso para vivir y tal vez empezar de cero.

No tenía idea de que Miyuki, pese a su delgado y pequeño cuerpo, estuviera en tan buena forma.

En el interior de la iglesia de San Pedro no quedaba demasiado tras varios temblores y un gran terremoto que, según cuentan los pobladores, hace siete años había sacudido Guatemala. En segundos, un terremoto de magnitud 7.5 sacudió a un tercio de la población. Se derrumbaron miles de edificios. Ocurrió en medio de la Guerra Civil, de madrugada cuando todos dormían, provocando la muerte masiva de unas 23,000 personas y más de 1 millón de damnificados.

No obstante, al igual que República Checa, aquel pueblo pudo levantarse de la catástrofe. La gente era muy devota. Santa Clara era un pueblo muy pequeño y quizás el menos habitado de los doce, pero contaba con una reserva natural con varias especies que era usada para senderismo y turismo activo con cables para tirolesa de 400 metros de longitud entre dos colinas y con 200 metros de caída aproximadamente.

Había dejado a Tanu al cuidado de un guía. Miyuki había adoptado el "carpe diem" y el "memento mori" como filosofía de vida. Quería vivir como si fuera el último día y me animaba a hacer lo mismo. Había elaborado una lista de cosas que tenía que hacer antes de morir.

—Onii-chan, yo sé que eres demasiado hábil en los deportes. Siempre lo has sido desde que estudiamos el último año juntos en preparatoria, ¿recuerdas? Eras como un famoso y atlético deportista de básquetbol. No por nada eras muy popular entre las chicas aunque lo que tenías de atlético lo tenías de reservado. Para mí fue una suerte que me dirigieras la palabra, recuerdo que ahí estabas sentado en la cafetería, el chico guapo, la imagen perfecta del cuerpo masculino para todas, a punto de sufrir uno de los mayores ridículos de la historia cuando yo, tu salvadora, te alerté que unos chicos habían puesto wasabi a tu comida aunque me hubiera gustado ver tu expresión agónica al probarlo —dijo Miyuki sonriente sosteniendo su mentón con el dedo índice.

—¿En serio? Eso fue muy extraño. Aún pienso que tú fuiste la que lo dejó ahí en primer lugar y luego te arrepentiste de hacerme la broma, o quizá solo lo hiciste porque no sabías cómo iniciar una conversación normal conmigo. Tal vez hay algo de perversidad debajo de esas gafas rosas —le dije de soslayo intentando ocultar una risa.

—¡Baka! ¡Baka! ¡Cállate y prepárate a saltar! Por nada en el mundo podemos perdernos una aventura como esta, recuerda, solo se vive una vez —exclamó Miyuki con entusiasmo infantil.

El salto en tirolesa de 400 metros fue muy divertido. Con gran velocidad parecía que volaba a través de la niebla y a mitad del trayecto parecía haber entrado de nuevo en el umbral del limbo como la vez que creí estar en el océano, ya que durante segundos no se podía ver el final. De pronto creí escuchar un grito lastimero a lo lejos, después el aleteo de una sombra que parecía volar cerca de mí. Enseguida escuché el grito de Miyuki. El miedo se había apoderado de ella y no paraba de gritar. Probablemente debí sedarla con un beso como me anestesió ella a mí en mi dolor. Suponía que jamás había sentido tanta adrenalina y vértigo y parecía que iba a vomitar pero al final todo terminó bien. Aunque aquello que creí ver y escuchar me había dejado intrigado.

Ya libres de arneses y cascos nos encontramos con improvisados rezos mayas en antiguos altares de piedra. El centro del mundo de los doce pueblos, muy diferentes entre sí, estaba unido por la historia de los mayas en la región del lago. Llegamos a San Juan en coche por una carretera llena de curvas que nos acercó aún más al lago que se balanceaba entre profundas nubes.

San Juan La Laguna contaba con una asociación de mujeres que trabajaba con textiles, quienes explicaban cómo los materiales habían sido teñidos con hojas, semillas o raíces en varios colores, especialmente con plantas que les daban un tono azul que dependía de si hervían en luna llena o no.




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