Miyuki y yo caminamos hacia el Parque Central hasta encontrar los escalones de piedra que conducían a la antigua iglesia de Santiago, construida en el siglo XVI. En el centro de la plaza había una cruz del tiempo fuertemente asociada al monasterio franciscano colonial. El interior conmemoraba a las víctimas de una guerra civil oscura, mezclada con santos que mostraban sincretismo. El catolicismo impuesto por evangelización forzada no logró borrar las creencias locales.
Las antiguas iglesias escondían motivos mayas en altares de madera fuertemente tallados. Era posible rezar a sus mismos dioses sin rechazar la religión cristiana. Guatemala fue uno de los países con mayor fervor católico en Centroamérica, y sin embargo sus tradiciones y oraciones puramente mayas se han practicado durante siglos bajo filtros de la orden religiosa y la Inquisición colonial.
Crucé el umbral mientras Tanu y Miyuki se quedaron afuera. Dentro, los santos católicos con trajes típicos estaban adornados con ropa maya local. Entre todos sobresalía un muñeco diferente por su aspecto realista que representaba al Niño Dios.
En su brazo derecho levantado llevaba la palabra SOLVE, con la señal de los dedos índice y medio apuntando hacia arriba, y en el izquierdo COAGULA con la posición contraria hacia abajo.
El resto de la iglesia era una mezcla de tradiciones mayas y católicas precoloniales. Creyeron en muchos dioses y cuando los evangelistas intentaron hacerles creer en uno solo, lo aceptaron porque no tenían opción, para hacer creer que aceptaban a su Dios y a sus santos. Lo aceptaron a la fuerza pero nunca dejaron de creer en sus dioses.
Una mujer mayor había salido del confesionario cubriéndose el rostro con un velo negro y con actitud sospechosa como si se ocultara por un terrible pecado. El clérigo, un hombre alto de unos 50 años, cabellos cenizos y rasgos europeos, salió después con expresión meditabunda pero sosegada, como si sus oídos eclesiásticos estuvieran acostumbrados a graves confesiones. Me acerqué antes de que se alejara y mientras caminaba sentía los ojos de aquel muñeco observándome desde su pedestal.
—Disculpe, padre...
—Lo siento, si ha venido a confesarse venga más tarde, por hoy he terminado —me dijo amable aunque con seriedad extraña e intimidante.
—En realidad quería hacerle un par de preguntas, no tomará más que unos minutos.
Suspiró y asintió.
—De acuerdo, pero no se demore mucho.
Nos sentamos en una banca casi frente al Niño Dios.
—¿Quisiera saber si ha visto o sabe de alguien que me ayude a localizar a esta mujer? —le mostré la foto de Pandora.
—Claro, ella es Pandora Kedward. Era una muy buena cristiana, muy caritativa con la iglesia. Hacía generosas donaciones y siempre estaba a favor de los pobres. No faltaba ningún domingo. Hasta que un día no se supo más de ella. Solo que la policía también la andaba buscando. Sea lo que sea que digan que haya hecho es una vil blasfemia, yo creo irrefutablemente en su inocencia.
—Con respecto a lo que acaba de decir, ¿por qué la gente del pueblo odia tanto a los judíos?
El padre entrecerró los ojos.
—¿Acaso tú los defiendes? —cambió a tono severo.
—No, solo me da curiosidad.
—La gente ha comenzado a sospechar de ellos por una serie de eventos con víctimas desde su llegada. Debes saber la historia detrás de ellos y así como tú, también la gente sabe que los judíos nunca han sido los buenos en la historia.
Entonces soltó una diatriba antisemita que prefiero no reproducir íntegra: que ellos mandaron matar a Jesús, quemaron Roma, mataron a San Esteban, intentaron matar a Pablo, que el Talmud les permite masacrar enemigos, que el Holocausto lo tenían merecido y que ahora el mundo los victimiza mientras hacen barbaries en Palestina, y que por eso no le sorprendería que tuvieran que ver con las muertes recientes y que alguien busque venganza.
De pronto se quedó callado y muy serio como si hubiera hablado de más, mientras yo intentaba disimular mi incómoda sorpresa.
—Es un error grave pensar que no tienen la culpa de nada —prosiguió—. Desafortunadamente he tenido contacto con varios y he podido constatar que son personas déspotas, indolentes del dolor ajeno, incapaces de ayudar a quien no pertenezca a su religión, racistas, clasistas, avaros, y se creen dueños de la verdad absoluta.
Comenzaba a comprender de dónde provenían esas ideas de odio en el pueblo. A lo lejos vi a dos mujeres de rodillas detrás de las bancas con velos negros y rosarios rezando.
—Dígame padre, ¿de dónde viene usted y cómo llegó a ser padre de esta iglesia?
—Me parece que esto tomará más que unos minutos. Vengo de una comunidad amish de la antigua orden al sur de Alemania. Un grupo etnorreligioso protestante anabaptista, adeptos a vida sencilla, vestimenta modesta y resistencia a adoptar comodidades y tecnologías modernas para no disminuir la dependencia con la comunidad, además de que consideran el entretenimiento como táctica que podía ser usada por el diablo para crear maldad, distracción y orgullo. Yacen apartados de las metrópolis, aislados del mundo exterior. Usan alemán antiguo con palabras arcaicas. Los amish pensaban que los que no lo eran no tenían esperanza de salvación y estaban camino al infierno y por eso los que infringen normas sagradas son excomulgados y desterrados.
Se espera que los niños amish obedezcan a sus padres, pero alrededor de los 15 años algunos pasan por un período llamado rumspringa. Pueden experimentar el mundo exterior. Más tarde deben elegir si bautizarse en la Iglesia Amish o dejar la comunidad. Muchos regresan para ser bautizados y vivir cerca de sus familias. Otros pocos como yo que elegimos lo segundo, somos rechazados, perdemos contacto con familiares y somos condenados al exilio. Después de un largo viaje sin retorno buscándome a mí mismo, entré a una iglesia buscando refugio y un sacerdote me acogió y me enseñó todo lo que sé. Tiempo después me bauticé católico.